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Gratis · elegí una vozAmalia tenía cinco años y un sueño tan grande como la luna llena: ¡viajar a la luna! No le importaba que todos le dijeran que era imposible. Su abuelo, un hombre de barba blanca y ojos brillantes como estrellas, siempre le decía: "Amalia, con imaginación y esfuerzo, ¡todo es posible!".
Así que Amalia decidió que construiría su propio cohete. Primero, intentó con bloques de madera. ¡Demasiado pesados! Luego, con sábanas y almohadas. ¡Demasiado blandos! Frustrada, se sentó en el suelo del jardín, rodeada de sus intentos fallidos. Una mariposa colorida revoloteó cerca, y Amalia, inspirada, tuvo una idea.
"¡Papel!", exclamó. Corrió dentro de la casa y buscó papeles de todos los colores: hojas de periódico, revistas viejas, papel de regalo brillante. Con pegamento, tijeras y mucha paciencia, comenzó a dar forma a su cohete. Su gato, Don Gato, la observaba con curiosidad, moviendo la cola.
El cohete de papel creció día tras día. Amalia le puso alas de cartulina, ventanas redondas hechas con tapas de frascos y una antena hecha con un palito de helado. Lo pintó con estrellas fugaces y planetas brillantes. Don Gato, aprovechando un descuido, dejó una huella de patita en una de las alas, ¡pero Amalia lo perdonó! Era una huella de suerte.
Finalmente, el cohete estaba listo. Era grande, colorido y un poco tambaleante, pero para Amalia, ¡era perfecto! Lo bautizó "Estrella Fugaz".
Llegó el día del lanzamiento. Amalia invitó a todos sus amigos del vecindario: Sofía, el travieso, Juan, el tímido, y Elena, la soñadora. Su abuelo preparó limonada y galletas.
Amalia se puso su casco de astronauta (un colador viejo decorado con papel aluminio) y subió al cohete. Don Gato se acurrucó a sus pies.
"¡Preparados, listos, ya!", gritó Sofía.
Amalia cerró los ojos, imaginó el rugido de los motores y comenzó a mecer el cohete de papel con todas sus fuerzas. Sus amigos la ayudaron, empujando y gritando.
De repente, sintió un fuerte tirón. Abrió los ojos y vio que el cohete se elevaba… ¡no hacia el cielo, sino hacia el árbol más grande del jardín! El cohete se había enganchado en una rama.
Al principio, Amalia se sintió decepcionada. Pero luego, miró a sus amigos, riendo y señalando el cohete atascado. Su abuelo se acercó y le dijo: "Amalia, has construido algo maravilloso. Tal vez no has llegado a la luna, ¡pero has llegado a la cima del árbol!".
Amalia sonrió. Tenía razón. Aunque no estaba en la luna, se sentía más cerca de las estrellas que nunca. Decidieron convertir el cohete en una casa del árbol. Subieron con cuidado, llevando almohadas y mantas. Dentro del cohete-casa del árbol, rodeados de estrellas de papel y la suave luz del atardecer, contaron historias de astronautas y planetas lejanos.
Esa noche, Amalia soñó que volaba en su cohete de papel, cruzando la Vía Láctea y saludando a los extraterrestres. Despertó con una sonrisa, sabiendo que, aunque el viaje a la luna tendría que esperar, la aventura más importante ya había comenzado: la aventura de la imaginación.
Al día siguiente, Amalia decidió mejorar su cohete. Investigó sobre cohetes reales, viendo videos y leyendo libros con la ayuda de su abuelo. Descubrió que necesitaba un motor más potente y una estructura más resistente. Esta vez, usaría cartón y botellas de plástico recicladas. Don Gato, siempre curioso, supervisaba cada paso.
Amalia sabía que construir un cohete de verdad sería mucho más difícil, pero ahora tenía la experiencia y la motivación necesarias. Sabía que, con paciencia y perseverancia, algún día, quizás no a la luna, pero sí a algún lugar maravilloso, su cohete la llevaría. Y lo más importante, sabía que la verdadera aventura estaba en el proceso de crear, imaginar y soñar.
Así, Amalia, la niña que quería viajar a la luna, continuó construyendo, aprendiendo y soñando, con su cohete de papel como un recordatorio constante de que, con imaginación y esfuerzo, ¡todo es posible!
Un día, mientras trabajaba en su nuevo cohete, Don Gato se frotó contra sus piernas, ronroneando. Amalia lo abrazó y le susurró: "Don Gato, ¿quieres ser mi copiloto?"
Don Gato maulló en respuesta, como diciendo: "¡Por supuesto! ¡A la luna y más allá!"
Y así, la aventura continuó...
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