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Gratis · elegí una vozAdrián bostezó. Un bostezo grande, ¡del tamaño de una sandía! Mamá sonrió. "Es hora de dormir, mi pequeño aventurero," dijo, besando su frente. Adrián frunció el ceño. Dormir no era su actividad favorita. Prefería jugar con sus juguetes, construir castillos con almohadas, o leer sobre dinosaurios que escupían fuego. "¡Pero no tengo sueño!" protestó, cruzando los brazos.
Mamá se sentó en la cama junto a él. "¿Sabes? Hay un secreto para dormir," susurró. "Un secreto que solo los niños valientes conocen." Adrián, cuyos oídos se levantaron como antenas de conejo, se enderezó. ¿Un secreto? ¡Eso sí que le interesaba! "¿Cuál es? ¿Cuál es?" preguntó ansiosamente.
"Es el secreto de las ovejas dormilonas," respondió Mamá. "Cuando cierras los ojos, ellas vienen a visitarte. No son ovejas normales, ¡son ovejas aventureras! Te llevan a un mundo mágico donde la luna es de queso y las estrellas cantan canciones de cuna." Adrián abrió mucho los ojos. Nunca había oído hablar de algo así.
"Pero… ¿cómo sé que vendrán?" preguntó, un poco escéptico pero muy curioso.
"Tienes que llamarlas," explicó Mamá. "Cierra los ojos, piensa en algo que te haga feliz, y susurra: Ovejitas dormilonas, venid a mí, llevadme a un mundo mágico, donde quiero vivir." Adrián dudó un momento, pero la idea de un mundo con una luna de queso era demasiado tentadora. Cerró los ojos con fuerza, pensando en su perro Lucas, que siempre le daba lametazos en la cara y movía la cola como un loco. Susurró las palabras mágicas, sintiendo un cosquilleo en la nariz. No pasó nada. Abrió un ojo. Mamá sonreía pacientemente. "Tienes que creer," dijo ella.
Adrián volvió a cerrar los ojos, esta vez con más convicción. Pensó en Lucas, en la luna de queso, y en las estrellas cantando. Susurró las palabras mágicas con todo su corazón. De repente, sintió algo suave y lanudo rozando su mejilla. Abrió los ojos lentamente. Delante de él, parada sobre la almohada, había una oveja pequeña, blanca como la nieve, con gafas de aviador y una mochila a la espalda. La oveja le guiñó un ojo. "¡Listo para la aventura!" baló con una voz sorprendentemente aguda.
Adrián, atónito, asintió con la cabeza. La oveja saltó a su pecho y le indicó que cerrara los ojos de nuevo. Cuando los abrió, ya no estaba en su habitación. Estaba en un campo verde brillante, bajo una luna enorme hecha de queso gruyere. Las estrellas parpadeaban y cantaban una melodía suave y relajante. A su alrededor, docenas de ovejas con gafas de aviador corrían y jugaban, algunas saltando sobre nubes de algodón de azúcar, otras persiguiendo mariposas de colores brillantes.
Una oveja se acercó a él. "¡Bienvenido al Mundo de las Ovejas Dormilonas! Soy Capitán Lana, tu guía," dijo la oveja, extendiéndole una pequeña pezuña. Adrián le estrechó la pezuña, sintiéndose increíblemente emocionado. Capitán Lana lo llevó a recorrer el mundo mágico. Vieron cascadas de chocolate, árboles de caramelos, y un río hecho de jugo de naranja. Adrián rió y jugó con las ovejas, sintiéndose más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo.
Después de un rato, Capitán Lana se detuvo. "Es hora de volver, Adrián," dijo. Adrián se sintió triste. No quería irse. "¿Tengo que irme?" preguntó, con los ojos llenos de lágrimas.
"Sí, pero siempre puedes volver," respondió Capitán Lana. "Solo tienes que cerrar los ojos, pensar en nosotros, y susurrar las palabras mágicas." Adrián abrazó a Capitán Lana con fuerza. Cerró los ojos y sintió que lo llevaban de vuelta a su cama. Cuando abrió los ojos, estaba en su habitación, la luna brillando a través de la ventana. Capitán Lana ya no estaba allí, pero sintió el suave cosquilleo en la mejilla, recordándole que todo había sido real.
Mamá entró en la habitación. "¿Dormiste bien, mi pequeño aventurero?" preguntó, sonriendo. Adrián asintió con la cabeza, sintiéndose cansado pero muy feliz. "Sí, mamá. Tuve la mejor aventura de mi vida." Mamá le dio un beso en la frente. "Buenas noches, Adrián. Sueña con las ovejas dormilonas."
Adrián cerró los ojos, sintiendo que el sueño lo envolvía como una manta suave. Susurró las palabras mágicas una vez más, sabiendo que las ovejas dormilonas siempre estarían ahí para llevarlo a un mundo mágico, cada vez que cerrara los ojos y creyera en la magia de la noche. Pronto, se durmió profundamente, soñando con lunas de queso y ovejas con gafas de aviador. Y quién sabe, tal vez tú también puedas unirte a la aventura… si crees en las ovejas dormilonas.
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