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¡Hola! Me llamo Cherry y soy un cerezo. Vivo con mi familia en Cherryland junto al resto de Cherrylenses. Os ubico: Cherryland está cerca de la comarca de Appleland y al oeste de Bananaland. Aunque seamos diferentes árboles, los Cherrylanos, apeleños y bananos vivimos en armonía: compartimos fiestas, hacemos comercio, etc. ¡Me desvío del tema! Vivo en el barrio de ‘Lord Cher’, un barrio un tanto oscuro y donde los Cherrylenses no son muy simpáticos precisamente. Sin embargo, para bien o para mal, soy diferente. En mi barrio todos siguen la misma rutina. Entre semana se despiertan, se limpian las impurezas y van a trabajar. Y los fines de semana hacen exactamente lo mismo con el detalle de que por la tarde salimos a las fiestas culturales donde nos mezclamos apeleños, bananos y Cherrylenses. Personalmente, me encantan las fiestas culturales porque conozco gente nueva, hay alegría y por un día me siento libre de ser yo mismo. Muchas creeréis que esto debería ser así cada día, pero salirse de lo común para los Cherrylenses no es nada bueno… Sentirse tristes a veces no es malo, pero cuando esto se repite todas las semanas hace que no pueda hacer mi vida con normalidad. Me veo en el espejo y observo todo lo que no me gusta, que es lo que ni mi familia ni mis amigos tienen: flores, colores y muchas ramitas Así que un día decidí que para sentirme mejor debía hacer algo, debía cambiar… Me desperté por la mañana y esperé a que mi familia se fuera a trabajar, como de costumbre. Entonces, salí al mercado y compré un hacha. Estaba decidido a cambiar, tenía miedo pero solo pensaba en lo mal que me sentía cada día por ser diferente. Cuando llegué a casa me encerré en el baño, cogí el hacha y eliminé lo que me hacía diferente, lo que me hacía sentir mal: las flores y las ramitas que sobresalían. Pero algo no salió bien, en lugar de sentirme mejor me sentía peor. Mi entorno me trataba mejor pero eso no hacía que me sintiera bien. ¿Qué estaba pasando? Esto no era lo que había planeado. Creí que iba a ser feliz, al fin y al cabo, ya soy como los demás. Con el paso de los días las ramas y flores no paraban de salir, cada vez con más fuerza y pensé que mi malestar se debía a eso, así que cada semana talaba y volvía a talar creyendo que esa vez conseguiría mi objetivo. Sería una buena idea salir a dar un paseo para alejarme un par de horas del Lord Cher, así que salí a caminar al lugar más solitario que conocía. Allí estaba tranquilo,así que me desahogué. Comencé a llorar y a llorar porque hiciese lo que hiciese no me sentía bien, ya no quería ser yo mismo, ya no me veía tal y como era y me sentía frustrado. Entonces apareció de la nada un pequeño árbol que parecía provenir del barrio de Mary Cher. Era un precioso árbol lleno de flores y ramitas, con muchos colores diferentes, que para nada se parecía al resto de Cherrylenses. Se hacía llamar Flory. Se acercó a mí y parecía que había estado escuchando todo este tiempo porque sin soltar una palabra me abrazó y me sentí mejor. Me demostró que siendo diferente era feliz, que la clave no estaba en cambiar como estaba tratando de hacer sino en aceptar las diferencias. Me di cuenta que el hecho de que todos fueran iguales en Lord Cher era lo que hacía nuestro barrio tan sombrío y que sólo había felicidad los fines de semana donde todos abrazábamos las diferencias de las comarcas en la feria cultural. Mientras Flory me explicaba la importancia de ser feliz siendo uno mismo, de mi tronco volvieron a brotar ramitas y muchas florecitas, esta vez, dejé que crecieran libremente y por fin estaba feliz, lo tenía todo: felicidad, flores y una nueva amiga. Tras el emotivo discurso de Flory solo pude apreciar el aire que movía mis flores y el sol que les daba brillo. Mientras reflexionaba sobre la importancia de ser yo mismo y apreciar mis virtudes y mis defectos, un pequeño pájaro se posó en una de mis ramitas, una ardillita guardaba sus bellotas en mi tronco y un perrito se resguardaba del sol bajo las hojas, recostado sobre mi tronco. Ahí estaba la magia, disfrutaba de mi mismo y aportaba a otros seres, ayudaba a otros con mi forma de ser, todos ellos diferentes. Y me pregunté: ¿Podría haberles ayudado si no hubiera sido yo mismo? ¿Habría conseguido ser feliz si hubiera seguido usando aquel hacha? Las diferencias nos hacían únicos y era lo que hacia que ardillas, pájaros, perros y árboles convivieran en armonía y cubrieran las ausencias de los otros.
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