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Camaleón era un pequeño camaleón muy, muy especial. No solo cambiaba de color según dónde estaba sentado, ¡sino que también cambiaba de humor según el color! Cuando era verde, estaba feliz. Cuando era azul, estaba tranquilo. Cuando era rojo… bueno, ¡mejor no hablar de cuando era rojo!
Hoy era un día importante. ¡Era el primer día de Camaleón en el Colegio de la Selva! Estaba tan emocionado que su piel brillaba con un verde esmeralda vibrante. Se levantó de un salto de su cama de hojas de palma, casi tropezándose con su cola.
"¡Buenos días, Sol!", gritó Camaleón, viendo los rayos de sol colarse entre las hojas. El sol le respondió con un cálido brillo que hizo que su verde fuera aún más intenso.
Lo primero era vestirse. Camaleón tenía un uniforme especial: una pequeña camisa con hojas estampadas y unos pantalones cortos marrones. Se los puso rápidamente, pero al intentar abrocharse el botón del pantalón, ¡no pudo encontrarlo! Frustrado, su piel comenzó a tornarse un poco anaranjada.
"¡Mamá! ¡No encuentro mi botón!", gritó Camaleón.
Mamá Camaleón, una camaleona grande y sabia con una sonrisa amable, entró en la habitación. "Tranquilo, mi pequeño. A veces, las cosas se esconden. Busca con calma", dijo ella.
Camaleón respiró hondo y siguió el consejo de su mamá. Miró debajo de la cama, dentro de su zapato y… ¡allí estaba! El botón estaba pegado a su cola. Al encontrarlo, su piel volvió al verde brillante.
"¡Lo encontré!", exclamó, abrochándose el botón con cuidado.
Después, era hora del desayuno. Mamá Camaleón había preparado su plato favorito: ¡insectos crujientes con salsa de mango! A Camaleón le encantaban los insectos crujientes. Los comió con tanto entusiasmo que su piel se puso de un verde aún más intenso, casi fluorescente.
"¡Delicioso!", dijo, relamiéndose los labios.
Después del desayuno, Camaleón tenía que cepillarse los dientes. Usaba una pasta de dientes con sabor a fresa que le encantaba. Mientras se cepillaba, se miró en el espejo y vio que su lengua era ¡azul! Se echó a reír. Su piel se puso un poco azulada también, un azul celeste muy suave.
"¡Qué divertido!", pensó.
Ahora, solo faltaba preparar su mochila. Camaleón tenía una mochila pequeña, hecha de hojas tejidas, que contenía todo lo que necesitaba para su primer día de escuela: un lápiz de madera, un cuaderno de hojas recicladas y una manzana roja brillante.
Pero… ¡oh, no! ¡No encontraba su lápiz! Buscó por todas partes: debajo de la mesa, dentro de su mochila, ¡incluso en su plato de insectos! Su piel comenzó a cambiar a un amarillo pálido, mostrando su preocupación.
"¿Dónde está mi lápiz? ¡Lo necesito para la escuela!", se lamentó Camaleón.
Mamá Camaleón le ayudó a buscar. Juntos, revisaron todos los rincones de la casa. Finalmente, lo encontraron… ¡detrás de su oreja! Camaleón se había olvidado de que lo había puesto allí mientras jugaba a ser un explorador.
"¡Aquí está!", gritó Mamá Camaleón, entregándole el lápiz.
Aliviado, el verde volvió a inundar la piel de Camaleón. Metió el lápiz en su mochila y se la colgó al hombro.
"¡Estoy listo!", anunció Camaleón, con una sonrisa de oreja a oreja.
Mamá Camaleón le dio un abrazo fuerte y le dijo: "Que tengas un gran día, mi pequeño. Recuerda ser amable, escuchar a tu maestra y divertirte mucho".
Camaleón asintió con entusiasmo. Salió de su casa y se dirigió al Colegio de la Selva. Mientras caminaba, su piel cambiaba de color con cada nueva emoción: verde por la emoción, azul por la tranquilidad del bosque, y un toque de amarillo por la anticipación de lo que le esperaba.
Al llegar al colegio, vio a muchos otros animales: monos, tucanes, perezosos… Todos se veían igual de nerviosos y emocionados que él. Camaleón respiró hondo y se adentró en el colegio. ¡Estaba listo para su gran día!
Y al final del día, Camaleón volvió a casa, su piel brillando con un verde feliz y un toque de púrpura por todas las cosas nuevas que había aprendido. ¡El Colegio de la Selva era increíble! Estaba deseando que llegara el día siguiente.
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