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Gratis · elegí una vozMe llamo Abril, y a veces, solo a veces, me porto mal. No es que quiera, ¡es que la primavera me llena de energía! Vivo en un agujero debajo de un manzano con mi mamá y mi papá. Ellos dicen que soy la conejita más adorable del mundo, pero también la más traviesa.
Un día, mamá Coneja me dijo: "Abril, hoy tienes que ayudarme a recoger las zanahorias del huerto. El Señor Zorro ha estado rondando y necesitamos tenerlas a salvo".
Yo asentí con la cabeza, prometiendo ser una conejita modelo. Pero, ¡ay!, en cuanto salí al huerto, vi una mariposa de alas brillantes revoloteando entre las flores. ¡No pude resistirme! Dejé las zanahorias a medio recoger y la perseguí.
La mariposa me llevó hasta el arroyo. Allí, vi a los patitos jugando en el agua. ¡Qué divertido! Olvidé por completo las zanahorias y me uní a la diversión. Chapoteamos, nadamos y jugamos al escondite entre las cañas.
De repente, escuché un grito. Era mamá Coneja, muy preocupada. "¡Abril! ¿Dónde estabas? ¡El Señor Zorro se llevó la mitad de las zanahorias!"
Me sentí muy mal. La culpa me invadió como un frío escalofrío. Bajé las orejas y le conté todo a mi mamá. Le expliqué sobre la mariposa, los patitos y cómo me había olvidado de mi promesa.
Mamá Coneja suspiró. "Abril, entiendo que te diviertas, pero es importante cumplir con tus responsabilidades. Ahora, el Señor Zorro tiene comida para varios días gracias a tu descuido".
Papá Conejo llegó y me abrazó. "Todos cometemos errores, Abril. Lo importante es aprender de ellos. ¿Qué tal si mañana nos ayudas a construir una cerca alrededor del huerto? Así, el Señor Zorro no podrá entrar más".
Asentí con entusiasmo. ¡Construir una cerca sonaba mucho mejor que recoger zanahorias! Al día siguiente, trabajé muy duro. Ayudé a papá a clavar los postes y a mamá a tejer las ramas entre ellos. Estaba tan concentrada que ni siquiera vi una mariposa.
Cuando terminamos, la cerca era alta y fuerte. ¡El Señor Zorro no podría saltarla! Mamá y papá Conejo me felicitaron. Me sentí orgullosa de mi trabajo.
Pero la aventura no terminó ahí. Mientras celebrábamos, escuchamos un llanto proveniente del bosque. Era un pequeño pajarito, atrapado en una rama alta. Sus alas estaban enredadas y no podía volar.
"¡Tenemos que ayudarlo!", exclamé.
Papá Conejo intentó alcanzarlo, pero la rama estaba demasiado alta. Mamá Coneja sugirió buscar una escalera, pero no teníamos ninguna. Entonces, tuve una idea. Recordé que había recogido algunas zanahorias grandes antes de perseguir a la mariposa. Las había dejado cerca de un árbol.
Corrí hacia el árbol y traje las zanahorias. Luego, las apilé una encima de la otra, formando una pequeña torre. Con cuidado, subí a la torre de zanahorias y alcancé al pajarito. Despacito, liberé sus alas de la rama.
El pajarito, agradecido, pió alegremente y voló hacia el cielo. Mamá y papá Conejo me miraron con admiración.
"¡Abril, eres una heroína!", dijo mamá Coneja.
"Has demostrado que, aunque a veces te portes mal, tienes un corazón muy grande", añadió papá Conejo.
Esa noche, me acosté sintiéndome feliz. Había aprendido una lección importante: es divertido jugar y explorar, pero es aún más importante ser responsable y ayudar a los demás. Y aunque a veces me porte mal, siempre intentaré hacer lo correcto. Porque, después de todo, soy Abril, la traviesa conejita de primavera, ¡y quiero ser una buena conejita!
Al día siguiente, el Señor Zorro apareció frente a la cerca, frustrado por no poder entrar al huerto. Al verme, intentó asustarme, pero yo, con valentía, le ofrecí algunas zanahorias que habíamos recogido. Le expliqué que no era bueno robar y que era mejor compartir. El Señor Zorro, sorprendido por mi gesto, aceptó las zanahorias y se marchó, prometiendo no volver a robar. A partir de ese día, Abril aprendió que incluso los pequeños actos de bondad pueden hacer una gran diferencia.
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