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En un bosque lleno de árboles altos y flores coloridas vivía una ratita muy presumida. Su nombre era Pituca, y se creía la más bonita del bosque. Tenía una cola peluda y un pelaje brillante que le gustaba mostrar a todos los animales que pasaban cerca. Pero Pituca no sabía compartir ni escuchar a los demás.
Un día, mientras buscaba comida, Pituca encontró un pastel de naranja escondido entre las raíces de un árbol. El pastel olía delicioso, con un aroma dulce y cítrico que llenaba el aire. ¡Nunca había visto algo tan bonito! Lo llevó a su madriguera y se preparó para disfrutarlo sola, sin pensar en los demás.
Pero al momento de probar el pastel, Pituca escuchó un sonido. Era un pequeño pájaro, el polluelo Chico, que se acercaba con hambre. —¡Por favor! —dijo Chico con voz temblorosa—. Tengo mucha hambre y no tengo nada que comer.
Pituca se enfadó. —¡No te doy nada! —respondió—. ¡Este pastel es mío! ¡Soy la ratita más linda del bosque!
Mientras se peleaban por el pastel, apareció una ardilla llamada Ana. —¿Qué pasa aquí? —preguntó—. ¿Por qué no compartes con tus amigos?
Pituca se puso roja de vergüenza. —No sé compartir —dijo en voz baja—. Creo que soy la mejor.
Ana sonrió con amabilidad. —Sí, eres linda, Pituca, pero ser amable y compartir es más importante que ser la mejor.
Con una sonrisa, Pituca cortó una parte del pastel y se lo dio a Chico. Luego le dio un trozo a Ana. —¡Gracias! —dijo Chico, comiendo feliz—. ¡Es el mejor pastel del mundo!
La ratita Presumida aprendió que compartir no solo hace felices a los demás, sino también a ella misma. Desde ese día, Pituca se esforzó por ser más amable y hacer amigos. Aprendió que no era solo la belleza lo que importaba, sino el corazón.
Y así, el pastel de naranja se convirtió en una recordación de una lección muy importante: compartir es el mejor regalo que puedes dar.
La ratita Presumida se fue a su madriguera, con el corazón lleno de alegría. La luna brillaba sobre el bosque, y el viento soplaba suavemente, como si le dijera a Pituca que todo estaba bien. Ya no era solo la más presumida, sino la más amable del bosque.
Y así, mientras el pastel de naranja se terminaba, Pituca se durmió con una sonrisa, sabiendo que había aprendido algo muy valioso.
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