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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Akim que tenía un secreto para la felicidad absoluta. No se trataba de un juguete electrónico ni de una colección de cromos, sino de una pequeña bola de pelos blancos llamada Copita. Copita era una caniche toy que, como su nombre indicaba, parecía un copo de nieve caído del cielo, aunque uno muy inquieto y saltarín.
Cada mañana, la rutina de Akim comenzaba de la misma manera. Antes de que sonara la alarma, sentía una nariz húmeda y fría rozando su mejilla. Copita ya estaba despierta, moviendo su colita a una velocidad increíble, haciendo un sonido rítmico contra las sábanas: ¡tap, tap, tap! Para Copita, el día no empezaba cuando salía el sol, sino cuando Akim abría los ojos.
Sin embargo, llegaba el momento más difícil del día: la hora de ir al colegio. Akim se ponía su mochila, le daba un beso en la frente rizada a su perrita y le decía: «Pórtate bien, Copita. ¡Vuelvo pronto!». Mientras Akim caminaba hacia la escuela, su mente se quedaba en casa. En clase de matemáticas, cuando la profesora explicaba las sumas, Akim imaginaba a Copita persiguiendo su propia sombra en el jardín. En el recreo, mientras corría con sus amigos, pensaba en cómo Copita estaría ahora mismo patrullando la casa.
Y no se equivocaba. Copita se tomaba su trabajo de 'protectora del hogar' muy en serio. En cuanto la puerta se cerraba tras Akim, ella se convertía en la sombra oficial de Mami y Papi. Si Mami iba a la cocina a preparar el café, allí estaba Copita, sentada pacientemente cerca de sus pies, esperando que, por puro accidente, cayera una migaja de pan. Si Papi iba a su oficina a trabajar frente al ordenador, Copita se instalaba debajo del escritorio, asegurándose de que los pies de Papi estuvieran bien custodiados.
Pero Copita no solo era una sombra, ¡era una perra muy traviesa! Un martes por la mañana, Mami estaba tendiendo la ropa limpia. Copita decidió que las medias de Akim eran, en realidad, pequeños monstruos de tela que debían ser capturados. Con mucha agilidad, saltó hacia la cesta y tomó un calcetín azul. Corrió por todo el pasillo con su trofeo en la boca, esquivando a Mami que reía mientras intentaba recuperarlo. «¡Copita, traviesa! ¡Ese es el uniforme de Akim!», decía Mami entre carcajadas. Copita solo movía las orejas y se escondía debajo del sofá, asomando solo sus ojitos negros como botones.
En el estudio, la historia no era muy diferente. Papi estaba en una reunión importante por videollamada cuando Copita decidió que era el momento perfecto para jugar al escondite con sus pantuflas. Llevó una pantufla al salón y la otra la escondió detrás de las cortinas. Cuando Papi terminó su trabajo y quiso levantarse, se encontró con que solo tenía un pie cubierto. Al mirar hacia abajo, vio a Copita moviendo la cola con orgullo, como diciendo: «¡Mira qué buen escondite he encontrado!».
Finalmente, llegaba la hora más esperada. El reloj de la pared marcaba las dos de la tarde y Copita ya se apostaba frente a la puerta principal. Sus orejas se erguían ante cualquier sonido: el motor de un coche, el canto de un pájaro o el paso de un vecino. De repente, el sonido inconfundible de unas llaves tintineando al otro lado de la madera hizo que Copita diera un salto de alegría.
¡La puerta se abrió y allí estaba Akim! «¡Copita! ¡Hola, pequeña!», gritó el niño soltando su mochila en el suelo. Copita no sabía si lamerle la cara, girar sobre sí misma o traerle su juguete chillón favorito, así que decidió hacer las tres cosas al mismo tiempo. Era un baile de alegría pura. Akim la alzaba en brazos y ella le llenaba la cara de besos perrunos, celebrando el reencuentro como si hubieran pasado años en lugar de unas pocas horas.
El resto de la tarde era el tiempo de ellos dos. Jugaban en el jardín, Akim le lanzaba una pequeña pelota roja y Copita la traía de vuelta, a veces haciendo una parada técnica para ladrarle a una mariposa. Mami y Papi observaban desde la ventana, felices de ver cómo esa pequeña caniche toy llenaba su casa de vida y risas.
Al caer la noche, después de tantas travesuras y carreras, la energía de Copita finalmente se agotaba. Mientras Akim leía un cuento en su cama, la perrita se enroscaba a sus pies, pareciendo una pequeña nube blanca descansando sobre la colcha. Akim le acariciaba las orejas suaves y pensaba que, aunque Copita fuera la perra más traviesa del mundo, no la cambiaría por nada. Porque al final del día, no importaba cuántas medias se hubiera llevado o cuántas pantuflas hubiera escondido; lo que importaba era ese amor incondicional que solo una perrita como Copita sabía dar. Y así, entre sueños de pelotas rojas y juegos compartidos, los dos se quedaban profundamente dormidos, listos para empezar una nueva aventura al día siguiente.
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