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Coco era un cocodrilo diferente. Vivía en un lago con su familia y su grupo, como todos los cocodrilos. Pero a Coco le daba mucha pena cazar. Ver a los pececitos nadar tan felices, a las aves beber agua... ¡Le rompía el corazón! Un día, Coco reunió a su familia. "¡No puedo seguir cazando!" exclamó. "¡Tenemos que encontrar otra manera de comer!" Los demás cocodrilos lo miraron con cara de pocos amigos. El abuelo Croco, el cocodrilo más viejo y sabio del lago, tosió. "¿Y qué sugieres, jovencito? ¿Que comamos piedras?"
Coco, con los ojos brillantes de una idea, respondió: "¡No, abuelo! ¡Podemos plantar un huerto! Tendremos verduras frescas y deliciosas." Los cocodrilos se rieron a carcajadas. "¡Un huerto! ¡Cocodrilos jardineros! ¡Qué disparate!", exclamó la tía Coralia. Pero Coco era muy persistente. Les contó sobre las zanahorias crujientes, los tomates jugosos y las lechugas verdes. Poco a poco, los convenció. Plantaron un huerto a la orilla del lago. Trabajaron duro, sembrando semillas, regando las plantas y espantando a los insectos. Pero la verdad es que, aunque el huerto crecía, ¡a los cocodrilos les seguía apeteciendo carne! Coco, pensando en una solución, tuvo otra idea brillante. "¡Ya sé! Podemos ir por la noche a los supermercados del pueblo y pedirles la carne caducada que desechan." Los cocodrilos, aunque un poco asustados, aceptaron la idea. Pensaron que era mejor que cazar animales indefensos.
Así, cada noche, al amparo de la oscuridad, un grupo de cocodrilos liderados por Coco se aventuraba al pueblo. La primera noche fue un desastre. El abuelo Croco se quedó atascado en la puerta giratoria del supermercado. La tía Coralia confundió un maniquí con un guardia de seguridad y le gritó: "¡No me mires así!" Coco, a pesar de los contratiempos, logró convencer al encargado del supermercado de que les diera la carne caducada. "Es para alimentar a una familia de... ¡uh... perros callejeros muy grandes!", tartamudeó Coco. El encargado, un hombre bonachón, se apiadó de los supuestos "perros" y les dio bolsas llenas de carne. La segunda noche, la cosa fue un poco mejor. Aprendieron a evitar la puerta giratoria (el abuelo Croco se coló por la puerta de servicio) y a no asustarse con los maniquíes. Pero la tía Coralia, con su mala vista, confundió un carrito de compras con un coche de carreras y lo empujó a toda velocidad por el pasillo de las galletas, derribando estanterías y causando un gran alboroto. Los cocodrilos huyeron a toda prisa, dejando atrás una estela de galletas rotas y un encargado de supermercado muy enfadado.
A pesar de los problemas, los cocodrilos no se rindieron. Con cada aventura nocturna, aprendían algo nuevo. Aprendieron a ser más sigilosos, a trabajar en equipo y, sobre todo, a reírse de sus propios errores. Un día, el encargado del supermercado descubrió la verdad. Vio a Coco y a su grupo de cocodrilos llevando bolsas de carne al lago. Al principio, se asustó mucho. Pero luego, al ver el huerto que habían plantado y al escuchar la historia de Coco, entendió todo. Se dio cuenta de que los cocodrilos no eran malos, solo buscaban una manera de sobrevivir sin hacer daño a otros animales. Desde ese día, el encargado del supermercado se convirtió en amigo de los cocodrilos. Les daba la carne caducada todas las noches y, a veces, incluso les regalaba algunas verduras frescas de su propio huerto. Y así, Coco, el cocodrilo vegetariano, demostró que con ingenio, perseverancia y un poco de humor, se pueden encontrar soluciones creativas para los problemas, incluso si eres un cocodrilo al que le da pena cazar.
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