Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozAlex era un chico curioso. Tenía el pelo castaño como la corteza de un árbol y unos ojos negritos que brillaban con picardía. Siempre vestía de negro, decía que así se camuflaba mejor en sus aventuras nocturnas. Un día, escuchó una leyenda sobre una casa abandonada en las afueras del pueblo. Se decía que en esa casa, hacía mucho tiempo, había ocurrido una gran tragedia.
"¡Una casa encantada!", exclamó Alex, con los ojos brillantes. No le asustaban las historias de fantasmas, al contrario, le parecían emocionantes. Decidió que tenía que investigar.
Una tarde, cuando el sol empezaba a esconderse, Alex se dirigió a la casa abandonada. El camino era polvoriento y lleno de piedras. Los árboles parecían brazos huesudos que intentaban atraparlo. La casa se alzaba imponente, con sus ventanas rotas como ojos vacíos y la pintura descascarada como piel vieja.
Respiró hondo y empujó la puerta principal, que chirrió como un lamento. El interior estaba oscuro y polvoriento. Telarañas colgaban del techo y el aire olía a humedad y olvido.
"¿Hola?", llamó Alex, con la voz temblorosa.
Un susurro respondió a su llamada. Al principio pensó que era el viento, pero luego escuchó risitas suaves y el eco de pasos pequeños. De repente, vio figuras translúcidas que revoloteaban a su alrededor. Eran niños, pequeños fantasmas con miradas tristes y ropas antiguas.
"¿Quiénes son ustedes?", preguntó Alex, intentando no mostrar su miedo.
Un niño fantasma, con un vestido blanco manchado, se acercó a él. "Somos los niños que vivieron aquí hace mucho tiempo", dijo con una voz tenue. "Estamos atrapados en esta casa. Necesitamos ayuda".
Alex sintió un escalofrío, pero también una gran compasión. "¿Qué les pasó?", preguntó.
El niño fantasma bajó la mirada. "Un hombre malo nos hizo daño. Nos quitó la alegría y nos encerró aquí para siempre".
Alex se sintió indignado. "¡Eso no es justo!", exclamó. "Voy a ayudarlos".
Los niños fantasmas lo miraron con esperanza. Le contaron que el hombre malo había escondido algo importante en la casa, algo que les impedía descansar en paz. Si Alex encontraba ese objeto, podrían liberarse.
Alex comenzó a buscar por toda la casa. Revisó cajones polvorientos, levantó alfombras raídas y exploró cada rincón oscuro. Encontró juguetes rotos, libros viejos y fotografías descoloridas, pero nada que pareciera importante.
De repente, escuchó un ruido que venía del sótano. Con valentía, bajó las escaleras. El sótano era aún más oscuro y húmedo que el resto de la casa. Un olor a tierra mojada le llenó la nariz.
En una esquina, debajo de una pila de escombros, encontró un pequeño cofre de madera. Lo abrió con cuidado y encontró dentro una caja de música rota. La caja de música era antigua y estaba decorada con pequeñas figuras de bailarinas.
Los niños fantasmas se acercaron a él. "¡Esa es!", exclamaron. "Esa es la caja de música que nos encantaba. El hombre malo la rompió para que no pudiéramos ser felices".
Alex tomó la caja de música en sus manos. Sintió la tristeza y la desesperación de los niños fantasmas. Decidió que tenía que arreglarla.
Regresó a su casa y buscó herramientas y pegamento. Trabajó durante horas, con paciencia y dedicación. Finalmente, logró reparar la caja de música.
Regresó a la casa abandonada y colocó la caja de música en el centro de la sala principal. Le dio cuerda y una melodía suave y triste llenó el aire.
Los niños fantasmas comenzaron a bailar. Sus rostros se iluminaron con una sonrisa. La melodía de la caja de música los liberó de su tristeza y los ayudó a encontrar la paz.
Poco a poco, los niños fantasmas comenzaron a desvanecerse. Se despidieron de Alex con gratitud y prometieron que nunca lo olvidarían.
Alex observó cómo se desvanecían, sintiendo una mezcla de tristeza y alegría. Había ayudado a los niños fantasmas a encontrar la paz y había aprendido una valiosa lección sobre la importancia de la empatía y la compasión.
Desde ese día, Alex siguió visitando la casa abandonada. Ya no estaba llena de tristeza, sino de una extraña paz. Sabía que los niños fantasmas estaban en un lugar mejor y que él había hecho lo correcto. Y aunque seguía vistiendo de negro, su corazón estaba lleno de luz.
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