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Tito era un niño pequeño con el pelo como arena dorada y unos ojos azules como el mar en calma. Le encantaba la playa. Cada mañana, al despertar, corría a la ventana para ver si el sol brillaba con fuerza, porque eso significaba… ¡día de playa! Y hoy, el sol resplandecía más que nunca.
Mientras su mamá preparaba el almuerzo, Tito construía castillos de arena imaginarios en su mente. Visualizaba torres altas, fosos profundos llenos de agua, y banderas ondeando al viento. Hoy, construiría el castillo más grande del mundo.
Cuando llegaron a la playa, Tito salió corriendo. ¡La arena estaba tibia y suave bajo sus pies! Dejó su toalla y sus juguetes al lado de su mamá y se dirigió al borde del agua. Allí, con su cubo y su pala, comenzó su gran proyecto. Trabajó con diligencia, llenando el cubo de arena húmeda, volcándolo con cuidado para formar la base de su castillo.
De repente, Tito sintió algo rozarle el pie. Se asustó mucho. Miró hacia abajo y vio… ¡una aleta gris! Gritó: "¡Mamá, un tiburón!"
Su mamá, que estaba leyendo un libro, se levantó de un salto. Corrió hacia Tito, con el corazón latiéndole a mil por hora. "¿Dónde, Tito? ¿Estás bien?"
Tito, temblando, señaló hacia el agua. "Ahí, mamá, ¡un tiburón! Tiene una aleta muy grande."
Su mamá miró con atención. Se acercó al agua y vio… ¡una aleta dorsal! Pero no era una aleta amenazante. Era una aleta que se movía lentamente, casi con curiosidad.
"Tito", dijo su mamá con voz suave, "creo que no es un tiburón malo. Mira, está nadando muy despacio. Quizás solo tiene curiosidad por tu castillo."
Tito se acercó un poco más al agua, todavía con cautela. El tiburón, que parecía un cachorro grande y gris, lo miró con sus ojos oscuros y brillantes. No parecía enfadado ni hambriento. Parecía… ¡amigable!
"Hola", dijo Tito, tímidamente. El tiburón movió su aleta dorsal, como si le estuviera saludando.
"¡Hola!", repitió Tito, sintiéndose más valiente. "Estoy construyendo un castillo. ¿Quieres verlo?"
El tiburón se acercó un poco más a la orilla. Tito le mostró su castillo, explicando cada detalle: las torres, el foso, las banderas imaginarias. El tiburón parecía escuchar con atención.
De repente, una ola grande llegó y derribó una de las torres del castillo. Tito se puso muy triste. "¡Oh, no!", exclamó. "Mi torre…"
El tiburón, al ver la tristeza de Tito, nadó hacia un grupo de conchas que estaban cerca de la orilla. Con su hocico, empujó varias conchas hacia Tito.
"¿Para mí?", preguntó Tito, sorprendido.
El tiburón asintió con la cabeza, o al menos, eso pareció. Tito recogió las conchas y las usó para reconstruir la torre. ¡Quedó aún más bonita que antes!
"¡Gracias!", dijo Tito al tiburón. "Eres muy amable."
El tiburón pareció sonreír. Luego, nadó un poco hacia atrás y comenzó a hacer círculos en el agua, como si estuviera jugando.
Tito se unió al juego. Corrió a lo largo de la orilla, mientras el tiburón nadaba a su lado. Reían y se divertían juntos, como dos amigos en un día de playa.
La mamá de Tito observaba la escena con una sonrisa. Sabía que Tito nunca olvidaría este día. Había aprendido que no todos los tiburones son malos, y que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados.
Cuando el sol comenzó a ponerse, el tiburón se despidió de Tito con un último movimiento de su aleta dorsal. Luego, nadó hacia el mar abierto y desapareció entre las olas.
Tito se despidió con la mano. "¡Adiós, amigo!", gritó. "¡Volveré mañana!"
Recogieron sus cosas y volvieron a casa. Tito no hablaba de otra cosa que de su nuevo amigo, el tiburón. Le contó a su papá todo sobre el castillo, las conchas y el juego en el agua.
Esa noche, Tito soñó con tiburones amigables, castillos de arena y un mar azul brillante. Sabía que la playa siempre sería su lugar favorito, y que siempre recordaría el día en que hizo un amigo inesperado: un tiburón que no daba miedo, sino que era… ¡un amigo de verdad! Al día siguiente, Tito regresó a la playa, listo para construir otro castillo y saludar a su amigo tiburón. Y esta vez, no tuvo miedo en absoluto.
Tito aprendió que las apariencias engañan y que la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados. Siempre recordaría a su amigo el tiburón y la lección que le enseñó en la playa.
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