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Gratis · elegí una vozCata amaba el campo más que a nada en el mundo. Vivía en una pequeña casita de piedra con un techo de tejas rojas, rodeada de campos verdes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Cada mañana, al despertar, el canto de los pájaros era su despertador personal, y el olor a tierra mojada y flores silvestres llenaba sus pulmones de alegría.
Este verano, Cata estaba especialmente emocionada. Sus abuelos, quienes vivían en la granja, le habían prometido que la dejarían ayudar con las tareas. Cata, con sus siete años y su cabello castaño recogido en dos trenzas, se sentía la persona más afortunada del mundo. Trabajar en el campo era su sueño.
El primer día, su abuelo, Don Miguel, la llevó al establo. "Hoy, Cata, aprenderás a cuidar de las gallinas," dijo con una sonrisa arrugada. Cata asintió con entusiasmo, sus ojos brillando como dos luceros.
El establo estaba lleno de gallinas de todos los colores: blancas, marrones, negras, e incluso algunas con plumas moteadas. Cacareaban sin parar, creando una sinfonía cacofónica pero alegre. Al principio, Cata se sintió un poco intimidada por el bullicio, pero pronto se acostumbró.
Su tarea era simple: llenar los comederos con grano y los bebederos con agua fresca. Don Miguel le mostró cómo hacerlo, y Cata siguió sus instrucciones con atención. Mientras trabajaba, notó algo extraño. Las gallinas no se comportaban como siempre. Estaban inquietas, dando vueltas y cacareando más fuerte de lo normal.
"Abuelo, ¿por qué están tan raras las gallinas?" preguntó Cata, preocupada.
Don Miguel se encogió de hombros. "Quizás va a llover, Cata. A veces los animales presienten el clima antes que nosotros."
Pero Cata no estaba convencida. Algo más pasaba. De repente, escuchó un ruido proveniente del gallinero. Era un sonido suave, como un gemido. Cata se acercó con cuidado y, al asomarse, descubrió la fuente del ruido. Una pequeña ardilla había quedado atrapada entre las rejas del gallinero. Estaba asustada y temblaba.
Cata sintió una punzada de pena por la ardilla. Sin pensarlo dos veces, corrió a buscar a su abuelo. "¡Abuelo, abuelo! ¡Hay una ardilla atrapada en el gallinero!"
Don Miguel, con su paciencia infinita, acompañó a Cata al gallinero. Juntos, con mucho cuidado y delicadeza, lograron liberar a la ardilla. Una vez libre, la ardilla saltó al hombro de Cata, le dio un pequeño lametón en la mejilla y luego corrió hacia el bosque.
Cata se sintió feliz y orgullosa. Había ayudado a un animal necesitado. Las gallinas, como si entendieran lo que había pasado, dejaron de cacarear y se calmaron.
Al día siguiente, Cata ayudó a su abuela, Doña Elena, en el huerto. Su tarea era regar las plantas. El huerto era un lugar mágico, lleno de colores y olores. Tomates rojos, pimientos verdes, zanahorias anaranjadas, todo crecía en armonía.
Mientras regaba las plantas, Cata notó que las mariposas no revoloteaban como de costumbre. Estaban quietas, posadas en las hojas, como si estuvieran esperando algo. De repente, escuchó un zumbido. Era un zumbido bajo y constante, que provenía de la colmena que Doña Elena tenía en un rincón del huerto.
Cata se acercó con cuidado a la colmena. Vio que las abejas estaban muy agitadas. Salían y entraban de la colmena a toda velocidad. Algo no andaba bien.
"Abuela, ¿qué les pasa a las abejas?" preguntó Cata, preocupada.
Doña Elena se acercó a la colmena y la observó con atención. "Parece que la reina está enferma, Cata. Si la reina muere, la colmena entera estará en peligro."
Cata no sabía qué hacer. Se sentía impotente. Pero entonces, recordó algo que su abuela le había contado: que las abejas aman las flores de lavanda. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia el jardín y cortó un ramo de flores de lavanda. Las llevó a la colmena y las colocó cerca de la entrada.
Las abejas, atraídas por el aroma de la lavanda, se acercaron a las flores y comenzaron a libar su néctar. Poco a poco, se fueron calmando. Al cabo de un rato, la actividad en la colmena volvió a la normalidad. La reina, al parecer, se había recuperado.
Doña Elena abrazó a Cata con cariño. "Gracias, Cata. Has salvado la colmena." Cata sonrió. Había vuelto a ayudar a los animales del campo. Su corazón se llenó de alegría. Cada día en el campo era una aventura, una oportunidad para aprender y ayudar. Cata sabía que el campo era su hogar, y que los animales eran sus amigos. Y no había nada que la hiciera más feliz que trabajar junto a ellos, sintiendo la conexión especial que compartían.
Cada día era una nueva aventura, un nuevo aprendizaje y una nueva oportunidad para demostrar su amor por el campo y sus habitantes. Cata se sentía verdaderamente feliz, rodeada de la sinfonía animal que llenaba su vida de alegría.
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