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Free · pick a voice¡Rueda, Ruedita, Rueda! El Sueño de Mateo
Synopsis
Mateo, un niño de 5 años, sueña con montar en moto de cross. Un día, visita un parque con una pista para niños, aprende a montar y descubre la alegría de perseguir su pasión, dándose cuenta de que la felicidad está en el viaje, no solo en la meta.
Mateo tenía cinco años y un sueño grande, ¡tan grande como una montaña! Su sueño era… ¡montar en moto de cross! No en cualquier moto, claro, sino en una moto roja y brillante, como la que veía en las carreras por televisión. Cada vez que escuchaba el rugido de un motor, Mateo corría a la ventana, con los ojos brillantes como dos canicas. Imaginaba que él era el piloto, saltando obstáculos y levantando polvo al pasar.
Su habitación estaba llena de motos de juguete. Tenía motos de plástico, motos de madera, incluso una moto hecha con calcetines viejos por su abuela. Pero ninguna hacía el ruido de verdad, el ruido que le hacía vibrar el corazón. Todas las noches, antes de dormir, Mateo abrazaba su moto de peluche favorita, Ruedita, y le contaba sus aventuras soñadas. "Hoy, Ruedita, he saltado por encima de un dragón y he ganado la carrera en Marte", susurraba. Ruedita, con su botón por ojo, parecía escuchar con atención.
Un día, Mateo fue con sus padres a un parque. ¡Pero no era un parque cualquiera! Era un parque con una pista pequeña para motos de cross infantiles. Mateo abrió los ojos como platos. Allí estaban, motos pequeñas, coloridas y… ¡con niños montándolas! Corrió hacia la pista, tirando de la mano de su padre. "¡Papá, quiero montar! ¡Quiero montar!" suplicó.
Su padre sonrió. Sabía del sueño de Mateo. Lo había visto dibujar motos en cada hoja de papel que encontraba. Le explicó que primero debía aprender a usar el casco y las protecciones, y que después tendría que practicar con una moto muy pequeña, adaptada para niños de su edad. Mateo asintió con entusiasmo. ¡No importaba lo que tuviera que hacer! Estaba dispuesto a aprenderlo todo.
El dueño de la pista, un señor canoso con una sonrisa amable, le mostró a Mateo cómo ponerse el casco y las rodilleras. "Lo más importante es la seguridad, pequeño campeón", le dijo. Luego, le presentó una moto pequeña, azul y con ruedas gruesas. "Esta es Blanquita", le dijo el señor. "Es muy dócil y te ayudará a empezar".
Mateo se sentó en Blanquita, sintiendo la emoción recorrerle el cuerpo. Al principio, le costó mantener el equilibrio. La moto temblaba un poco y Mateo se sentía un poco nervioso. Pero el señor canoso le dio algunos consejos: "Mira hacia adelante, relaja los brazos y acelera suavemente". Poco a poco, Mateo empezó a controlar la moto. Al principio, iba muy despacio, dando vueltas en círculo. Pero, con cada vuelta, se sentía más seguro y más feliz.
Después de un rato, Mateo empezó a dar vueltas más rápido y a intentar pequeños giros. ¡Incluso intentó levantar una rueda un poquito! Aunque no le salió muy bien, se rió a carcajadas. Su padre y su madre le animaban desde la valla. Ruedita, asomando desde la mochila de Mateo, parecía sonreír también.
De repente, Mateo vio un pequeño montículo de tierra. Era muy pequeño, casi imperceptible, pero para Mateo era como una montaña. Decidió intentarlo. Cerró los ojos, respiró hondo y aceleró. ¡Blanquita saltó! No fue un salto muy alto, pero para Mateo fue como volar. Aterrizó suavemente y sintió una explosión de alegría en su interior.
Siguió practicando durante toda la tarde. Al final del día, estaba cansado pero feliz. Se despidió de Blanquita con una caricia y le prometió que volvería pronto. Su padre le abrazó con orgullo. "Lo has hecho muy bien, Mateo. ¡Eres un campeón!" le dijo.
Esa noche, Mateo soñó que volaba por encima de las montañas en su moto roja y brillante, acompañado por Ruedita. Ganaba todas las carreras y todo el mundo le aplaudía. Pero lo mejor de todo era la sensación de libertad y alegría que sentía al montar.
A partir de ese día, Mateo iba al parque cada fin de semana. Practicaba con Blanquita, aprendía nuevas técnicas y hacía nuevos amigos. Poco a poco, se fue convirtiendo en un verdadero piloto de cross. Y aunque todavía soñaba con su moto roja y brillante, se dio cuenta de que lo más importante no era la moto, sino la pasión y la alegría que sentía al montar. Porque, al final, el verdadero sueño de Mateo no era ganar carreras, sino simplemente… ¡Rueda, Ruedita, Rueda!
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