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Alicia estaba sentada a la orilla del río, sintiendo que el sol de la tarde pesaba sobre sus párpados como dos monedas de oro. Su hermana leía un libro sin dibujos ni diálogos, algo que a Alicia le parecía una soberana pérdida de tiempo. Justo cuando un bostezo amenazaba con desencajarle la mandíbula, un Conejo Blanco pasó corriendo a toda prisa. Pero este conejo no vestía un chaleco de terciopelo, sino que llevaba una pequeña gorra de mono alado y murmuraba algo sobre una tal Dorothy que llegaba tarde a la merienda con el Mago.
Llevada por una curiosidad que siempre era más fuerte que su prudencia, Alicia lo siguió hasta un espeso matorral. Al cruzarlo, no cayó por un túnel de relojes y armarios, sino que se deslizó por un tobogán de luz líquida que la depositó suavemente sobre un camino de baldosas de un amarillo tan chillón que le hizo parpadear. El paisaje era una paradoja cromática: flores que cantaban en tonos carmesí y árboles de cristal que reflejaban un cielo color turquesa.
—Esto no es Oxford, ni parece el jardín de la Reina de Corazones —murmuró Alicia, ajustándose el lazo azul de su cabello—. Pero la lógica de lo absurdo parece ser una constante universal.
No había caminado ni cien metros cuando se encontró con un Espantapájaros colgado de un poste. Al verla, el hombre de paja inclinó la cabeza con curiosidad. Alicia, con la cortesía que le habían enseñado sus tutores, hizo una breve reverencia.
—Perdone, señor —dijo ella—, ¿podría decirme si este camino lleva a Londres o al Castillo de Naipes?
—No tengo cerebro, solo paja, así que no sé qué es un Londres —respondió el Espantapájaros con una sonrisa pintada—. Pero este camino lleva a la Ciudad Esmeralda. Dicen que allí el Mago puede darte lo que te falta. Yo busco sesos. ¿Tú qué buscas, niña de azul?
Alicia lo observó con detenimiento. El Espantapájaros parecía melancólico a pesar de su sonrisa fija. —Yo busco el sentido de las cosas —respondió ella—. Y si no tiene cerebro, ¿cómo es que puede hablar con tanta elocuencia? Me parece que usted es una contradicción andante, y las contradicciones son mis mejores amigas.

Decidieron caminar juntos. Poco después, el chirrido de un metal oxidado los detuvo. En medio de un bosque de árboles frutales, un Hombre de Hojalata permanecía estático con un hacha en la mano. Alicia encontró una aceitera cercana y, con la precisión de quien resuelve un acertijo matemático, lubricó sus articulaciones.
—Gracias, pequeña —dijo el Hombre de Hojalata, tocándose el pecho metálico—. Mi cuerpo es fuerte, pero está vacío por dentro. No tengo corazón para sentir la alegría de tu ayuda.
—La gratitud que acaba de expresar es una forma de sentimiento —objetó Alicia, cruzándose de brazos—. Si no tuviera corazón, no le importaría estar oxidado. Simplemente sería un objeto. Usted no es un objeto, es una voluntad atrapada en metal. Venga con nosotros; si el Mago es tan sabio como dicen, seguramente confirmará lo que yo sospecho.
El grupo creció cuando un León enorme, pero de ojos temblorosos, saltó desde un arbusto. Intentó rugir, pero el sonido terminó en un hipido de nerviosismo. Alicia, lejos de asustarse, se acercó para acariciarle las orejas.
—Un león que pide disculpas por existir —comentó Alicia—. Esto es cada vez más interesante. Usted cree que le falta valor, pero se ha atrevido a presentarse ante desconocidos. Eso requiere más coraje que rugirle a las sombras.
Durante los días siguientes, el cuarteto enfrentó desafíos que pusieron a prueba su incipiente unión. Cruzaron campos de amapolas que exhalaban un perfume soporífero. Alicia, recordando sus lecciones sobre botánica y lógica, sugirió que el Hombre de Hojalata, al no respirar, cargara a los demás fuera del peligro. Más tarde, cuando un abismo les cerró el paso, fue el Espantapájaros quien ideó un puente usando un árbol caído, mientras el León, temblando pero decidido, cruzó primero para asegurar la estabilidad.
Alicia observaba cómo sus nuevos amigos se apoyaban. Ella, que siempre se había sentido una observadora solitaria en un mundo de adultos absurdos, empezó a sentir un calor extraño en el pecho. No era la curiosidad intelectual de siempre; era algo más profundo.

Al llegar finalmente a las puertas de la Ciudad Esmeralda, el Gran Mago los recibió tras una cortina de humo y espejos. Su voz era un trueno ensordecedor que exigía sacrificios. Pero Alicia, acostumbrada a tratar con reinas tiránicas que gritaban «¡Que le corten la cabeza!», no se amilanó. Caminó hacia adelante y descorrió la cortina, revelando a un hombrecillo asustado que operaba una serie de palancas.
—¿Es usted el gran poder? —preguntó Alicia con una ceja levantada—. No parece más que un bibliotecario con delirios de grandeza.
El hombre suspiró, admitiendo su engaño. Sin embargo, Alicia no estaba decepcionada. Miró a sus amigos: el Espantapájaros había guiado al grupo con planes brillantes; el Hombre de Hojalata había llorado de emoción al ver la ciudad; y el León se había interpuesto entre Alicia y una sombra amenazante en el camino.
—Usted no necesita darles nada —dijo Alicia al Mago—. Ya lo tienen todo. El Espantapájaros es el pensamiento, el Hombre de Hojalata es el sentimiento y el León es la acción. Y yo... yo he descubierto que la lógica no sirve de nada si no tienes a nadie con quien compartir el asombro.
El Mago, conmovido por la lucidez de la niña, le ofreció un par de zapatos de plata para volver a su hogar. Alicia se despidió de cada uno con un abrazo. Al llegar al León, este le preguntó por qué estaba triste si por fin regresaba a su mundo de libros y té.
—Porque en mi mundo las cosas suelen tener un lugar, pero aquí, con ustedes, he encontrado un propósito —respondió Alicia—. La amistad es el único país de las maravillas que realmente vale la pena visitar.
Con un golpe de talones, Alicia sintió que el mundo giraba como un caleidoscopio. De repente, el olor a hierba fresca de Oxford regresó. Su hermana seguía leyendo. Alicia se incorporó, se sacudió el vestido azul y sonrió. Ya no se sentía aburrida. Sabía que, aunque el camino de baldosas amarillas estuviera lejos, llevaba en su interior la inteligencia, la bondad y el valor de los amigos que la habían transformado.
La verdadera amistad es el puente que une nuestros vacíos y nos convierte en seres completos.
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