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Gratis · elegí una vozChispita, una niña de siete años con coletas rubias que siempre rebotaban al caminar, estaba muy emocionada. ¡Hoy visitaba a sus abuelitos! Abuelito Tomás y Abuelita Elena vivían en una casita pequeña con un jardín enorme, lleno de flores de todos los colores y árboles frutales que siempre parecían sonreír.
Desde la ventanilla del coche, Chispita veía pasar los campos verdes y las vacas pastando. Canturreaba su canción favorita y preguntaba cada cinco minutos: "¿Ya llegamos, mami? ¿Ya llegamos?". Su mamá, con una sonrisa paciente, le respondía siempre lo mismo: "Ya casi, mi amor. Un poquito más".
Finalmente, el coche se detuvo frente a la casita de los abuelos. Chispita saltó del coche antes de que su mamá pudiera siquiera abrirle la puerta. Corrió hacia la entrada, gritando: "¡Abuelitos! ¡Ya llegué!".
Abuelito Tomás, un hombre alto y delgado con un bigote blanco y unos ojos brillantes, salió de la casa con los brazos abiertos. "¡Chispita, mi niña! ¡Qué alegría verte!", exclamó, abrazándola con fuerza. Abuelita Elena, una señora bajita y regordeta con un delantal floreado y una sonrisa cálida, también salió para saludarla. "¡Mi Chispita hermosa! ¡Mira cómo has crecido!", dijo, besándola en la mejilla.
Después de los abrazos y los besos, Chispita entró corriendo al jardín. ¡Era aún más hermoso de lo que recordaba! Las rosas rojas y amarillas trepaban por las paredes de la casa, las margaritas blancas salpicaban el césped verde y los árboles frutales estaban llenos de manzanas, peras y ciruelas.
"¡Abuelito! ¡Abuelita! ¿Puedo explorar el jardín?", preguntó Chispita, con los ojos brillantes de emoción.
"¡Por supuesto, mi niña! Pero ten cuidado de no caerte", respondió Abuelita Elena.
Chispita corrió hacia el rincón favorito del jardín: el huerto. Abuelito Tomás cultivaba allí tomates, lechugas, zanahorias y calabacines. A Chispita le encantaba ayudarle a regar las plantas y a buscar bichitos.
Ese día, Abuelito Tomás estaba recogiendo tomates. "¿Quieres ayudarme, Chispita?", preguntó.
"¡Sí, abuelito!", respondió Chispita, entusiasmada. Juntos, llenaron una cesta de tomates rojos y jugosos.
Luego, Chispita fue a visitar a las gallinas. Abuelita Elena tenía un pequeño gallinero en la parte trasera del jardín. A Chispita le encantaba darles de comer y recoger los huevos. Las gallinas cacareaban alegremente al verla llegar.
"¡Hola, mis amigas!", saludó Chispita, esparciendo un puñado de maíz en el suelo. Las gallinas se abalanzaron sobre el maíz, picoteando con entusiasmo.
Después de recoger los huevos, Chispita sintió un poco de sed. Corrió hacia la casa, donde Abuelita Elena la esperaba con un vaso de limonada fresca y un plato de galletas caseras.
"¡Gracias, abuelita!", dijo Chispita, bebiendo la limonada de un trago. Las galletas estaban deliciosas, crujientes por fuera y suaves por dentro.
Por la tarde, Abuelito Tomás llevó a Chispita a pescar al río que pasaba cerca de la casa. Chispita nunca había pescado antes, pero Abuelito Tomás le enseñó cómo poner el cebo en el anzuelo y cómo lanzar la caña.
Después de un rato, Chispita sintió un tirón en la caña. "¡Abuelito, abuelito! ¡Creo que tengo uno!", gritó, emocionada.
Abuelito Tomás la ayudó a enrollar el carrete. Después de una larga lucha, Chispita logró sacar un pequeño pez plateado del agua. "¡Lo pesqué! ¡Lo pesqué!", gritó, saltando de alegría.
Abuelito Tomás desenganchó el pez y lo devolvió al río. "Es muy pequeño para comer. Lo dejaremos crecer un poco más", dijo.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Chispita y sus abuelitos regresaron a la casa. Estaban cansados pero felices. Habían pasado un día maravilloso juntos.
Después de cenar, Abuelita Elena le leyó un cuento a Chispita antes de acostarse. Chispita se acurrucó en la cama, sintiéndose segura y amada. Sabía que siempre sería feliz cuando visitara a sus abuelitos.
Antes de dormirse, Chispita pensó en todas las aventuras que había vivido ese día: el huerto, las gallinas, la pesca… ¡Y ya estaba deseando volver a visitarlos pronto!
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