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Gratis · elegí una vozEn el rincón más alto de una antigua juguetería de madera, vivía Pimpún. Pimpún no era un juguete común; era una pelota de goma de todos los colores imaginables. Tenía franjas de azul eléctrico, manchas de amarillo girasol, espirales de verde bosque y puntitos de rojo cereza. Mientras los otros juguetes, como los soldados de plomo o las muñecas de porcelana, preferían quedarse quietos y elegantes, Pimpún vibraba de impaciencia. Ella no quería estar en un estante; ella quería botar tan alto que pudiera tocar el cielo.
Un sábado por la mañana, una niña llamada Sofía entró en la tienda. Sofía tenía los ojos brillantes y una risa que sonaba como campanitas de cristal. Cuando vio a Pimpún, sus ojos se abrieron de par en par. '¡Esa!', exclamó señalando el estante más alto. El tendero, un señor amable con anteojos en la punta de la nariz, bajó a Pimpún y se la entregó a la niña. En ese instante, Pimpún sintió un calorcito especial; sabía que su gran aventura estaba a punto de comenzar.
Sofía llevó a Pimpún al Gran Parque de los Olmos. El césped era de un verde tan intenso que parecía pintado a mano, y el sol brillaba como una moneda de oro nueva. Sofía lanzó a Pimpún contra el suelo con todas sus fuerzas. ¡Boing! Pimpún se elevó por encima de los arbustos. ¡Boing! Superó la altura de los bancos de madera. ¡Boing! Pimpún subió tanto que pudo ver los nidos de los pájaros en las copas de los árboles.
Sin embargo, en el tercer salto, una ráfaga de viento juguetona atrapó a Pimpún en el aire. En lugar de caer de regreso a las manos de Sofía, la pelota de colores salió volando hacia una zona del parque que nadie solía visitar: el Jardín de los Suspiros. Pimpún rodó y rodó hasta que se detuvo entre unas flores enormes que olían a miel y canela.
—¿Dónde estoy? —se preguntó Pimpún, sintiéndose un poco asustada. Sus colores, que siempre habían brillado con orgullo, parecían un poco apagados en la sombra de las plantas gigantes. De repente, escuchó un pequeño ruido entre las hojas. Un conejo de pelaje blanco y orejas muy largas asomó la nariz.
—¡Vaya! —dijo el conejo, cuyo nombre era Copito—. Nunca había visto una fruta tan redonda y colorida. ¿Eres dulce o ácida?
—No soy una fruta —respondió Pimpún con valentía—. Soy una pelota. Sirvo para saltar y hacer feliz a la gente. ¿Has visto a una niña con coletas por aquí?
Copito negó con la cabeza, pero justo en ese momento, un pájaro azul con alas que parecían trozos de cielo aterrizó sobre una rama cercana. El pájaro se llamaba Turquesa y tenía una vista privilegiada. 'Yo he visto a la niña', trinó Turquesa. 'Está llorando cerca de la fuente porque ha perdido a su mejor amiga de colores'.
Pimpún sintió una punzada de tristeza en su centro de goma. Tenía que volver. Pero ella no podía caminar, solo podía rodar y saltar si alguien la impulsaba. Copito, el conejo, tuvo una idea. 'Si nos unimos, podemos llevarte de vuelta', propuso. Copito se colocó detrás de Pimpún y, con un fuerte empujón de sus patas traseras, la hizo rodar por el sendero. Turquesa volaba por encima, indicando el camino: '¡A la izquierda por el rosal! ¡Ahora recto hacia el gran roble!'.
Llegaron a una pequeña colina que descendía directamente hacia la fuente. 'Ahora te toca a ti, Pimpún', dijo Copito. '¡Salta como nunca lo has hecho!'. Pimpún tomó aire (o lo que sea que las pelotas toman) y se dejó caer ladera abajo. Con cada vuelta, ganaba más velocidad. Sus colores se mezclaban formando un arcoíris borroso que iluminaba el camino. Al final de la cuesta, golpeó una piedra lisa y... ¡ZAS! Salió disparada por el aire.
Pimpún voló como un cometa multicolor. Cruzó el cielo del parque, pasando justo por delante de un grupo de mariposas que se quedaron asombradas. Sofía, que estaba sentada junto a la fuente secándose las lágrimas, levantó la vista. Vio un destello de colores que bajaba del cielo y, instintivamente, extendió sus manos.
¡Plop! Pimpún aterrizó suavemente en las palmas de Sofía. La niña soltó un grito de alegría que se escuchó en todo el parque. '¡Pimpún! ¡Has vuelto!', exclamó abrazando a la pelota. Pimpún brilló con más fuerza que nunca; sus manchas amarillas y sus franjas azules parecían emitir luz propia.
Desde aquel día, Pimpún y Sofía fueron inseparables. Pero Pimpún ya no solo quería saltar alto por vanidad. Ahora sabía que sus saltos eran puentes que unían a nuevos amigos. A menudo, cuando jugaban en el parque, Pimpún se dejaba caer 'accidentalmente' cerca de Copito para saludar, o botaba rítmicamente para que Turquesa pudiera seguir el compás con sus trinos. La pelota de colores aprendió que, aunque saltar a las estrellas era emocionante, no había nada mejor que el calor de unas manos amigas y la alegría de compartir el juego con los demás.
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