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Gratis · elegí una vozBrunilda era una bruja conocida en todo el Bosque Susurrante, pero no por su amabilidad. ¡Oh, no! Era famosa por sus gruñidos, sus hechizos traviesos y su obsesión por tener siempre la razón. Vivía en una cabaña torcida, llena de telarañas y calderos burbujeantes, donde pasaba sus días planeando cómo fastidiar a los conejitos que se comían sus zanahorias y a los pajaritos que cantaban demasiado alto por la mañana.
Un día, mientras Brunilda preparaba una poción para hacer que las flores del bosque olieran a calcetines sudados (¡su idea de una broma maravillosa!), escuchó un débil llanto proveniente del claro cercano. Gruñendo, salió de su cabaña. ¡Qué fastidio! ¿Quién se atrevía a interrumpir su malvada labor?
En el claro, vio a una pequeña ardilla, llamada Pip, sentada bajo un árbol, con una pata vendada con una hoja. Pip sollozaba desconsoladamente.
"¿Qué te pasa, criatura insignificante?" gruñó Brunilda, aunque en el fondo, una pizca de curiosidad (y quizás, solo quizás, un poquito de lástima) comenzaba a crecer en su corazón.
Pip, asustada por la voz de la bruja, tembló aún más. "Me caí del árbol y me lastimé la pata," gimió. "No puedo volver a casa con mi mamá."
Brunilda frunció el ceño. Ayudar a alguien no era precisamente su especialidad. Pero ver a la pequeña ardilla tan afligida le hizo sentir algo extraño, algo que no había sentido en mucho tiempo. Era una sensación... ¿compasión?
"¡Bah!" exclamó Brunilda, tratando de ocultar su incipiente buen corazón. "No tengo tiempo para esto. Pero... supongo que podría echar un vistazo." Agarró a Pip con sus dedos huesudos y la llevó a su cabaña.
Dentro de la cabaña, Brunilda rebuscó entre sus pociones y ungüentos. Pip observaba con ojos grandes y asustados. Brunilda encontró una crema de caléndula, conocida por sus propiedades curativas. Con cuidado, aplicó la crema en la pata herida de Pip.
"Esto debería ayudar," murmuró Brunilda. "Pero tendrás que quedarte aquí hasta que estés mejor." Pip, aliviada, asintió con la cabeza.
Durante los siguientes días, Pip se quedó en la cabaña de Brunilda. Al principio, Brunilda gruñía y se quejaba de tener una invitada. Pero Pip era una ardilla muy dulce y pronto comenzó a ablandar el duro corazón de la bruja. Pip ayudaba a Brunilda a recoger hierbas para sus pociones (aunque Brunilda se aseguraba de vigilarla de cerca para que no añadiera ingredientes extraños), y Pip le contaba historias sobre el bosque y sus habitantes.
Brunilda, para su sorpresa, comenzó a disfrutar de la compañía de Pip. Descubrió que reírse era mucho más divertido que gruñir, y que ayudar a alguien era mucho más satisfactorio que hacer bromas pesadas. Incluso empezó a sentir cariño por la pequeña ardilla.
Un día, la pata de Pip estaba completamente curada. Era hora de que volviera a casa. Brunilda se sintió triste al pensar que Pip se iría. La cabaña se sentiría muy vacía sin su pequeña amiga.
"Bueno, supongo que es hora de que te vayas," dijo Brunilda, tratando de sonar indiferente. Pero sus ojos la delataban.
Pip abrazó a Brunilda con sus pequeñas patas. "¡Gracias, Brunilda! ¡Eres la mejor bruja del mundo!" Luego, salió corriendo hacia el bosque.
Brunilda observó a Pip alejarse. Una lágrima rodó por su mejilla arrugada. Se dio cuenta de que Pip tenía razón. Era una bruja diferente ahora. Ya no era la bruja gruñona y malvada. Era una bruja... ¿amable?
Desde ese día, Brunilda cambió. Dejó de hacer pociones para hacer bromas y comenzó a usar su magia para ayudar a los animales del bosque. Curaba sus heridas, les daba comida y, a veces, incluso les contaba historias. Los conejitos ya no temían acercarse a su cabaña, y los pajaritos cantaban aún más fuerte por la mañana, sabiendo que Brunilda ya no se enfadaría. Brunilda, la bruja gruñona, había descubierto la magia de la amistad y la alegría de hacer el bien. Y aunque todavía le gustaba tener la razón, ahora también le encantaba compartir su sabiduría y su bondad con todos los que la rodeaban. La cabaña torcida ya no estaba llena de telarañas y tristeza, sino de flores frescas, risas y el cálido brillo de un corazón transformado. Y todo gracias a una pequeña ardilla llamada Pip, que le enseñó a Brunilda que incluso la bruja más gruñona puede encontrar la felicidad en la amistad y el amor.
Un día, Pip volvió a visitar a Brunilda con su mamá. Brunilda las recibió con un abrazo y les preparó un delicioso pastel de nueces. Juntas, celebraron la amistad y la magia que había transformado a una bruja gruñona en una amiga querida por todo el Bosque Susurrante.
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