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I. La casa olvidada
La casa en la colonia Roma tenía más de un siglo. Sus muros de piedra guardaban el aliento del pasado, y el viento nocturno susurraba secretos a través de sus ventanas rotas.
Laura y Daniel se mudaron con su hijo Mateo buscando un nuevo comienzo. Era una casa grande, con techos altos y muebles antiguos que los antiguos dueños dejaron atrás. Aunque le faltaban algunas reparaciones, les pareció acogedora.
Pero desde la primera noche, algo se sentía… extraño.
Laura comenzó a notar cosas insignificantes al principio: las luces parpadeaban sin razón, los pisos crujían aunque nadie los pisara, y la temperatura bajaba inexplicablemente en la madrugada.
Luego fueron los ruidos.
Pasos en el pasillo cuando ambos estaban en la cama. Susurros detrás de la puerta de la habitación de Mateo. Un leve canto nocturno que se mezclaba con el viento.
Pero lo peor ocurrió tres noches después de mudarse.
A las 3:00 a.m., el monitor del bebé se encendió solo.
"Shhh… duérmete, mi niño… mamá está aquí…"
Laura despertó de golpe. Su piel se erizó como si un frío invisible la abrazara.
Giró la cabeza y vio la mecedora junto a la cuna balanceándose sola.
Se quedó paralizada. El reflejo en la ventana mostraba algo que no debería estar ahí.
Una figura oscura, de pie junto a la cuna, observándola.
Laura contuvo la respiración y encendió la luz.
Nada.
Pero Mateo se reía en la oscuridad.
II. El hotel antiguo
El miedo los obligó a salir de la casa. No podían soportarlo más.
Tomaron algunas pertenencias y se dirigieron al Hotel Miraflores, un viejo edificio colonial en el centro de Ciudad de México. Su fachada mostraba signos de antigüedad: balcones de hierro forjado, paredes con grietas y una atmósfera de otro tiempo.
El recepcionista era un hombre de aspecto cadavérico, con una mirada vacía y una voz apenas audible.
—Queremos una habitación —dijo Daniel.
El hombre deslizó lentamente una llave sobre el mostrador.
—Habitación 406 —susurró—. Aquí nunca estarán solos.
Laura sintió un escalofrío en la espalda.
—¿Qué quiere decir con eso?
Pero el recepcionista ya no estaba.
Daniel miró a su alrededor confundido.
—¿Cómo…?
No había ninguna puerta cerca, ningún pasillo. El hombre simplemente había desaparecido.
III. La hora maldita
La habitación era espaciosa pero lúgubre. Cortinas pesadas bloqueaban la luz de la luna, y los muebles de madera oscura parecían absorber el sonido. Un gran espejo cubría casi toda una pared, reflejando la cuna donde Mateo dormía.
Laura no pudo evitar notar que el reflejo en el espejo parecía diferente a la habitación real.
El cansancio los venció. Se acostaron y, por primera vez en días, intentaron dormir.
Pero el reloj avanzaba inexorablemente hacia las 3:00 a.m.
El monitor del bebé se encendió solo.
"Shhh… duérmete, mi niño… mamá está aquí…"
Laura abrió los ojos lentamente.
El aire era denso, pesado, como si la habitación estuviera llena de una presencia invisible.
La mecedora junto a la cuna se movía sola.
El reflejo en el espejo mostraba algo que no estaba en la habitación.
Una mujer de cabello largo y negro sostenía a Mateo en sus brazos.
Pero en la cuna… Mateo aún dormía.
Daniel despertó y vio lo mismo.
Intentó gritar, pero su voz se ahogó en la densidad del aire.
La figura en el espejo giró la cabeza lentamente y los miró.
Sus ojos eran dos pozos de oscuridad infinita.
El espejo se resquebrajó.
La luz parpadeó violentamente.
Mateo comenzó a reír.
Pero su risa no era de un bebé.
IV. Un despertar vacío
Cuando Daniel abrió los ojos, la habitación estaba silenciosa.
Laura ya no estaba.
Mateo había desaparecido.
El espejo estaba intacto, pero en su reflejo había una cuna vacía y una mecedora que seguía moviéndose.
La puerta de la habitación se abrió sola.
Daniel salió al pasillo, pero estaba completamente vacío. Solo silencio, solo sombras.
Regresó al cuarto y vio el monitor encendido sobre la cama.
"Shhh… duérmete, mi niño… mamá está aquí…"
Una risa baja y gutural se filtró por la estática del aparato.
Daniel no estaba solo.
Y, en la esquina de la habitación, donde la luz no alcanzaba a iluminar del todo…
una sombra sonreía.
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