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Había una vez una niña llamada Alicia, que desde muy pequeña soñaba con conocer el mundo de los robots y la tecnología. Sus amigos la llamaban loca porque pasaba horas mirando documentales sobre robots y armando sus propios inventos con piezas que encontraba por la casa. Pero a pesar de su entusiasmo, siempre escuchaba a los adultos decirle:
- "Los robots son cosas de grandes".
- "Alicia, jugá con tus muñecas, no con esos cables".
Alicia no se dejaba desanimar. Un día, mientras exploraba el desván de su abuelo, encontró un viejo libro polvoriento titulado "El Mundo de los Robots". Con emoción, comenzó a leerlo y descubrió un mundo fascinante de circuitos, engranajes y programación. Fue así como tomó una decisión:
- "Si no me dejan aprender, ¡entonces lo haré sola!".
Alicia comenzó a experimentar con lo que tenía a mano. Juntó cajas de cartón, pilas, y viejos juguetes. Con un poco de ingenio, creó su primer robot: un pequeño autómata que podía moverse y parpadear. Cuando sus amigos lo vieron, se quedaron maravillados.
- "¡Wow, Alicia! ¿Cómo lo hiciste?" preguntó Tomás, su mejor amigo.
- "No me dejaron aprender, así que lo hice sola. ¡Podemos hacer más juntos!".
Sin embargo, no todo fue sencillo. Algunos adultos seguían desalentándola, diciéndole que los robots eran para chicos grandes y que ella no era capaz. Pero Alicia no se rindió.-
- "¡No es justo! Me gusta crear y aprender".

Al poco tiempo, decidió inscribirse en un taller de robótica para niños en su barrio. Al llegar al aula, la maestra la miró con desconfianza:
- "¿Y tú qué haces aquí, pequeña?".
- "Vine a aprender sobre robótica" dijo con determinación.
Alicia se sintió un poco intimidada, pero no se dejó llevar por el miedo. La maestra vio su entusiasmo y decidió darle una oportunidad. A lo largo del taller, Alicia demostró ser muy talentosa y comenzó a destacar entre los demás.
- "¡Alicia, tenés un don! Necesitamos chicas como vos en tecnología" le dijo la maestra un día.
Con el tiempo, Alicia comenzó a crear robots que no solo podían moverse, sino que también hacían reír a los niños. Creó un robot payaso que contaba chistes y otro que podía jugar a la escondida. Su pasión se fue convirtiendo en algo más grande, y la noticia de sus inventos llegó a una feria de ciencias de su ciudad.
- "Voy a presentar mis robots en la feria. ¡No puedo esperar!" le dijo emocionada a Tomás.
- "¡Eso va a estar increíble, Alicia!" respondió Tomás, lleno de entusiasmo.
El día de la feria, Alicia llegó llena de nervios. Montó su puesto y. cuando los niños comenzaron a jugar con sus robots, rieron y aplaudieron.
- "¡Miren! ¡Puedo hacer que mi robot haga piruetas!" gritó un niño.

- "Este puede contar un chiste, escuchen"
El público se llenó de risas, y Alicia vio cómo sus sueños estaban tomando forma.
Al final del evento, una importante empresa de tecnología se acercó a ella.
- "Nos encantaría trabajar contigo, Alicia. Queremos que seas parte de nuestro equipo de jóvenes inventores".
Alicia no podía creerlo. Lloró de felicidad y, desde ese día, decidió que usaría su talento para inspirar a otras niñas a que siguieran sus sueños.
- "¡Soy una constructora de robots! ¡Y el cielo es el límite!" declaró con orgullo.
Así, Alicia se convirtió en una gran referente en el mundo de la robótica, creando una fundación para enseñar a niñas sobre tecnología y robots. Su historia se volvió un mito en su barrio, un recordatorio de que los sueños no tienen género y que con esfuerzo y dedicación se puede lograr lo que uno se proponga. Y todo comenzó con la curiosidad de una niña llamada Alicia que, a pesar de las dificultades, nunca dejó de construir sus sueños, litando así una llama de inspiración para muchas generaciones.
- "Recuerden chicos: nunca dejen que los demás les digan lo que pueden o no pueden hacer. ¡Sigan sus sueños!"
Alicia sonrió, mientras miraba a todos los niños, esperando un futuro lleno de inventos y robots maravillosos. Y así, continuó creando y soñando, porque el futuro pertenecía a los curiosos y a los que se atrevían a explorar.
Fin.
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