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Gratis · elegí una vozEn un rincón soleado de un jardín muy especial, donde las flores cantaban melodías suaves y las mariposas danzaban al compás del viento, vivía Eric Ezequiel, a quien todos cariñosamente llamaban Che Bartolo. Che Bartolo era un niño de seis años con ojos brillantes como el sol de la mañana y una sonrisa que podía iluminar cualquier día gris. A Che Bartolo le gustaba sentir la hierba fresca entre sus dedos de los pies, por eso siempre andaba descalzo, incluso cuando jugaba con sus juguetes favoritos: un camión rojo y un dinosaurio de peluche llamado Dino. También usaba pañales, porque a veces se le olvidaba ir al baño cuando estaba muy concentrado jugando. Che Bartolo era un niño autista, lo que significaba que a veces veía el mundo de una manera diferente, y aunque le costaba hablar a veces, siempre encontraba la manera de expresar sus emociones con sus ojos y sus gestos.
Un día, mientras Che Bartolo exploraba un nuevo rincón del jardín, escuchó un sonido suave y melódico. Era como el canto de un pájaro, pero más suave y dulce. Siguiendo el sonido, llegó a un pequeño estanque donde vio a otro niño sentado en la orilla. El niño también estaba descalzo y llevaba pañales. Tenía el pelo oscuro como la noche y unos ojos grandes y curiosos. Este niño era Gonzalo, pero todos lo conocían como Pichi. Pichi había llegado desde Perú, un lugar lleno de montañas y selva, para visitar a su abuela que vivía cerca del jardín de Che Bartolo. Al igual que Che Bartolo, Pichi era autista, y le encantaba sentir la textura suave de la arena entre sus dedos y el agua fría en sus pies. A Pichi le gustaba mucho cantar, aunque a veces las palabras no salían como él quería.
Che Bartolo se acercó a Pichi con cautela. No sabía qué decir, pero quería ser su amigo. Se sentó a su lado en silencio, observando cómo Pichi jugaba con el agua del estanque. Pichi lo miró con curiosidad y le ofreció una pequeña piedra brillante que había encontrado. Che Bartolo sonrió y aceptó la piedra. La piedra era lisa y fría al tacto, y Che Bartolo sintió una conexión instantánea con Pichi.
Sin decir una palabra, ambos niños comenzaron a jugar juntos. Che Bartolo le mostró a Pichi su camión rojo y su dinosaurio Dino. Pichi le cantó una canción suave en quechua, su lengua materna, sobre las montañas de Perú. Aunque no entendían las palabras, Che Bartolo sintió la emoción y la alegría en la voz de Pichi. Se comunicaban con sonrisas, gestos y miradas. Descubrieron que a ambos les encantaba hacer burbujas con agua y jabón, y pasaron horas soplando burbujas que flotaban en el aire como pequeños arcoíris.
Un día, mientras jugaban a las escondidas, Che Bartolo se sintió un poco asustado. Se había perdido y no podía encontrar a Pichi. Comenzó a llorar suavemente. Pichi, al escuchar el llanto de Che Bartolo, lo buscó con cuidado hasta que lo encontró. Lo abrazó fuerte y le cantó una canción suave para calmarlo. Che Bartolo se sintió seguro en los brazos de Pichi y dejó de llorar. A partir de ese día, supieron que siempre se cuidarían el uno al otro.
Los días pasaron y Che Bartolo y Pichi se volvieron inseparables. Exploraban el jardín juntos, compartían sus juguetes, cantaban canciones y se reían a carcajadas. Aprendieron a entenderse sin necesidad de palabras, y su amistad se hizo más fuerte cada día. Descubrieron que, aunque eran diferentes, también eran muy parecidos. Ambos amaban la naturaleza, la música y la compañía del otro. Su amistad era un tesoro precioso que valoraban más que cualquier juguete o aventura.
Cuando llegó el momento de que Pichi regresara a Perú, Che Bartolo se sintió muy triste. Sabía que extrañaría mucho a su amigo. Pero Pichi le prometió que siempre lo recordaría y que volvería a visitarlo pronto. Se abrazaron fuerte y se despidieron con una sonrisa. Che Bartolo guardó la pequeña piedra brillante que Pichi le había regalado como un recordatorio de su amistad especial. Aunque estaban lejos el uno del otro, sabían que su amistad seguiría viva en sus corazones, como un pequeño sol que nunca se apaga. Y Che Bartolo, descalzo, siguió jugando en el jardín, recordando a su amigo Pichi y esperando el día en que volvieran a reunirse para vivir nuevas aventuras descalzas.
Al final, Che Bartolo entendió que la amistad no necesita palabras, solo corazones que se entienden y se acompañan. Y Pichi, desde las montañas de Perú, recordaba a su amigo argentino, sabiendo que, a pesar de la distancia, su lazo era irrompible.
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