Cuento corto para dormir

Cristian y la Falda Mágica

Cristian se pone a escondidas la falda blanca de su madre y baja a la calle a bailar bajo la luna. Su profesora lo descubre, pero Cristian encuentra la valentía para ser él mismo.

A partir de: La Falda Blanca Se apagan las luces. Ha llegado mi momento. La casa duerme. Todo está en silencio. Camino en puntas de pie por el pasillo oscuro. Mi corazón late rápido, pero no por miedo. Sé exactamente a dónde voy. Es hora de entrar en el sueño del armario. De robarle, una vez más, las prendas más exquisitas de mi madre. Hay una falda blanca colgada al fondo. Una que refleja la luz de la luna como si fuera de agua. No lo pienso dos veces. La tomo. Su lino es fresco, suave, tentador. Me la pongo encima del pijama. El tejido me acaricia las piernas y me siento diferente. Más ligera. Más mía. Corro de vuelta a mi habitación. Cierro la puerta con cuidado. Nadie me ha visto. Y entonces río. Me río de mí, de lo libre que soy cuando nadie me observa. Pongo música. Algo con boleros, con ritmo. Algo que haga volar la falda cuando giro. Bailo. Giro. Me muevo sin miedo. Bailo hasta cansarme. Y cuando ya no me queda aire, abro la puerta del balcón. Necesito sentir el viento en la cara. La calle está vacía. La tienda de la esquina ha cerrado. Por el parque no se ve un alma. Ni siquiera están los fumadores de siempre. Tengo pista libre, pienso. Y entonces, sin pensarlo, bajo por la baranda del balcón. Mis pies aterrizan con cuidado junto al poste. El asfalto está frío, casi helado, pero me gusta. Me hace sentir viva. Sigo bailando. Mis pies se deslizan por la acera. Salto, giro, corro en puntas, cruzo la calle. Y canto, bajito, como cuando era niña: "Trove, Trove, mi compañera, Trove, Trove, mi compañera..." Era la canción que mamá me cantaba cuando vivíamos en Amagá. Allá era trovadora. Cantaba en plazas y en fiestas. Allá no hacía tanto frío por las noches. Y yo me dormía entre versos. Ahora canto yo. Soy mi propia trovadora, bajo la luna, con mi falda blanca, en medio de una calle vacía. Y por un momento, por un instante que no quiero soltar, soy completamente yo. Pero entonces… se encienden las luces. Alguien me ha visto. En el salón de la casa vecina, una sombra se mueve. La puerta se abre. Es mi profesora. Me busca. Me encuentra. Me observa con sorpresa. Y pregunta: —¿Usted por qué está vestido así, Cristian? Me quedo callado. El corazón me retumba en el pecho. No sé qué decir. Quizás debería decirle que me gusta. Que me hace feliz. Que me siento libre. Que me siento yo. Y quizás, por esta vez, eso sea suficiente.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Se apagan las luces.

Ha llegado mi momento.

La casa duerme. Todo está en silencio. Camino en puntas de pie por el pasillo oscuro. Mi corazón late rápido, pero no por miedo. Sé exactamente a dónde voy.

Es hora de entrar en el sueño del armario.

De robarle, una vez más, las prendas más exquisitas de mi madre.

Hay una falda blanca colgada al fondo. Una que refleja la luz de la luna como si fuera de agua. No lo pienso dos veces. La tomo. Su lino es fresco, suave, tentador. Me la pongo encima del pijama. El tejido me acaricia las piernas y me siento diferente. Más ligera. Más mía.

Corro de vuelta a mi habitación. Cierro la puerta con cuidado. Nadie me ha visto.

Y entonces río. Me río de mí, de lo libre que soy cuando nadie me observa.

Pongo música. Algo con boleros, con ritmo. Algo que haga volar la falda cuando giro.

Bailo. Giro. Me muevo sin miedo.

Bailo hasta cansarme. Y cuando ya no me queda aire, abro la puerta del balcón. Necesito sentir el viento en la cara.

La calle está vacía.

La tienda de la esquina ha cerrado.

Por el parque no se ve un alma.

Ni siquiera están los fumadores de siempre.

Tengo pista libre, pienso.

Y entonces, sin pensarlo, bajo por la baranda del balcón. Mis pies aterrizan con cuidado junto al poste. El asfalto está frío, casi helado, pero me gusta. Me hace sentir viva.

Sigo bailando.

Mis pies se deslizan por la acera.

Salto, giro, corro en puntas, cruzo la calle.

Y canto, bajito, como cuando era niña:

"Trove, Trove, mi compañera,

Trove, Trove, mi compañera..."

Era la canción que mamá me cantaba cuando vivíamos en Amagá.

Allá era trovadora.

Cantaba en plazas y en fiestas.

Allá no hacía tanto frío por las noches.

Y yo me dormía entre versos.

Ahora canto yo.

Soy mi propia trovadora,

bajo la luna,

con mi falda blanca,

en medio de una calle vacía.

Y por un momento, por un instante que no quiero soltar,

soy completamente yo.

Pero entonces… se encienden las luces.

Alguien me ha visto.

En el salón de la casa vecina, una sombra se mueve.

La puerta se abre.

Es mi profesora.

Me busca. Me encuentra.

Me observa con sorpresa.

Y pregunta:

—¿Usted por qué está vestido así, Cristian?

Me quedo callado.

El corazón me retumba en el pecho.

No sé qué decir.

Quizás debería decirle que me gusta.

Que me hace feliz.

Que me siento libre.

Que me siento yo.

Y quizás, por esta vez, eso sea suficiente.

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Publicado el 14/04/2026

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