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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Tomás, que iba a primero básico. Tomás era muy cariñoso, creativo y le gustaba mucho dibujar, pero a veces sentía que el colegio era un lugar demasiado ruidoso. Los sonidos fuertes, las risas, las sillas que se movían… todo eso lo ponía nervioso y le costaba concentrarse.
Para sentirse tranquilo, Tomás siempre llevaba consigo a Botón, un peluche de conejo suavecito con una oreja un poco más corta que la otra. Botón no era un peluche cualquiera: era su compañero de auto-regulación, el que lo ayudaba a respirar profundo, a apretar sus manitos y a recordar que podía estar bien aunque las cosas fueran difíciles.
Una mañana, Tomás entró feliz a la sala con Botón apretado contra su pecho. Pero uno de los niños, llamado Mateo, se rió y le dijo:
—¡Ja, ja! ¿Todavía traes peluches como guagua?
Tomás bajó la mirada y abrazó más fuerte a Botón. Se sintió triste, porque no quería que sus compañeros pensaran que era raro.
La profesora Camila se dio cuenta y preguntó:
—¿Qué pasa aquí?
Tomás, con voz bajita, explicó:
—Yo necesito a Botón para estar tranquilo… cuando lo abrazo me siento seguro.
La profesora sonrió y miró a la clase:
—¿Sabían que todos, en algún momento, necesitamos algo que nos ayude a calmarnos? Para Tomás es Botón. ¿Y ustedes?
Los niños comenzaron a pensar: a Sofía le ayudaba una mantita de colores que tenía en su casa, a Lucas un dinosaurio pequeño que guardaba en la mochila, a Valentina una pulsera que siempre giraba entre sus dedos.
Entonces la profesora propuso una idea:
—¿Qué les parece si mañana todos traemos un peluche, muñeco o algo especial que nos ayude a estar tranquilos? Así tendremos una hora de la calma, donde cada uno puede abrazar, apretar o simplemente mirar su objeto de compañía.
Al día siguiente, la sala se llenó de colores y formas: había ositos, dinosaurios, muñecas, un dragón de felpa y hasta un perro de trapo. Mateo también trajo su oso “Teddy”, que había estado guardado en su cama desde pequeño.
Ese día, Tomás ya no se sintió distinto. Al contrario, se dio cuenta de que todos, grandes o pequeños, necesitaban algo para sentirse seguros.
Desde entonces, la clase entera adoptó la costumbre de llevar un peluche o un objeto especial los viernes. Y así, cada vez que alguien se sentía nervioso, sabía que podía abrazar a su compañero de calma.
Tomás miró a Botón y pensó:
—Gracias, amigo, por enseñarme que no estoy solo.
Y Botón, aunque era de felpa, parecía sonreír.
Fin.
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