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En la metrópoli de Argéntea, el tiempo se medía en productividad y los colores se habían desvanecido hasta convertirse en una escala infinita de grises. Los adultos caminaban con la mirada fija en sus relojes, y los niños, como Mateo, aprendían desde pequeños que la seriedad era la moneda de cambio más valiosa. Mateo era un niño de once años, de piel olivácea y rizos castaños que siempre parecían tener vida propia, desafiando la rigidez de su entorno. A diferencia de sus compañeros, que soñaban con ser ingenieros de nubes o contadores de sombras, Mateo guardaba un secreto: era un observador de lo absurdo.
Mateo vestía siempre un suéter amarillo vibrante, una pequeña rebelión textil contra el cielo plomizo de la ciudad. Un sábado, mientras exploraba el desván de su abuelo, encontró un baúl de madera de cedro que no recordaba haber visto antes. Al abrirlo, no halló monedas ni joyas, sino una colección de narices rojas, tirantes de colores imposibles y un cuaderno de cuero desgastado. En la primera página, una caligrafía elegante decía: «Para cuando el mundo olvide cómo mirarse al espejo y sonreír». El abuelo de Mateo había sido un 'Hacedor de Alegría', un comediante en una época en la que la risa no era considerada una distracción innecesaria.
Inspirado por el hallazgo, Mateo decidió que el próximo concurso de talentos de la escuela sería su escenario. Pero, ¿cómo ser gracioso en un lugar donde nadie sabía qué era un chiste? Pasó semanas estudiando el cuaderno. Aprendió sobre el ritmo, la pausa dramática y la ironía. Sin embargo, cuanto más practicaba los chistes antiguos, más se daba cuenta de que la comedia no consistía en repetir frases hechas, sino en revelar las verdades ocultas bajo la cotidianidad.
El día del concurso, el auditorio estaba sumido en un silencio sepulcral. Los jueces, tres profesores con gafas rectangulares y expresiones de piedra, anotaban rigurosamente la precisión de los malabaristas de cubos lógicos y la entonación de los poetas de la aritmética. Cuando llamaron a Mateo, un murmullo de extrañeza recorrió la sala. Su suéter amarillo brillaba bajo los focos como una pequeña estrella en medio de una tormenta.

Mateo subió al escenario con el corazón galopando. Sostuvo el micrófono, miró a la audiencia y comenzó con un chiste clásico del cuaderno. Silencio. Probó con un juego de palabras sobre calcetines. Nada. El sudor empezó a correr por su frente. Los jueces intercambiaron miradas de desaprobación. En ese momento, Mateo comprendió que no podía importar humor de otro siglo a una ciudad que había olvidado su propia humanidad. Dejó a un lado el guion memorizado y miró directamente al Director, cuya corbata estaba tan apretada que su rostro recordaba al color de una uva madura.
—¿Se han fijado —comenzó Mateo con voz temblorosa pero clara— en que en Argéntea caminamos tan rápido para no perder el tiempo que terminamos llegando temprano a lugares a los que no queremos ir, solo para esperar a que sea la hora de irnos?
Un niño en la tercera fila soltó un pequeño resoplido. Mateo continuó, describiendo la absurda seriedad con la que los adultos saludaban a las farolas cuando estaban distraídos, y cómo los gatos de la ciudad parecían ser los únicos que realmente entendían la importancia de una buena siesta en horario laboral. Empezó a imitar la forma en que los ciudadanos caminaban, como si todos estuvieran tratando de evitar pisar una grieta imaginaria que, según ellos, causaría el colapso de la economía.
De repente, sucedió. No fue una explosión, sino una grieta en el muro de cristal de la seriedad. El Director soltó una carcajada ronca, una que parecía haber estado atrapada en su garganta durante décadas. Como un efecto dominó, el auditorio entero estalló. Era un sonido nuevo para muchos, una cacofonía de alegría que llenó los pulmones de los presentes con un aire más ligero. Las risas se convirtieron en un lenguaje universal que borraba las jerarquías y las preocupaciones.
Mateo no ganó el trofeo de oro a la precisión técnica, pero esa noche, al caminar de regreso a casa, notó algo asombroso. Las luces de las farolas no parecían tan frías, y en las ventanas de las casas, los reflejos ya no eran solo grises, sino que empezaban a mostrar destellos de ámbar y violeta. La comedia, entendió Mateo, era el espejo más honesto que la sociedad podía tener. No se trataba de burlarse de los demás, sino de celebrar juntos lo imperfecto y lo ridículo de la existencia humana. Mateo, el primer comediante de la nueva era de Argéntea, sabía que su trabajo apenas comenzaba: había todo un mundo de colores esperando a ser despertado por un buen remate.
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