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—¡Hija, baja a la cocina! —escuché la voz de mamá desde el primer piso.
Me levanté de la cama, pero antes de abrir la puerta, una mano me sujetó del brazo.
Era mi mamá. Estaba pálida.
—No vayas —me susurró, temblando—. Yo también lo escuché.
Estaba confundida. ¿Qué no fuera a dónde? Mamá siempre me llamaba para ayudarla a hornear galletas los sábados por la mañana. Esas galletas eran mi cosa favorita de toda la semana. ¿Por qué se comportaba así?
—¿Escuchar qué, mamá? ¿Estás bien? —pregunté, preocupada. Su mano estaba fría y temblaba mucho.
Mamá me miró con los ojos muy abiertos. —La voz… la voz que te llamó. No era yo, Sofía. No era yo.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Era verdad. La voz sonaba como mamá, pero… no era igual. Era como una copia, un eco vacío. ¿Quién o qué me estaba llamando?
—Pero… ¿quién era entonces? —susurré, con el corazón latiendo con fuerza.
Mamá me atrajo hacia ella y me abrazó con fuerza. —No lo sé, mi amor. Pero no debemos arriesgarnos. Quédate aquí conmigo. Tenemos que ser valientes juntas.
Asentí, sintiéndome un poco más segura en sus brazos. Mamá siempre había sido mi heroína. Ella sabía cómo ahuyentar a los monstruos debajo de mi cama y cómo curar mis rasguños con besos mágicos. Si ella decía que debíamos quedarnos juntas, la creería.
Pasamos toda la mañana en mi habitación. Mamá cerró la puerta con llave y corrió las cortinas. Encendimos una pequeña lámpara y jugamos a las cartas. Intentábamos reírnos, pero el miedo flotaba en el aire como un fantasma invisible.
De vez en cuando, escuchábamos ruidos extraños provenientes de la planta baja. Pasos que sonaban demasiado pesados para ser los de mamá, y susurros que no entendía. Cada ruido me hacía saltar y abrazar a mamá con más fuerza.
A la hora del almuerzo, el estómago me rugía. —Mamá, tengo hambre —dije, tímidamente.
Mamá me miró con tristeza. —Lo sé, cariño. Yo también. Pero no podemos bajar. No ahora.
Entonces, tuvo una idea. Se levantó y rebuscó en mi baúl de juguetes. Sacó una vieja caja de música con forma de castillo. La caja de música era de mi abuela. Siempre me había encantado su melodía dulce y relajante.
—Esto nos ayudará —dijo mamá, sonriendo un poco. —La música ahuyentará cualquier cosa mala.
Abrió la caja de música y la melodía llenó la habitación. Era hermosa y reconfortante. Por un momento, olvidé el miedo y me concentré en la música.
De repente, la música se detuvo. La cuerda se había agotado.
Antes de que mamá pudiera darle cuerda de nuevo, escuchamos un golpe fuerte en la puerta.
—¡Sofía! ¡Abre la puerta! ¡Soy yo, mamá! —gritó la voz desde el otro lado.
Mi corazón se detuvo. Era la voz de mamá, pero… ya sabíamos que no era ella. ¿Qué debíamos hacer?
Mamá me miró con determinación. —Confía en mí —susurró.
Agarró un libro grueso de mi estantería, “El Principito”, mi favorito. Me hizo una seña para que me escondiera debajo de la cama.
—Pero, mamá… —protesté.
—Estaré bien, cariño. Solo confía en mí. Y si pasa algo, recuerda lo que te digo: ¡Mamá está aquí! Siempre estaré contigo, en tu corazón.
Me metí debajo de la cama, con el corazón latiendo a mil por hora. Podía ver los pies de mamá a través de la rendija entre la cama y el suelo. La puerta se abrió de golpe.
—¿Dónde está la niña? —escuché una voz áspera y desconocida.
—No está aquí —dijo mamá, con voz firme. —Vete de mi casa.
Escuché una lucha, un golpe sordo. Estaba aterrorizada. Quería salir de debajo de la cama y ayudar a mamá, pero sabía que debía obedecerla.
Entonces, escuché la voz de mamá, clara y fuerte: —¡Siempre estaré aquí, Sofía! ¡Siempre!
Después de eso, todo quedó en silencio. Un silencio aterrador y absoluto. Esperé, conteniendo la respiración, durante lo que parecieron horas.
Finalmente, me arrastré fuera de debajo de la cama. Mamá estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared. Tenía un pequeño corte en la frente, pero estaba sonriendo.
—¿Mamá? ¿Estás bien? —corrí a abrazarla.
—Estoy bien, cariño —dijo, abrazándome con fuerza. —Ya se ha ido. No volverá.
—¿Qué era eso? —pregunté, temblando.
Mamá me miró a los ojos. —Era solo una sombra, Sofía. Una sombra que intentó asustarnos. Pero somos más fuertes que cualquier sombra. Y recuerda, ¡Mamá está aquí! Siempre lo estaré.
Esa noche, dormí en la cama de mamá. Ella me abrazó toda la noche, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura. Sabía que, pasara lo que pasara, mamá siempre estaría ahí para protegerme. Y eso era todo lo que necesitaba saber.
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