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Nos subimos al bus, muy cansados pero contemplando ese paisaje tan brillante y de blanco inmaculado, por donde mirase, sólo se veía nieve, en una de esas a lo lejos, pudimos observar una familia de caribú. Para mí ver animales poco comunes en el camino durante un viaje de ruta, significa suerte, no sé por qué, pero siempre he creído eso. Xavier me contaba historias de cuando estuvo viviendo en Canadá, era interesante escuchar sus relatos e imaginar trabajar en una granja con nieve.
En breve llegamos a nuestro destino, nos bajamos del bus y tomamos nuestras enormes maletas y entremedio de la nieve fuimos caminando hacia nuestro hospedaje. Me sentí contenta pero también sentía mucho cansancio. Al llegar, el caballero del alojamiento fue muy amable con nosotros, luego decidimos simplemente tomar una reconfortante ducha e ir a dormir.
Al día siguiente comenzamos la búsqueda de un hogar. Visitamos algunos departamentos, hasta que encontramos uno que se ajustaba a nuestras necesidades y era bastante amplio. Lo malo es que tendríamos que limpiarlo nosotros, pero a cambio nos dieron dos meses de gracia, lo cual era súper, para nuestra reciente economía. Lentamente comenzamos a armar nuestro nido, buscando muebles por acá y cosas por allá. Fuimos muchas veces al centro comercial, hasta que un día cuando estábamos finalizando las compras, me comencé a sentir extraña. Presentía que algo estaba pasando con mi embarazo, justo ese día cumplía nueve semanas. Le digo a Xavier, "Cariño me siento rara, siento que algo no anda bien."
Xavier: "Siéntate y yo terminaré algunas cosas que faltan por comprar y luego vamos a casa, ¿te parece?"
Yo: "Ok, te espero aquí, no demores mucho por favor."
Xavier volvió y nos fuimos a casa. Al llegar me voy a recostar, es ahí cuando supe que mi embarazo no llegaría a su final. Sentí como se desprendía algo de mi cuerpo, sentí que perdía a ese bebé que esperaba con tantas ansias. No les puedo explicar el dolor emocional que sentí, creí caerme a un abismo del cual no sabía cómo saldría. Xavier escucho mis gritos mezclados con un llanto desesperado y se encargó de todo, yo simplemente me hundí entre las sábanas de mi cama y lloré por días. Mi querido Xavier simplemente se acostó a mi lado y me dejo vivir mi dolor, sin hablar, sin decir una palabra. (Creo que fue lo mejor que pudo hacer).
Lamentablemente la desgracia no acababa ahí. Semanas después comenzaron a cerrar todos los comercios no esenciales, llegó a invadir el famoso y nuevo virus llamado Covid, una cepa desconocida, pero mortal. Miles de personas morían diariamente alrededor del mundo, solas sin sus familias o peor sin poder decir adiós. El virus no discriminaba ningún rasgo en las personas, simplemente atacaba.
Ustedes se preguntaran, cómo me encontraba emocionalmente. Les seré franca estaba hecha pedazos, pero a mi corta edad (no tan corta) he aprendido que después de un dolor tan grande, donde sientes que el mundo te aplasta, uno puede salir y se puede volver a respirar, sobretodo si cuentas con las personas adecuadas a tu lado. Xavier es mucho más hermético, sus dolores los vive en silencio, pero además él es menos emocional que yo, por ende lo estaba llevando mejor que yo, pero siempre me cuidó, respetó y me acompañó en mi dolor, como el mejor soldado.
Bueno, volviendo al nuevo protagonista, el virus Señor Covid, una amenaza acechante en cada puerta, no pretendía retirarse pronto. Agradeciendo que dentro de las compras “esenciales” que realizamos, se encontraban muchos materiales para hacer manualidades, papeles, pinturas, lanas (las amo) y todo lo necesario para dejar fluir nuestra creatividad y por supuesto sanar dolores.
Pusimos manos a la obra, Xavier pintó un cuadro de Monet y yo hice una especie de pintura sobre los Selknam y símbolos mapuches, que resultó no tan bonita como creía, pero la hice igual. Luego me puse a buscar trabajo, comencé a desesperarme, pero luego de tres días de espera me llamaron para hacer un reemplazo en una cocina de un colegio católico, así que comenzó mi vida laboral, era bastante agradable, pero adivinen de qué me enteré, ¡Estaba embarazada nuevamente! Ahora no sólo estaba alegre, estaba aterrada que pasará lo mismo. Tenía mucho miedo de sufrir una pérdida, por ende me cuidé mucho, traté de alimentarme súper bien, de caminar con mucho cuidado, y en este asunto de caminar con cuidado, Xavier me dice un día: "Cariño, creo que debemos comprarte un par de zapatos más apropiados para la nieve, para que no te caigas."
Debo reconocer que me derrite de amor su preocupación, así que le respondí que haríamos eso, y lo hicimos. Lo bueno, es que mi embarazo fue avanzando bien, todo iba normal, pero mi ansiedad crecía con la panza. El miedo, la pena se apropiaban de mi mente, por lo que tenía unos cambios de humor horribles, pero nuevamente la paciencia de mi Cariño, me acompañó en todo ese proceso, hasta que tuve que volver a mi País, porque en Canadá era excesivamente caro tener a mi bebé. Fue la primera separación que tuvimos con Xavier, eran aproximadamente tres meses en que no estaríamos juntos.
El día que tomé mi avión, lloré y lloré tanto que la policía me preguntó si estaba bien, o si necesitaba algo, luego seguí mi camino acompañada de mi gran panza de embarazada. Llegamos a Chile, pero aún tenía que hacer la famosa cuarentena de 14 días, encarcelada en una habitación de hotel. Creo que fue una experiencia horrible, alimentó mi miedo a perder a mi bebé, mi ansiedad no me dejaba dormir, lloraba toda la noche, me sentía fatal en esa soledad de cuatro paredes. Finalmente pude marcharme, aún me faltaba tomar un avión más para llegar a mi destino final, menos mal es casi una hora de vuelo. Al llegar a Puerto Montt, me estaba esperando mi hermano, que quedó impactado de mi barriga, me abrazó y nos fuimos hacia la casa de mi madre. Al verla simplemente la abracé tan fuerte, porque me hizo mucha falta esa contención. Al día siguiente, fui inmediatamente a realizarme una ecografía, y supe que estaba esperando una niña, a la que nombramos Amaia. Mi emoción al escuchar su corazón, verla casi tangible, fue el mejor remedio a mis miedos, por supuesto mi madre me acompañó en ese proceso. Luego llamé a Xavier y le conté, estaba muy contento de saber que todo estaba bien, y que ella estaba bien.
Pasaron los meses y llegó el mes donde mi Amaia debía nacer. Ahora mi miedo era que Xavier no pudiese entrar al país por no tener la residencia, pero lo logró y pudo llegar para estar presente en el parto. Amaia nació en diciembre, en la caótica época del Covid, donde todos tenían que usar mascarilla, incluso para parir, el personal médico parecía astronauta o un personaje de una película de zombies.
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