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Gratis · elegí una vozSofía se estiró, bostezando como un pequeño gatito. La luz del sol entraba por la ventana, pintando la habitación de naranja. Pero algo era diferente. Algo… ¡enorme! Abrió los ojos de par en par. ¡Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí! Era un dinosaurio verde, grande y con manchas amarillas. Estaba acurrucado en su cama, ocupando casi todo el espacio. Roncaba suavemente, haciendo que el peluche de unicornio de Sofía vibrara ligeramente.
Sofía parpadeó. ¿Estaba soñando? Se pellizcó el brazo. ¡Ay! No, no era un sueño. ¡Había un dinosaurio en su cama! Se levantó con cuidado, intentando no despertarlo. El dinosaurio era tan grande que sus pies casi no tocaban el suelo al bajar de la cama.
"Hola?" susurró Sofía, esperando una respuesta. El dinosaurio no se movió. Solo roncaba más fuerte. Sofía decidió que necesitaba un plan. Primero, desayuno. Tal vez un buen plato de cereal le daría ideas.
Bajó corriendo a la cocina, donde su mamá estaba preparando panqueques. "¡Mamá, hay un dinosaurio en mi cama!" exclamó Sofía.
La mamá de Sofía sonrió. "Sí, cariño, muy gracioso. ¿Quieres panqueques con fresas o con plátano?"
Sofía suspiró. A veces, su mamá no la tomaba en serio. "¡De verdad, mamá! ¡Un dinosaurio grande, verde y con manchas amarillas! ¡Está roncando en mi cama!"
La mamá de Sofía la miró a los ojos y vio que Sofía hablaba en serio. "¿Un dinosaurio? Bueno, vamos a ver."
Subieron juntas las escaleras. Cuando la mamá de Sofía vio al dinosaurio, dejó caer la espátula. "¡Santo cielo! ¡Es un… un…!"
"¡Un dinosaurio!" terminó Sofía, con una sonrisa triunfal.
"Pero… ¿cómo llegó aquí?" preguntó la mamá de Sofía, asombrada.
"No lo sé," respondió Sofía. "Pero tenemos que despertarlo. ¡No puedo dormir con un dinosaurio en mi cama!"
Intentaron hablarle suavemente. "Dinosaurio, dinosaurio, despierta, por favor." No funcionó. Intentaron hacer cosquillas en sus pies. Tampoco funcionó. El dinosaurio seguía roncando.
Entonces, Sofía tuvo una idea. "¡Ya sé! ¡Los dinosaurios aman las plantas! ¡Vamos a buscarle una planta grande!"
Corrieron al jardín y encontraron una maceta con un helecho enorme. Lo arrastraron hasta la habitación de Sofía y lo colocaron cerca de la nariz del dinosaurio.
El dinosaurio olisqueó. ¡Achís! Estornudó un estornudo gigante que sacudió toda la casa. Abrió los ojos lentamente. Miró a Sofía, luego a su mamá, y luego al helecho.
"¿Dónde… dónde estoy?" preguntó el dinosaurio con voz adormilada.
"Estás en mi casa," dijo Sofía. "En mi cama."
El dinosaurio se rascó la cabeza con una de sus garras enormes. "No lo recuerdo. Solo recuerdo que estaba buscando un lugar para dormir. Estaba muy cansado."
"Bueno," dijo la mamá de Sofía, "ya descansaste. ¿Cómo te llamas?"
"Me llamo Dino," respondió el dinosaurio. "Y soy un… un… ¿qué soy?"
"Eres un dinosaurio," dijo Sofía, riendo. "Un dinosaurio dormilón."
Dino sonrió. "¡Un dinosaurio dormilón! Me gusta."
"¿Sabes cómo volver a casa?" preguntó la mamá de Sofía.
Dino negó con la cabeza. "Estoy perdido."
Sofía tuvo otra idea. "¡Podemos ayudarte! ¡Podemos usar mi mapa!"
Sofía sacó su mapa del mundo, lleno de pegatinas de animales. Señaló un lugar lejano. "¿Vives por aquí?"
Dino miró el mapa con atención. "¡Sí! ¡Vivo cerca de la Montaña de Fuego!"
"¡Genial!" dijo Sofía. "Entonces, necesitamos un avión… ¡o un cohete!"
"Mmm… no tenemos un avión ni un cohete," dijo la mamá de Sofía. "Pero tenemos una bicicleta."
Sofía y su mamá se miraron. ¿Una bicicleta?
"Podemos poner a Dino en la canasta," dijo Sofía, con entusiasmo.
La mamá de Sofía se rió. "Cariño, Dino es demasiado grande para la canasta."
Pero Dino tenía una idea. "¡Puedo caminar! Solo necesito saber la dirección."
Sofía le mostró a Dino el mapa y le explicó cómo llegar a la Montaña de Fuego. Dino escuchó con atención.
"¡Gracias, Sofía! ¡Gracias, señora!" dijo Dino. "¡Nunca olvidaré su amabilidad!"
Dino salió por la puerta principal, mucho más feliz que cuando había llegado. Sofía y su mamá lo despidieron con la mano mientras se alejaba por la calle.
"Bueno," dijo la mamá de Sofía, "eso fue… ¡inesperado!"
"¡Lo sé!" dijo Sofía. "¡Pero fue divertido!"
Esa noche, Sofía durmió profundamente en su cama, sin dinosaurios. Pero sabía que nunca olvidaría el día en que un dinosaurio dormilón apareció en su vida.
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