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Gratis · elegí una vozDiego, un niño de cuatro años con ojos brillantes como estrellas, estaba muy emocionado. ¡Hoy era el día! Se iba de safari con sus mejores amigos, Sofía y Tomás. Se subieron a un jeep rojo brillante con asientos de rayas de cebra. "¡Agárrense fuerte!", gritó el conductor, un señor bigotón llamado Don Pablo, y arrancaron hacia la selva.
Al poco tiempo, se adentraron en un mundo verde y exuberante. Los árboles eran altísimos, y el aire olía a tierra húmeda y flores exóticas. De repente, Sofía gritó: "¡Miren! ¡Un león!". Un majestuoso león, con una melena dorada que brillaba al sol, estaba echado a la sombra de un árbol. Diego lo miró con asombro. El león bostezó, mostrando sus enormes dientes, y luego volvió a cerrar los ojos, como si los niños no fueran más que moscas molestas. "¡Qué valiente!", susurró Tomás, impresionado.
Don Pablo continuó conduciendo, y pronto se toparon con una jirafa elegante. Su largo cuello se estiraba hacia el cielo, alcanzando las hojas más jugosas de los árboles. La jirafa los miró con sus grandes ojos marrones y luego siguió comiendo, sin prestarles mucha atención. Diego intentó imitar el movimiento del cuello de la jirafa, pero solo logró reírse con sus amigos.
Más adelante, escucharon un fuerte barrito. "¡Un elefante!", exclamó Diego, saltando de emoción. Un enorme elefante, con sus grandes orejas y su larga trompa, se acercaba a un charco de agua. El elefante bebió con fuerza y luego se roció con agua, salpicando a todos a su alrededor. Diego se echó a reír mientras el agua fresca le caía en la cara.
La aventura continuó, y esta vez, escucharon un rugido poderoso. "¡Un tigre!", gritó Sofía, un poco asustada. Un tigre rayado, con ojos penetrantes, caminaba sigilosamente entre los arbustos. El tigre los observó con curiosidad y luego desapareció entre la maleza, dejando a los niños con el corazón latiendo rápido.
De repente, escucharon chillidos y risas provenientes de los árboles. "¡Monos!", exclamó Tomás, señalando hacia arriba. Un grupo de monos traviesos saltaba de rama en rama, haciendo piruetas y arrojándose frutas. Uno de los monos, el más pequeño y atrevido, bajó hasta el jeep y le robó el sombrero a Diego. Diego corrió tras el mono, riendo a carcajadas. Después de una breve persecución, el mono le devolvió el sombrero, como si fuera un juego.
Después de un día lleno de emociones, Don Pablo condujo el jeep de regreso al campamento. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo con colores cálidos y dorados. En el campamento, los padres de Diego, Sofía y Tomás los esperaban con una deliciosa cena. Se sentaron alrededor de una fogata, compartiendo historias y risas sobre sus aventuras en la selva.
Diego contó sobre el león majestuoso, la jirafa elegante, el elefante juguetón, el tigre sigiloso y los monos traviesos. Sus amigos agregaron sus propias anécdotas, y la fogata se llenó de alegría y emoción. Después de la cena, se acurrucaron en mantas suaves y miraron el cielo estrellado. Nunca habían visto tantas estrellas juntas. Parecía que la selva les había regalado un espectáculo mágico.
Cuando el sol se hundió por completo en el horizonte, el cielo se tiñó de un color dorado intenso. Era un atardecer mágico, el más hermoso que Diego había visto en su vida. Lo compartió con sus mejores amigos, Sofía y Tomás, y sintió una inmensa felicidad en su corazón. Sabía que este safari sería un recuerdo que atesoraría para siempre.
Al día siguiente, antes de regresar a casa, Diego, Sofía y Tomás dibujaron sus animales favoritos del safari en sus cuadernos. Diego dibujó un león con una melena brillante, Sofía una jirafa con un cuello largo, y Tomás un elefante con una trompa poderosa. Luego, se abrazaron y prometieron volver a la selva algún día. Sabían que la aventura salvaje del atardecer dorado los había unido para siempre. Y mientras se alejaban, Diego sintió que una parte de su corazón se quedaba en la selva, esperando su regreso.
Al llegar a casa, Diego le contó a sus padres, una y otra vez, todas las aventuras que había vivido. Su corazón seguía latiendo al ritmo de la selva, y su mente estaba llena de imágenes de animales salvajes y atardeceres dorados. Sabía que, aunque estuviera lejos, siempre llevaría consigo la magia del safari en su corazón. Y cada vez que miraba el cielo al atardecer, recordaría la aventura salvaje que había compartido con sus amigos y sonreiría, sabiendo que la selva lo esperaba con los brazos abiertos para una nueva aventura.
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