"¡Siete Velas para María Victoria!"
María Victoria cumple siete años y vive un día lleno de sorpresas y alegría. Recibe regalos, va al parque de atracciones con su familia y celebra una fiesta con sus seres queridos. Al final del día, se siente agradecida y emocionada por el futuro.
María Victoria Toledo estaba a punto de cumplir siete años. ¡Siete años! Un número mágico, lleno de posibilidades y aventuras. La emoción le cosquilleaba en la barriga como si tuviera un ejército de mariposas revoloteando dentro. Desde que abrió los ojos esa mañana, todo parecía más brillante, más colorido, más… ¡cumpleañero! Su habitación estaba decorada con globos de helio de todos los colores imaginables: rojos como fresas, azules como el cielo de verano, amarillos como el sol y verdes como las hojas de los árboles. Un gran cartel decía: "¡Feliz Cumpleaños, María Victoria!". Su perrita, Luna, una cocker spaniel dorada, la esperaba al pie de la cama moviendo la cola con entusiasmo y ladrando suavemente, como si también supiera que era un día especial. Después de desayunar panqueques con miel y fresas, su mamá le entregó un regalo envuelto en papel brillante con estampados de unicornios. María Victoria lo desenvolvió con cuidado, revelando una preciosa caja de acuarelas con un pincel de punta fina. ¡Justo lo que quería! "¡Gracias, mamá!", exclamó María Victoria, abrazándola fuertemente. "Voy a pintar un cuadro precioso." Su papá, que estaba terminando de atarse los zapatos, sonrió. "Y después de pintar, ¡tenemos una sorpresa! Vamos a ir al parque de atracciones." María Victoria gritó de alegría. ¡El parque de atracciones! Era su lugar favorito en el mundo. Le encantaba la montaña rusa, los caballitos del carrusel y, sobre todo, la noria gigante que te elevaba hasta las nubes. Cuando llegaron al parque, todo estaba lleno de gente riendo, gritando y divirtiéndose. El olor a palomitas de maíz y algodón de azúcar flotaba en el aire. María Victoria corrió hacia la montaña rusa, arrastrando a sus papás con ella. Subieron y gritaron con todas sus fuerzas mientras el carrito se deslizaba a toda velocidad por las curvas y los giros. Después, se montaron en los caballitos del carrusel, eligiendo los más bonitos y brillantes. Luna, que había ido con ellos, observaba desde abajo, moviendo la cola al ritmo de la música. Pero la mejor parte del día fue cuando subieron a la noria gigante. Desde arriba, María Victoria podía ver todo el parque, la ciudad y hasta las montañas a lo lejos. Se sentía como si estuviera volando. Mientras la noria giraba lentamente, su papá le susurró al oído: "Pide un deseo, mi amor." María Victoria cerró los ojos con fuerza y pensó en todo lo que deseaba: seguir siendo feliz, tener muchos amigos y que Luna viviera muchos años. Cuando abrió los ojos, sonrió. Sabía que sus deseos se harían realidad. Después del parque de atracciones, volvieron a casa donde la esperaban sus abuelos, tíos y primos. La casa estaba llena de risas y alegría. Sobre la mesa del comedor, había una enorme tarta de chocolate con siete velas parpadeantes. Todos cantaron "Cumpleaños Feliz" y María Victoria sopló las velas con todas sus fuerzas. ¡Las apagó todas de un solo golpe! "¡Pide otro deseo!", gritó su prima Sofía. María Victoria sonrió y pensó en un deseo muy especial: que todos sus cumpleaños fueran tan maravillosos como éste. Después de la tarta, abrieron los regalos. Recibió libros, juguetes, ropa y hasta un pequeño telescopio para observar las estrellas. Estaba tan feliz que no sabía qué hacer primero. Cuando llegó la hora de irse a la cama, María Victoria estaba agotada pero feliz. Se acurrucó junto a Luna en su cama y cerró los ojos. Recordó cada momento de su día especial: los globos, las acuarelas, el parque de atracciones, la tarta, los regalos y, sobre todo, el cariño de su familia y amigos. "Ha sido el mejor cumpleaños del mundo", pensó antes de quedarse dormida. Soñó con unicornios, montañas rusas y un futuro lleno de aventuras. Y sabía, en lo más profundo de su corazón, que cumplir siete años era solo el comienzo de una vida maravillosa. Al día siguiente, María Victoria despertó y se sintió diferente. Siete años se sentían bien, se sentían grandes. Tomó sus acuarelas y pintó el día anterior, el mejor cumpleaños de su vida. Lo tituló "Siete Velas de Alegría".
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