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Gratis · elegí una vozDariel era un niño que parecía perdido en un mundo propio. En la escuela, los otros niños lo miraban raro. “¡Ahí va Dariel, hablando solo otra vez!”, se burlaban. Pero Dariel no estaba solo. Tenía a Elian, su amigo invisible. Elian no era como los demás niños. Era un fantasma, un secreto que Dariel guardaba en su corazón.
Desde que era muy pequeño, Elian había estado allí. Lo consolaba cuando se caía, lo animaba cuando estaba triste, y le contaba historias fantásticas antes de dormir. Para Dariel, Elian era su mejor amigo, su confidente, su protector. Creía que tenerlo era una suerte, un regalo especial que nadie más entendía.
En el recreo, mientras los demás jugaban al fútbol o saltaban a la comba, Dariel y Elian se sentaban bajo el gran árbol del patio. Elian le contaba chistes que solo ellos entendían, y Dariel reía a carcajadas, sin importarle las miradas extrañadas de los demás. Elian era su refugio, su lugar seguro en un mundo que a veces le parecía muy grande y confuso.
Pero con el tiempo, Dariel empezó a darse cuenta de algo extraño. Cada vez que intentaba acercarse a otros niños, pasaban cosas raras. Un día, intentó unirse a un grupo que jugaba a las canicas, pero de repente, todas las canicas desaparecieron misteriosamente. Otro día, quiso compartir su bocadillo con una niña que parecía triste, pero el bocadillo se cayó al suelo sin que nadie lo tocara.
Elian siempre estaba cerca cuando estas cosas sucedían. Al principio, Dariel no le dio importancia, pero poco a poco, empezó a sospechar. ¿Sería Elian el responsable de estos extraños sucesos? Empezó a notar que Elian se volvía más posesivo, más celoso. Ya no le gustaba que Dariel hablara con otros niños, ni siquiera que los mirara. “Yo soy tu único amigo, Dariel,” le decía Elian con una voz que antes le resultaba dulce, pero que ahora le daba un poco de miedo.
Un día, Dariel decidió investigar. Quería saber más sobre Elian, sobre su pasado, sobre por qué solo él podía verlo. Se metió en la biblioteca de la escuela y empezó a buscar en los viejos archivos. Pasó horas leyendo libros y periódicos antiguos, hasta que finalmente encontró algo que le heló la sangre.
En un viejo periódico amarillento, encontró una foto de un niño llamado Elian. El artículo contaba la historia de un niño que había muerto en la escuela hacía muchos años, víctima de una enfermedad terrible. Elian había sido olvidado por todos, excepto por Dariel.
Dariel entendió entonces el secreto de su amigo invisible. Elian era un fantasma atrapado en la escuela, condenado a la soledad eterna. Y ahora, Elian no quería que Dariel lo abandonara, no quería volver a ser olvidado.
Dariel decidió enfrentarse a Elian. “No puedes seguir haciendo esto,” le dijo con voz temblorosa. “Quiero tener amigos, quiero ser normal.”
Elian se enfureció. Sus ojos se volvieron oscuros y su voz se hizo fría como el hielo. “¡Nunca te dejaré ir, Dariel! ¡Eres mío!”
Dariel se sintió atrapado, como si estuviera en una jaula invisible. La amistad que antes había sido su refugio, ahora era una prisión.
Pero Dariel no se rindió. Sabía que tenía que encontrar una manera de liberarse de la influencia de Elian. Empezó a hablar con los profesores, a participar en actividades de la escuela, a sonreír a los otros niños. Al principio, fue difícil. Elian intentaba sabotear sus esfuerzos, pero Dariel se mantuvo firme.
Poco a poco, los otros niños empezaron a acercarse a Dariel. Descubrieron que era un niño divertido, inteligente y amable. Empezaron a invitarlo a jugar, a compartir sus secretos, a incluirlo en sus vidas.
Un día, Dariel estaba jugando al fútbol con un grupo de niños en el patio. Reía a carcajadas, sintiéndose feliz y libre como nunca antes. Miró hacia el gran árbol, donde antes se sentaba con Elian. Vio una figura sombría observándolo desde la distancia.
Era Elian. Su rostro estaba pálido y su mirada era celosa y triste. Pero en sus labios había una sonrisa fija, una sonrisa que Dariel no podía descifrar.
Dariel siguió jugando, intentando ignorar la presencia de Elian. Pero en el fondo de su corazón, sabía que su amigo invisible nunca lo abandonaría por completo. ¿Había logrado liberarse realmente, o el fantasma seguiría a su lado para siempre, acechando en las sombras?
El sol se ponía sobre la escuela, tiñendo el cielo de colores anaranjados y rosados. Los niños recogieron sus cosas y se fueron a casa. Dariel se despidió de sus nuevos amigos y caminó hacia la puerta. Antes de salir, miró una última vez hacia el árbol. Elian ya no estaba allí. O tal vez sí. Dariel no estaba seguro. Y esa era la parte más inquietante de todo.
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