Toby, el Perrito Hambriento y la Merienda Perdida
Toby, a very hungry chihuahua, eats Lilys picnic, making her cry. Feeling guilty, Toby embarks on a quest to find a new treat for Lily, eventually trading a trick for fresh strawberries at the market. He learns that making others happy is more rewarding than satisfying his own hunger.

Había una vez, en una casita color pastel rodeada de un jardín lleno de margaritas, un perrito chiquitito llamado Toby. Toby era un chihuahua de pelaje color caramelo y ojos grandes y expresivos. ¡Pero Toby tenía un secreto! Un secreto muy grande, de hecho: ¡siempre, siempre tenía hambre! No importaba cuánta comida le pusieran en su plato, a los pocos minutos, Toby volvía a mirar con esos ojitos suplicantes, como si no hubiera comido en días. Su dueña, Lily, era una niña de ocho años con coletas rubias y una sonrisa que podía iluminar toda la casa. Lily amaba a Toby con todo su corazón. Le daba abrazos, lo sacaba a pasear y siempre compartía un poquito de su comida, aunque sabía que no debía hacerlo. Un día soleado, Lily preparó una merienda deliciosa para llevar al parque. Empaquetó una manzana roja brillante, un sándwich de queso y jamón cortado en forma de estrella, y un paquete de galletas de chocolate. Lo puso todo en una cesta de mimbre con un mantel a cuadros. Toby, como siempre, observaba cada movimiento de Lily con sus ojos brillantes. Lily dejó la cesta en el suelo mientras se ponía sus zapatos. En un abrir y cerrar de ojos, Toby, impulsado por su incontrolable hambre, se abalanzó sobre la cesta. ¡Ñam, ñam, ñam! La manzana desapareció en un par de mordiscos. ¡El sándwich de estrella fue devorado en un instante! Y las galletas de chocolate… ¡bueno, las galletas de chocolate ni siquiera tuvieron la oportunidad de tocar el suelo! Cuando Lily se dio la vuelta, vio a Toby lamiéndose los bigotes, con la cesta vacía a su lado. Su carita se iluminó con una sonrisa culpable. Al ver la cesta vacía, Lily sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Ella realmente quería esa merienda. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Toby, al ver las lágrimas de Lily, se sintió terriblemente mal. Nunca había visto a Lily llorar antes, y le dolió el corazón. Se dio cuenta de que su hambre lo había llevado a hacer algo malo. ¡Se había comido la merienda de su mejor amiga! Agachó las orejas y metió la cola entre las patas, sintiéndose muy, muy culpable. Decidió que tenía que hacer algo para arreglar las cosas. No podía simplemente sentarse allí y ver a Lily triste. ¡Tenía que encontrar una nueva merienda para ella! Con determinación, Toby salió corriendo de la casa, dispuesto a encontrar algo delicioso para su amiga. Primero, fue al jardín del vecino, el Sr. Rodríguez. El Sr. Rodríguez era un anciano amable que siempre tenía golosinas para Toby. Pero hoy, el Sr. Rodríguez estaba podando sus rosales y no tenía nada comestible a la vista. Toby le ladró suavemente, esperando que el Sr. Rodríguez entendiera su apuro. El Sr. Rodríguez le sonrió y le dio una palmadita en la cabeza, pero no pudo ofrecerle nada de comer. Luego, Toby corrió a la tienda de la esquina, donde la Sra. Pérez vendía helados y caramelos. Toby sabía que a Lily le encantaban los helados de fresa. Se sentó frente a la tienda, moviendo la cola y mirando a la Sra. Pérez con sus ojos más tiernos. La Sra. Pérez se rio y le ofreció una galleta para perros, pero Toby la rechazó. Necesitaba algo para Lily, no para él. Desanimado, Toby continuó su búsqueda. Pasó por el parque, donde vio a otros niños disfrutando de sus meriendas. Sintió la tentación de robar un bocado, pero se resistió. Sabía que eso estaría mal. Tenía que encontrar algo que fuera suyo, algo que pudiera darle a Lily con orgullo. Finalmente, Toby llegó al mercado. El mercado era un lugar lleno de olores deliciosos y colores brillantes. Había frutas, verduras, panes y pasteles. ¡Era el paraíso para un perrito hambriento! Pero Toby no se dejó tentar. Siguió buscando algo especial para Lily. Y entonces, lo vio. En un puesto lleno de flores, había una cesta de fresas rojas y jugosas. Las fresas eran tan brillantes y hermosas que parecían recién salidas de un cuento de hadas. Toby supo al instante que esas eran las fresas perfectas para Lily. Pero Toby no tenía dinero. Era un perro, después de todo. Así que se sentó frente al puesto y comenzó a ladrar y a dar vueltas, tratando de llamar la atención del vendedor. El vendedor, un hombre corpulento con un delantal a rayas, lo miró con curiosidad. Toby continuó ladrando y moviendo la cola, señalando con el hocico la cesta de fresas. El vendedor pareció entender lo que Toby quería. Se agachó y le preguntó: "¿Quieres estas fresas, amiguito?" Toby ladró con entusiasmo, asintiendo con la cabeza. El vendedor sonrió y dijo: "Veo que realmente quieres estas fresas. ¿Son para alguien especial?" Toby ladró de nuevo, confirmando que eran para alguien muy especial. El vendedor se rio y dijo: "Bueno, te las daré a cambio de un truco. ¿Puedes dar la pata?" Toby, emocionado, extendió su patita y se la dio al vendedor. El vendedor le dio un puñado de fresas y le dijo: "Ahora, ve y haz feliz a esa persona especial". Toby, con las fresas en la boca (teniendo mucho cuidado de no aplastarlas), corrió de vuelta a casa. Entró corriendo a la casa y dejó las fresas a los pies de Lily. Lily, sorprendida, dejó de llorar y miró a Toby. Vio las fresas rojas y jugosas a sus pies. Le sonrió a Toby y lo abrazó fuerte. "¡Gracias, Toby! ¡Eres el mejor perro del mundo!" Toby lamió las lágrimas de la cara de Lily y movió la cola con alegría. Había aprendido una valiosa lección ese día: a veces, hacer feliz a alguien más es mucho más satisfactorio que llenar su propio estómago. Y aunque todavía tenía hambre, el corazón de Toby estaba lleno de amor y alegría. Desde ese día, Toby y Lily siempre compartieron sus meriendas, ¡pero Toby aprendió a esperar a que Lily le ofreciera un bocado primero! Y aunque a veces todavía sentía un gran apetito, nunca más volvió a comerse la merienda de Lily sin permiso.
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