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Gratis · elegí una vozBob era un dragón muy especial. Era el más pequeño de todos los dragones de la Montaña Escupellamas, y tenía un secreto: no sabía echar fuego. Cada vez que intentaba, solo salía un poco de humo, ¡y a veces ni siquiera eso! Los otros dragones, más grandes y bravucones, se reían de él. "¡Mira a Bob, el dragón sin fuego!" gritaban, haciendo que Bob se sintiera muy triste y avergonzado.
Un día, Bob decidió que ya era suficiente. Tenía que aprender a echar fuego, ¡y demostrarles a todos que él también era un verdadero dragón! Así que, sin que nadie lo viera, se escapó de la Montaña Escupellamas y se adentró en el Bosque Susurrante. Pensaba que si practicaba en secreto, nadie se reiría si fallaba.
Pero el Bosque Susurrante era muy grande y confuso. Bob practicó y practicó, pero nada. Solo conseguía toser y llenar el aire de un humo grisáceo. Y para colmo, ¡se perdió! Estaba asustado y solo, y el sol empezaba a esconderse detrás de los árboles.
De repente, escuchó un ruido. ¡Alguien se acercaba! Bob se escondió detrás de un enorme roble, temblando de miedo. ¿Sería un cazador de dragones? ¿Un ogro malvado?
Pero en lugar de un monstruo, apareció un niño. Era un niño pequeño, con el pelo castaño despeinado y unos ojos grandes y curiosos. Se llamaba Marcos, y al principio, cuando vio a Bob, ¡se asustó muchísimo! Dio un salto hacia atrás y estuvo a punto de salir corriendo.
"¡No tengas miedo!" dijo Bob, con la voz temblorosa. "No te haré daño. Solo estoy perdido".
Marcos, aunque todavía un poco asustado, se acercó a Bob. Nunca había visto un dragón de cerca, ¡y menos uno que parecía tan triste! "¿Estás perdido?" preguntó.
Bob asintió con la cabeza. "Sí. Y además, no sé echar fuego. Todos los demás dragones se ríen de mí".
Marcos sintió mucha pena por Bob. "No te preocupes", dijo. "Yo te ayudaré a encontrar el camino de vuelta a casa. Y si quieres, también te puedo ayudar a aprender a echar fuego".
Bob se puso muy contento. ¡Había hecho un amigo! Juntos, Marcos y Bob caminaron por el bosque, y después de un rato, encontraron el camino de vuelta a la Montaña Escupellamas. Bob estaba tan agradecido que al día siguiente, volvió al bosque para ver a Marcos.
Estuvo esperando durante horas, pensando que Marcos no iba a aparecer. Estaba a punto de rendirse cuando, de repente, ¡allí estaba Marcos! Corrió hacia Bob con una gran sonrisa.
Jugaron entre los árboles, persiguiendo mariposas y contando historias. Finalmente, Bob le contó a Marcos su problema: el por qué venía al bosque solo para entrenar y poder sacar fuego. Marcos se sintió mal al ver al pobre dragón tan triste y le dijo que a partir de ese mismo día iban a quedar cada tarde en el bosque para así ayudarle a aprender a sacar fuego.
Así que, cada tarde, Marcos y Bob se encontraban en el Bosque Susurrante. Marcos animaba a Bob, le daba consejos y le hacía reír. Le decía que no se rindiera, que creyera en sí mismo. Y poco a poco, con la confianza y el apoyo de Marcos, ¡Bob empezó a mejorar! Primero salía un poco de humo, luego unas chispas, y finalmente... ¡una pequeña llama! Era una llama pequeña y tímida, pero era fuego, ¡su propio fuego!
Bob estaba tan contento que dio un salto de alegría. ¡Lo había conseguido! Y todo gracias a su amigo Marcos.
Al volver a la Montaña Escupellamas, Bob ya no era el mismo. Tenía una llama en su interior, ¡y no solo una llama de fuego, sino también una llama de confianza! Los otros dragones, al ver su fuego, dejaron de reírse de él y lo acogieron como uno más. Ahora, Bob era uno de ellos, un dragón valiente y feliz.
Los años fueron pasando. Marcos creció y se convirtió en un joven fuerte y sabio. Bob se convirtió en un dragón enorme y poderoso, el más fuerte de la Montaña Escupellamas. Pero su amistad nunca se acabó. Siempre se encontraban en el Bosque Susurrante, recordando el día en que un pequeño dragón sin fuego y un niño asustado se hicieron amigos, demostrando que la amistad puede encender la chispa más brillante, incluso dentro del corazón de un dragón.
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