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Gratis · elegí una vozAl lado de un árbol seco vivía una hormiga muy trabajadora llamada Andi. Un día soleado, la Reina Hormiga la llamó. "Andi," dijo con su voz suave pero firme, "necesito que me traigas una mora jugosa. Mis antenas ansían su sabor!"
Andi, siempre dispuesta a complacer a su Reina, se puso en marcha. Empezó a escalar el árbol seco, buscando con sus pequeños ojos el camino hacia las moras. La tarea parecía difícil, el tronco era resbaladizo y largo.
Mientras subía con dificultad, vio algo brillante que se movía en el aire. Era un escarabajo verde esmeralda que volaba directamente hacia la cima del árbol. Andi lo reconoció. Era Edwin, el escarabajo viajero.
"¡Edwin! ¡Edwin!" gritó Andi con todas sus fuerzas. El escarabajo la escuchó y descendió suavemente a su lado.
"¡Andi! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí arriba!" exclamó Edwin. "¿Qué haces tan lejos del hormiguero?"
"La Reina me ha pedido que le traiga una mora, pero el árbol es muy alto y me cuesta mucho subir. ¿Podrías ayudarme a llegar más rápido a la cima?" le suplicó Andi.
Edwin, siempre amable y generoso, respondió: "¡Por supuesto, Andi! No hay problema. Sube a mi espalda, te llevaré volando." Le contó que se llamaba Edwin, que vivía en la ciudad y que iba a visitar a su abuelita, quien vivía en una casa de hojas en la cima del árbol.
Andi se subió con cuidado a la espalda de Edwin y juntos volaron hacia la cima del árbol. El viaje fue rápido y emocionante. Andi nunca había volado antes y se maravilló con la vista.
Pero al llegar a la cima, Andi se llevó una gran decepción. ¡No había arbustos de moras! Donde antes había visto las jugosas bayas, ahora solo había ramas vacías. Andi miró a todos lados, buscando alguna señal, algún rastro, pero no tuvo éxito. El desánimo la invadió.
Andi se acercó a Edwin con la cabeza gacha. "No encontré arbustos de moras," dijo con tristeza. "¿Qué le diré a la Reina?"
Edwin, con su sabiduría de viajero, le explicó: "Los humanos se han llevado los arbustos, Andi. Dicen que esas moras estaban muy buenas y las han trasplantado a sus huertos en la ciudad."
Andi estaba a punto de llorar, pero Edwin tuvo una idea. "¡No te preocupes, Andi! Yo te ayudaré a encontrar esas moras. Te regalaré unas alas mágicas y un mapa para que puedas volar al lugar donde los humanos plantaron los arbustos."
Edwin le entregó a Andi unas alas diminutas, hechas de pétalos de flores, y un mapa dibujado en una hoja. "Sigue este mapa, Andi, y encontrarás los arbustos de moras. ¡Pero ten cuidado con los humanos!" le advirtió.
Andi, llena de esperanza, se colocó las alas en su espalda y, siguiendo el mapa, se fue volando hacia la ciudad. Volaba rápido, con el corazón latiendo fuerte, pensando en la Reina y en la deliciosa mora que le llevaría. No quería que la Reina la regañara por tardar.
Después de un rato, Andi se detuvo en un árbol frondoso para descansar. Estaba cansada de volar, y el sol comenzaba a ocultarse. Ya era noche. Buscó un lugar seguro entre las hojas y se quedó dormida, soñando con moras jugosas.
Al amanecer, continuó su viaje. El sol brillaba con fuerza y el mapa parecía confuso. Andi se preguntó: "¿Por qué no he llegado todavía a la ciudad? En el mapa parecía que todo estaba cerca."
De repente, a lo lejos, vio algo brillante y grande. ¡Era la ciudad! Andi se quedó asombrada de lo bonita que era, con sus casas coloridas y sus calles llenas de gente. Se distrajo un momento, pero recordó su misión y regresó a su búsqueda.
Por fin, siguiendo las indicaciones del mapa, dio con el lugar donde estaban los arbustos de moras. ¡Eran enormes y estaban llenos de frutos! Pero estaban rodeados de humanos, y Andi sintió mucho miedo. Sabía que los humanos a veces fumigaban los jardines y temía por su vida.
Un humano se acercó a los arbustos con un fumigador en la mano. Andi, sin pensarlo dos veces, voló en picada hacia él. Tenía que proteger las moras para la Reina.
Con toda su valentía, Andi mordió al humano con sus pequeñas pero fuertes mandíbulas en la mano. ¡Lo mordió con todas sus fuerzas! El humano, sorprendido y adolorido, soltó el fumigador y se fue corriendo, gritando.
Andi, sintiéndose victoriosa, tomó la mora más grande y jugosa que encontró y se fue volando feliz de regreso a casa. Al llegar al árbol, le devolvió las alas mágicas a su amigo Edwin.
Entró corriendo al hormiguero y le entregó la mora a su Reina, contándole con entusiasmo la increíble aventura que había tenido. La Reina, muy feliz, probó la mora con deleite. "¡Deliciosa!" exclamó. "¡Eres una hormiga muy valiente y trabajadora, Andi!"
Andi, orgullosa y satisfecha, se sintió feliz de haber cumplido su misión. Y desde ese día, Andi la hormiguita se convirtió en una leyenda en el hormiguero, recordada por su valentía y su amor por la Reina. Fin.
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