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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y soleado, un caballo grande y fuerte de color negro como la noche más oscura. Lo llamaban Azul de Medianoche, porque su pelaje brillaba bajo la luna como un zafiro profundo. Azul de Medianoche vivía libre, corriendo por las praderas, bebiendo agua fresca del río y relinchando feliz al viento. Era un caballo majestuoso, con una crin larga y ondeante que parecía una cascada de seda negra.
Un día, mientras Azul de Medianoche pastaba tranquilamente cerca de un camino polvoriento, un señor de bigote espeso y sombrero de paja pasó por allí. El señor se llamaba Don Evaristo, y era un ranchero bonachón con una familia numerosa. Al ver a Azul de Medianoche, Don Evaristo quedó impresionado por su belleza y fuerza. Pensó que sería el caballo perfecto para tirar de su vieja carreta.
Sin pensarlo dos veces, Don Evaristo sacó una cuerda de su bolsillo y, con cuidado y paciencia, logró acercarse a Azul de Medianoche. Le habló suavemente, acariciándole el hocico y ofreciéndole una manzana roja y brillante que llevaba en su alforja. Azul de Medianoche, atraído por la amabilidad del señor y el dulce aroma de la manzana, se dejó poner la cuerda alrededor del cuello.
Don Evaristo llevó a Azul de Medianoche hasta su rancho, un lugar lleno de gallinas cacareando, cerdos gruñendo y niños riendo. En el patio, una vieja carreta de madera color café esperaba, cubierta de polvo y telarañas. Don Evaristo pasó horas limpiando y arreglando la carreta, mientras Azul de Medianoche lo observaba con curiosidad desde el establo.
Al día siguiente, Don Evaristo enganchó a Azul de Medianoche a la carreta. El caballo, aunque un poco sorprendido, se mantuvo tranquilo. Don Evaristo le habló con cariño y le explicó que lo llevarían de paseo. Luego, llamó a su familia: Doña Rosa, su esposa, y sus seis hijos, desde el pequeño Miguelito hasta la adolescente Sofía.
Todos subieron a la carreta, acomodándose entre mantas y cojines. Doña Rosa llevaba una cesta llena de comida: empanadas, tortillas, frutas y un gran termo de chocolate caliente. Los niños gritaban emocionados, ansiosos por comenzar la aventura. Don Evaristo tomó las riendas y, con una sonrisa, le dio una suave palmada en el lomo a Azul de Medianoche.
"¡Arre, Azul de Medianoche!", exclamó Don Evaristo. El caballo, entendiendo la señal, comenzó a caminar lentamente. La carreta chirrió un poco al principio, pero pronto se deslizó suavemente por el camino. El sol brillaba en lo alto, calentando la piel y haciendo brillar el pelaje negro de Azul de Medianoche.
El paseo fue maravilloso. Atravesaron campos llenos de flores silvestres, bordearon un río cristalino y subieron una colina desde donde se veía todo el valle. Los niños cantaban canciones y jugaban a las adivinanzas, mientras Don Evaristo y Doña Rosa disfrutaban de la tranquilidad del paisaje.
Azul de Medianoche, aunque al principio estaba un poco nervioso, pronto se relajó y disfrutó del paseo. Le gustaba sentir el peso de la carreta y la compañía de la familia. Se dio cuenta de que Don Evaristo no lo había llevado para explotarlo, sino para compartir momentos felices con sus seres queridos.
En un claro del bosque, Don Evaristo detuvo la carreta. Doña Rosa extendió una manta sobre el césped y todos se sentaron a disfrutar del picnic. Comieron empanadas, tortillas y frutas, y bebieron chocolate caliente. Azul de Medianoche pastaba cerca, mordisqueando la hierba fresca y recibiendo caricias de los niños.
Después del almuerzo, jugaron a las escondidas y a la rayuela. Azul de Medianoche observaba desde lejos, moviendo la cola con curiosidad. Al atardecer, Don Evaristo enganchó nuevamente a Azul de Medianoche a la carreta y emprendieron el regreso al rancho.
Llegaron a casa cansados pero felices. Don Evaristo desenganchó a Azul de Medianoche y lo llevó al establo, donde le dio una buena ración de heno y agua fresca. El caballo relinchó agradecido, frotando su cabeza contra el hombro del señor.
Desde ese día, Azul de Medianoche se convirtió en parte de la familia de Don Evaristo. Lo sacaban de paseo todos los fines de semana y lo trataban con cariño y respeto. Azul de Medianoche, por su parte, se sentía feliz de haber encontrado un hogar y una familia que lo amaba. Aprendió que la libertad no solo se encontraba en correr por las praderas, sino también en compartir la vida con aquellos que te valoran y te cuidan. Y así, Azul de Medianoche, el caballo negro como la noche, encontró la felicidad en una carreta café y en el corazón de una familia amorosa.
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