Cuento corto para niños

Carlos, Diana y la Casa Misteriosa del Bosque Susurrante

Carlos y Diana, dos amigos con pasados difíciles, se encuentran con una casa misteriosa en el bosque. La curiosidad de Diana los lleva a entrar, donde una anciana les ofrece dulces envenenados, sellando su destino y perpetuando los secretos del bosque.

A partir de: En medio del bosque sentado encima de una roca Carlos leía el Resplandor, de Stephen King. a los pocos minutos a su lado llego diana entusiasta, invitándole a caminar por el bosque, a lo cual el accedió Paseando por el bosque, en tanto diana hablaba sobre sus locuras Carlos a pesar de que se reía se resguardaba dentro de sus pensamientos. “Fría era la noche, al igual dentro de la casa, pareciere el cementerio que visitaba con frecuencia. Carlos temía entrar al cementerio, sentía que tan solo colocar un pie encima lo arrastrarían hacia lo desconocido, la morgue. Todo ello era alimentado por su trauma. Padre y madre lo olvidaron en el cementerio, rodeado por todas esas tumbas sin nombre, su patética excusa era que su hermana había tenido un nombre, les importaba más esa tontería y dejarlo en ese nauseabundo lugar una noche entera, desde ese momento rompió no solo contacto con ellos, también interés” “a pesar de que los pasillos eran esponjosos diana buscaba la sensación de “sentir”. Frecuentemente se golpeaba la cabeza sin cesar contra la pared acolchonada. Al principio no era problema, pero cada vez lo hacia con mas fuerza, mas constante, los cuidadores sin dudar creían que en cualquier momento haría un agujero en la pared acolchonada, cosa que era imposible. Hace mucho que salió de ese estado a lo que ella llama “demencia”. De ahí hizo amigos como todos los demás, conociendo a Carlos, un amigo más. Aunque ella jura que algún día volverá a ser internada, lo cual casi no le preocupaba, solo le atenazaba el hecho del porque será internada esta vez, cosa que no quiere imaginar” D: Hacer frio – decía mientras se abrasaba así misma C: No lo creo Diana lo observaba relajado, sin siquiera un temblor o molestia D: ¿siempre eres así de relajado? C: hablas mucho, y me das miedo En ese momento en medio de su camino, tan grande como el castillo de Drácula sobre la montaña, tan bella como la casa de “coraje el perro cobarde” y a la vez tan terrorífica como la casa de nebolt Street o la casa de los sustos se alzaba sobre ellos ocultando la luz solar La curiosidad de diana la incitaba a entrar D:entremos Carlos estupefacto la miro incrédulo C: ¿está loca? D: ¿porque no? C:la pregunta seria ¿Por qué quieres entrar? D: curiosidad No lo entendía, a veces sin dudar diana le daba miedo, en el buen modo C: pues no voy a entrar Diana seguía incitándolo en ir sin cesar, observando que se regresaba por el camino C:no voy a ir D: ¿tienes miedo? C: no, …bueno un poco, esa cosa me recuerda a Hansel y Gretel, además tiene un cementerio- dijo observando un par de tumbas que sobresalían atrás de la casa Diana lo empujo para entra a la casa, pero Carlos se resistía para no entrar en esa casa, pero diana con fuerza lo empujo hasta llegar a la puerta, ocasionando que callera de bruces al suelo. Al cobrar la conciensa, que solo fueron unos segundo noto que estaba dentro de la casa. Aventuraron dentro de la casa. Encontrándose con una anciana que los incitaba a entrar su postura era encorvada comiendo chocolates de un rojo carmesí con su gato negro llamado lucifer con voz agradable hablaba a los dos chico que si quería dulces y ellos dijeron que si pero lo que ellos no sabia que era envenenado y que ahí era su fin para los dos chicos y descansaron tranquilo de su traumas.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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En medio del bosque, sentado encima de una roca, Carlos leía *El Resplandor*, de Stephen King. A los pocos minutos, a su lado llegó Diana, entusiasta, invitándole a caminar por el bosque, a lo cual él accedió.

Paseando por el bosque, en tanto Diana hablaba sobre sus locuras, Carlos, a pesar de que se reía, se resguardaba dentro de sus pensamientos.

“Fría era la noche, al igual dentro de la casa, pareciere el cementerio que visitaba con frecuencia. Carlos temía entrar al cementerio, sentía que tan solo colocar un pie encima lo arrastrarían hacia lo desconocido, la morgue. Todo ello era alimentado por su trauma. Padre y madre lo olvidaron en el cementerio, rodeado por todas esas tumbas sin nombre, su patética excusa era que su hermana había tenido un nombre, les importaba más esa tontería y dejarlo en ese nauseabundo lugar una noche entera, desde ese momento rompió no solo contacto con ellos, también interés”.

“A pesar de que los pasillos eran esponjosos, Diana buscaba la sensación de “sentir”. Frecuentemente se golpeaba la cabeza sin cesar contra la pared acolchonada. Al principio no era problema, pero cada vez lo hacía con más fuerza, más constante, los cuidadores sin dudar creían que en cualquier momento haría un agujero en la pared acolchonada, cosa que era imposible. Hace mucho que salió de ese estado a lo que ella llama “demencia”. De ahí hizo amigos como todos los demás, conociendo a Carlos, un amigo más. Aunque ella jura que algún día volverá a ser internada, lo cual casi no le preocupaba, solo le atenazaba el hecho del porqué será internada esta vez, cosa que no quiere imaginar”.

D: Hace frío – decía mientras se abrazaba así misma.

C: No lo creo.

Diana lo observaba relajado, sin siquiera un temblor o molestia.

D: ¿Siempre eres así de relajado?

C: Hablas mucho, y me das miedo.

En ese momento, en medio de su camino, tan grande como el castillo de Drácula sobre la montaña, tan bella como la casa de “Coraje el Perro Cobarde” y a la vez tan terrorífica como la casa de Neibolt Street o la casa de los sustos, se alzaba sobre ellos ocultando la luz solar.

La curiosidad de Diana la incitaba a entrar.

D: Entremos.

Carlos, estupefacto, la miró incrédulo.

C: ¿Estás loca?

D: ¿Por qué no?

C: La pregunta sería ¿Por qué quieres entrar?

D: Curiosidad.

No lo entendía, a veces sin dudar Diana le daba miedo, en el buen modo.

C: Pues no voy a entrar.

Diana seguía incitándolo a ir sin cesar, observando que se regresaba por el camino.

C: No voy a ir.

D: ¿Tienes miedo?

C: No… bueno, un poco, esa cosa me recuerda a Hansel y Gretel, además tiene un cementerio – dijo observando un par de tumbas que sobresalían atrás de la casa.

Diana lo empujó para entrar a la casa, pero Carlos se resistía para no entrar en esa casa, pero Diana con fuerza lo empujó hasta llegar a la puerta, ocasionando que cayera de bruces al suelo. Al cobrar la conciencia, que solo fueron unos segundos, notó que estaba dentro de la casa.

Aventuraron dentro de la casa. Encontrándose con una anciana que los incitaba a entrar. Su postura era encorvada, comiendo chocolates de un rojo carmesí con su gato negro llamado Lucifer. Con voz agradable, hablaba a los dos chicos, preguntándoles si querían dulces y ellos dijeron que sí, pero lo que ellos no sabían era que estaban envenenados y que ahí era su fin para los dos chicos, y descansaron tranquilos de sus traumas.

La anciana, con una sonrisa que mostraba pocos dientes amarillentos, les ofreció los chocolates en una bandeja de plata. Lucifer, el gato negro, se frotaba contra las piernas de Diana, ronroneando suavemente. Carlos, aún desconfiado, observaba cada movimiento de la anciana.

"Queridos niños, no tengan miedo. Esta casa es un refugio para los viajeros cansados. Prueben estos chocolates, son mi especialidad", dijo la anciana con una voz dulce que parecía esconder algo.

Diana, sin dudarlo, tomó un chocolate y lo mordió. Sus ojos se iluminaron.

"¡Delicioso! Tienes que probarlo, Carlos", exclamó Diana.

Carlos, vacilante, tomó un chocolate. El sabor era exquisito, pero una sensación extraña comenzó a invadirlo. Sintió un mareo repentino y sus piernas flaquearon.

"Diana… no me siento bien…", alcanzó a decir Carlos antes de caer al suelo.

Diana, que también comenzaba a sentirse mal, intentó ayudar a Carlos, pero sus fuerzas la abandonaron. Cayó a su lado, sintiendo cómo su cuerpo se adormecía.

La anciana, observando la escena, soltó una carcajada malévola. Lucifer, por su parte, dejó de ronronear y erizó su pelaje.

"Ingenuos niños… Pensaron que una vieja como yo les daría dulces gratis…", dijo la anciana con una voz que ahora sonaba ronca y amenazante.

Los ojos de Carlos y Diana se cerraron lentamente, sumiéndolos en un sueño profundo y eterno. La casa, una vez más, había reclamado a sus víctimas. El bosque susurrante guardaría sus secretos para siempre.

La anciana arrastró los cuerpos de los jóvenes hacia el cementerio detrás de la casa, donde reposaban otras almas desafortunadas que habían caído en su trampa. Cavó dos tumbas y los enterró, sin una lágrima ni un remordimiento.

Lucifer, saltando sobre una tumba recién cubierta de tierra, maulló lastimosamente, como si lamentara el destino de los jóvenes. Pero su lamento era inútil. La maldad había triunfado una vez más en la casa misteriosa del bosque susurrante.

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Publicado el 14/04/2026

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