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Gratis · elegí una vozDiego, un monstrito de diez años con tres ojos verdes y un pelaje azul eléctrico, era conocido en toda la Montaña Gruñona por su ingenio. Su hermano menor, Carlos, un pequeño monstruo de seis años con un solo ojo gigante y un pelaje naranja esponjoso, era famoso por su apetito insaciable. Juntos, eran el dúo monstruoso más divertido (y a veces, más problemático) del vecindario.
Un día soleado, la abuela monstruosa de Diego y Carlos, la Abuela Gruñona (aunque en realidad era bastante dulce), horneó un pastel gigante de fresas y mermelada de gusanos, el favorito absoluto de Carlos. Lo dejó enfriando en la ventana, con la advertencia: "¡Ni se les ocurra tocarlo hasta después de la cena!".
Diego, siendo el hermano mayor responsable (la mayoría de las veces), asintió solemnemente. Carlos, sin embargo, miraba el pastel con ojos hambrientos. La mermelada de gusanos burbujeaba tentadoramente, y el aroma a fresas llenaba el aire.
"Diego... ¿no crees que podríamos probar solo un poquito?" susurró Carlos, jalando la manga de su hermano.
Diego sacudió la cabeza. "La Abuela Gruñona dijo que no. ¡Y ella da los mejores abrazos de baba brillante cuando estamos en apuros! No quiero arruinar eso."
Pero la idea de ese pastel delicioso se instaló en la mente de Carlos como una lombriz en una manzana. Mientras Diego jugaba con sus rocas favoritas (sí, a los monstruos les gusta coleccionar rocas), Carlos tramaba un plan.
"¡Diego, mira! ¡Una mariposa gigante!" gritó Carlos, señalando hacia el jardín.
Diego, curioso, corrió a ver. No había ninguna mariposa, por supuesto. Cuando regresó, Carlos estaba de pie frente al pastel, con la cara cubierta de mermelada de gusanos.
"¡Carlos! ¿Qué hiciste?" exclamó Diego, horrorizado.
"Yo... yo no hice nada," balbuceó Carlos, intentando limpiarse la cara con su manga. Pero era demasiado tarde. Un enorme bocado había desaparecido del pastel.
"¡La Abuela Gruñona nos va a matar!" gimió Diego, imaginando el castigo. "Tenemos que hacer algo."
Juntos, los hermanos decidieron que la mejor opción era intentar reconstruir el pastel. Buscaron los ingredientes: fresas marchitas que encontraron en el jardín, una lata de mermelada de gusanos a medio comer que Carlos había escondido debajo de su cama (¡qué asco!) y un poco de harina que encontraron en el suelo de la cocina.
El resultado fue un desastre. El pastel reconstruido parecía más un monstruo de lodo que una delicia comestible. Estaba torcido, lleno de grumos y olía… peculiar.
Cuando la Abuela Gruñona entró en la cocina, se detuvo en seco, con la boca abierta. "¿Qué... qué es eso?" preguntó, señalando el pastel deforme.
Diego y Carlos se miraron con miedo. Diego decidió confesar. "Abuela, lo sentimos mucho," dijo. "Carlos se comió un bocado del pastel, y tratamos de arreglarlo, pero... salió mal."
La Abuela Gruñona se echó a reír. "¡Oh, pequeños traviesos!" dijo. "Sabía que no podrían resistirse. Pero no se preocupen, no estoy enojada. Lo importante es que fueron honestos."
Luego, la Abuela Gruñona les enseñó a Diego y Carlos a hornear un pastel de verdad. Les mostró cómo medir los ingredientes, cómo batir la masa y cómo decorar con fresas frescas y mermelada de gusanos recién hecha. Esta vez, Carlos se abstuvo de probar la masa hasta que el pastel estuviera listo.
El nuevo pastel era mucho mejor que el intento anterior. Era suave, esponjoso y delicioso. Y lo mejor de todo, ¡lo hicieron juntos!
Esa noche, mientras disfrutaban de su pastel casero con la Abuela Gruñona, Diego y Carlos aprendieron una valiosa lección: es mejor ser honesto y trabajar juntos, ¡incluso si eso significa admitir un error monstruoso!
Desde ese día, Diego y Carlos siguieron siendo el dúo monstruoso más divertido del vecindario, pero también aprendieron a ser más responsables y a valorar la importancia de la honestidad y el trabajo en equipo. Y, por supuesto, a resistir la tentación de comer pastel antes de la cena (la mayoría de las veces).
La Montaña Gruñona nunca había sido tan dulce.
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