¡Javiera y la Montaña de Travesuras!
Javiera, una niña traviesa, visita a su abuela con la promesa de portarse bien. A pesar de la tentación de hacer travesuras, Javiera encuentra formas creativas de entretenerse, como cantar con ranas, demostrando que la diversión no siempre implica portarse mal.
Javiera era una niña con rizos como resortes y ojos brillantes como dos canicas. Le encantaba jugar, cantar y explorar. Pero, a veces, ¡ay, Javiera!, se portaba mal. No mal de verdad, mal de hacer travesuras que hacían reír a todos, pero que a veces… ¡causaban un pequeño caos! Un día, su mamá le dijo: "Javiera, hoy vamos a visitar a la abuela Elvira. ¡Pero pórtate bien! Nada de pintar bigotes a los gatos ni de esconder los calcetines de la abuela, ¿entendido?". Javiera asintió con entusiasmo. "¡Sí, mamá! ¡Seré la niña más buena del mundo!". Pero, en el fondo de su corazón, una pequeña chispa de travesura ya estaba encendiéndose. Cuando llegaron a casa de la abuela Elvira, todo parecía tranquilo. La abuela estaba sentada en su mecedora, tejiendo una bufanda color arcoíris. Un gato siamés, llamado Don Gato, dormía plácidamente a sus pies. Javiera saludó a su abuela con un beso ruidoso. "¡Abuelita Elvira! ¡Qué bonita bufanda!". La abuela sonrió. "Gracias, Javiera. ¿Quieres un trozo de pastel de manzana?". "¡Sí, por favor!", exclamó Javiera. Mientras la abuela iba a la cocina, Javiera observó a Don Gato. La chispa de travesura se hizo más grande. *Bigotes*, pensó Javiera. *¡Sería tan divertido!*. Pero recordó la advertencia de su mamá. *¡No, Javiera, no! Pórtate bien*. Luchó contra la tentación. En lugar de eso, fue al jardín y encontró un grupo de mariquitas. Las mariquitas siempre le habían parecido adorables y traían buena suerte. Cuando regresó a la casa, la abuela ya había servido el pastel. Javiera se sentó a la mesa y comió con mucha calma. El pastel estaba delicioso. La abuela Elvira le contó historias divertidas de cuando era niña. Javiera escuchó atentamente, riendo a carcajadas. Por un momento, la chispa de travesura pareció apagarse. Después del pastel, Javiera fue a jugar al jardín. Encontró un charco de agua y, ¡oh, no!, la chispa de travesura volvió a encenderse. *¡Qué divertido sería saltar en el charco y salpicar a todos!*. Pero otra vez, recordó la advertencia de su mamá. *¡No, Javiera, no! Pórtate bien*. Respiró hondo y decidió hacer barquitos de papel. Construyó un pequeño barco para cada miembro de la familia y los puso a navegar en el charco. La abuela Elvira salió al jardín y vio a Javiera jugando con sus barquitos. Sonrió. "¡Qué niña tan creativa eres, Javiera!". Javiera se sintió orgullosa. Era mucho mejor recibir un cumplido que hacer una travesura. Pero entonces, ¡zas!, un travieso viento sopló y se llevó uno de los barquitos, ¡directamente al estanque de los patos! Javiera corrió tras el barquito, decidida a rescatarlo. Pero al acercarse al estanque, vio algo aún más interesante: ¡un grupo de ranas cantando a coro! La chispa de travesura volvió a encenderse, ¡pero esta vez de una manera diferente! *Podría unirme al coro*, pensó Javiera. *¡Sería la rana más famosa del estanque!*. Javiera se acercó a las ranas y, con toda su energía, empezó a cantar. Cantaba canciones inventadas, canciones de piratas y hasta canciones de cumpleaños. Las ranas la miraron sorprendidas, pero luego empezaron a reír y a cantar con ella. El coro de ranas y Javiera era tan fuerte y divertido que atrajo la atención de la abuela Elvira y su mamá. Al principio, se sorprendieron al ver a Javiera cantando con las ranas. Pero luego, también empezaron a reír y a aplaudir. Javiera se dio cuenta de que la travesura más divertida de todas era hacer reír a los demás. Y no necesitaba pintar bigotes a los gatos ni esconder calcetines para lograrlo. Podía simplemente ser ella misma, una niña alegre y creativa a la que le encantaba cantar con las ranas. Al final del día, cuando volvieron a casa, la mamá de Javiera le dijo: "Javiera, hoy te has portado muy bien. Estoy muy orgullosa de ti". Javiera sonrió. "Gracias, mamá. Pero… ¿sabes qué? Creo que las ranas también están orgullosas de mí". Y mientras se dormía, Javiera soñó con ranas, barquitos de papel y canciones divertidas. Y supo que, a veces, la mejor manera de portarse mal era simplemente ser feliz y compartir esa felicidad con los demás.
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