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Agustín era un puercoespín muy especial. Le encantaba contar las hojas de los árboles (¡siempre llegaba al mismo número!) y organizar sus piedras por tamaño y color. A veces, las luces brillantes le hacían cosquillas en la nariz y los ruidos fuertes le hacían sentir como si tuviera hormigas en la panza. Agustín tenía el síndrome de Asperger, lo que significaba que su cerebro funcionaba de una manera un poquito diferente al de los demás.
En la escuela del bosque, a veces era difícil. Le costaba entender los juegos de los otros animales. Cuando jugaban a "las escondidas", él se quedaba quieto en el mismo lugar, esperando a que lo encontraran, porque para él, esa era la regla. Los demás no entendían por qué no corría ni se escondía de verdad. Un día, la ardilla Sofía le dijo: "¡Agustín, eres muy aburrido!" Agustín se sintió muy triste. Sus púas parecieron pincharlo por dentro.
Después de la escuela, Agustín caminaba solo por el bosque. Le gustaba el olor a tierra húmeda y el sonido del viento entre los árboles. Llegó a un lugar que nunca había visto antes: un pequeño muro de piedra cubierto de enredaderas. Detrás del muro, podía escuchar el zumbido de las abejas. Sintió curiosidad y, con cuidado, apartó una enredadera. ¡Detrás del muro había un jardín secreto!
Era un jardín lleno de margaritas. Pero no eran margaritas normales. ¡Estas margaritas parecían sonreír! Sus pétalos blancos brillaban bajo el sol y sus centros amarillos parecían pequeños soles felices. Agustín se quedó maravillado. Nunca había visto nada tan hermoso.
Mientras observaba las margaritas, una abejita se posó en su nariz. Agustín se quedó quieto como una estatua. Sabía que si se movía bruscamente, la asustaría. La abejita revoloteó un poco y luego voló hacia una margarita. Agustín sonrió. Se sentía tranquilo y feliz en ese jardín.
De repente, escuchó una voz suave. "Hola," dijo. Agustín se asustó un poco y se dio la vuelta. Era una conejita anciana con gafas y un sombrero de paja. "Soy la señora Margarita," dijo la conejita, "y este es mi jardín."
Agustín no sabía qué decir. Nunca había hablado con la señora Margarita. Ella era conocida por ser muy reservada. "Me gusta tu jardín," dijo finalmente Agustín. "Las margaritas... sonríen."
La señora Margarita sonrió también. "Sí," dijo, "a mí también me gusta que sonrían. ¿Te gustaría ayudarme a cuidarlas?"
Agustín no podía creer lo que oía. ¡Ayudar a la señora Margarita! ¡En el jardín secreto! Asintió con entusiasmo.
Así, Agustín y la señora Margarita se hicieron amigos. Agustín era muy bueno para contar las margaritas y asegurarse de que cada una recibiera la misma cantidad de agua. También era muy bueno para quitar las malas hierbas, porque las organizaba en montones perfectos. A la señora Margarita le encantaba la atención al detalle de Agustín.
Un día, Sofía la ardilla pasó por el jardín. Vio a Agustín trabajando con la señora Margarita. Se sorprendió mucho. "¿Qué estás haciendo, Agustín?" preguntó.
"Estoy ayudando a la señora Margarita a cuidar el jardín," dijo Agustín.
Sofía miró las margaritas sonrientes y luego miró a Agustín. Nunca lo había visto tan feliz. Se dio cuenta de que tal vez, ser diferente no era algo malo. Tal vez, la diferencia de Agustín era lo que lo hacía especial.
"Puedo ayudar también?" preguntó Sofía tímidamente.
Agustín sonrió. "¡Claro! Puedes ayudar a la señora Margarita a recoger las semillas."
Sofía, Agustín y la señora Margarita trabajaron juntos en el jardín. Sofía aprendió a ser paciente y a apreciar la belleza de las pequeñas cosas. Agustín aprendió a trabajar en equipo y a hacer nuevos amigos. Y la señora Margarita aprendió que a veces, la amistad puede florecer en los lugares más inesperados.
Agustín ya no se sentía tan solo en la escuela. Sabía que tenía un lugar especial en el jardín secreto, un lugar donde sus diferencias eran valoradas y donde las margaritas siempre le sonreían. Y entendió que, a veces, lo que te hace diferente es lo que te hace verdaderamente especial.
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