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Bruno era un niño muy curioso al que le encantaban las manzanas. Un día, mientras mordisqueaba una jugosa manzana roja, se preguntó: "¿A dónde va la manzana después de que me la como?"
De repente, ¡puf! Bruno se sintió diminuto, más pequeño que una hormiga, y se encontró montado en un pedazo de manzana. "¡Wow!", exclamó. Una voz grave y amigable resonó a su alrededor. "¡Bienvenido, Bruno! Soy Don Muelas, el portero de la boca. ¡Prepárate para el Gran Viaje Digestivo!"
Don Muelas, con su bigote blanco y su chaleco a cuadros, empezó a masticar la manzana con Bruno encima. "¡Estamos triturando la manzana para que sea más fácil de digerir!", gritó Don Muelas mientras las piezas de manzana se hacían cada vez más pequeñas. La saliva, representada por unas gotitas juguetonas con gorros azules, se unió a la fiesta. "¡Estamos ayudando a ablandar la comida!", exclamaron las gotitas.
Luego, ¡zas!, la manzana y Bruno se deslizaron por un tobogán largo y resbaladizo. "¡Este es el esófago!", anunció Don Muelas. "¡Nos lleva directamente al estómago!" El viaje fue rápido y lleno de risas mientras bajaban a toda velocidad.
Al llegar al estómago, Bruno se encontró en una piscina burbujeante y ácida. "¡Cuidado!", gritó una voz. Era el Señor Estómago, un gigante bonachón con un delantal blanco. "¡Aquí mezclamos la comida con jugos gástricos para descomponerla aún más!" El Señor Estómago empezó a batir la manzana con fuerza, como si estuviera preparando un batido gigante. Los jugos gástricos, representados por pequeños científicos con gafas y batas, trabajaban diligentemente para deshacer la manzana en trozos aún más pequeños.
Después de un rato, la manzana, ahora convertida en una papilla, fue empujada hacia una puerta estrecha. "¡Este es el intestino delgado!", dijo el Señor Estómago. "¡Aquí es donde ocurre la magia de verdad!" Bruno se encontró en un laberinto largo y sinuoso. En las paredes del intestino delgado, unas pequeñas criaturas llamadas Vellosidades, con forma de deditos danzantes, estaban ocupadas absorbiendo los nutrientes de la manzana. "¡Estamos recogiendo las vitaminas, los minerales y la energía para que tu cuerpo pueda crecer fuerte y sano!", explicaron las Vellosidades.
Bruno observó cómo los nutrientes eran transportados a través de pequeñas tuberías hacia el torrente sanguíneo, representado por un río rojo brillante lleno de barquitos. "¡Es como si estuviéramos entregando paquetes a todo el cuerpo!", exclamó una Vellosidad.
Lo que quedaba de la manzana, ahora solo fibra, siguió su camino hacia el intestino grueso. El intestino grueso era un lugar tranquilo y silencioso. Aquí, el agua era absorbida de la fibra. "¡Estamos recuperando el agua para que tu cuerpo no se deshidrate!", dijo el Señor Intestino Grueso, un anciano sabio con una larga barba blanca.
Finalmente, los restos de la manzana llegaron al final del camino. "¡Este es el final del viaje!", anunció una voz. "¡Es hora de despedirse de los restos no digeribles!" Bruno vio cómo los restos eran eliminados del cuerpo.
De repente, ¡puf! Bruno volvió a su tamaño normal. Estaba sentado en la cocina, con medio manzana en la mano. "¡Wow!", exclamó. "¡Qué aventura tan increíble! Ahora entiendo a dónde va la comida después de que me la como." A partir de ese día, Bruno siempre masticó bien su comida y apreció el increíble trabajo que hacía su cuerpo para mantenerse sano y fuerte. Le contó a todos sus amigos sobre el Gran Viaje Digestivo, convirtiéndose en el experto en digestión de su clase. Y cada vez que comía una manzana, recordaba a Don Muelas, al Señor Estómago, a las Vellosidades y al Señor Intestino Grueso, y les agradecía por su arduo trabajo.
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