Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozDios era un niño muy especial. No porque tuviera poderes mágicos o pudiera volar, sino porque, bueno, se llamaba Dios. Su mamá, María, siempre decía que era un nombre con mucha responsabilidad, ¡especialmente cuando se trataba de levantarse temprano para ir a la escuela! Y ese día, Dios se había quedado profundamente dormido. El sol ya brillaba con fuerza, pintando rayas doradas en su habitación, pero él seguía acurrucado bajo las sábanas, soñando con dragones que escupían helado de fresa.
María entró en la habitación, tarareando una alegre melodía mientras preparaba el desayuno. Pero la melodía se apagó abruptamente al ver el reloj. "¡Dios! ¡Dios mío! ¡Es tardísimo!", exclamó, sacudiéndolo suavemente. Dios gruñó y se dio la vuelta, enterrando la cabeza en la almohada. "Cinco minutitos más, mamá...", murmuró.
María suspiró. Sabía que los "cinco minutitos" de Dios podían convertirse fácilmente en media hora. "¡Dios, levántate ahora mismo! ¡Llegas tarde a la escuela! ¡El autobús te va a dejar!", dijo, esta vez con un tono más firme. Dios abrió un ojo y miró a su mamá con cara de sueño. "¿Ya es hora?", preguntó, bostezando. María asintió, con los brazos cruzados. "¡Sí, y mucho! ¡Ya deberías estar desayunando! ¡Estoy muy enojada contigo!", dijo María, aunque en el fondo, solo estaba preocupada.
Fue entonces cuando entró en escena Jeijei, el perro salchicha de la familia. Jeijei era un perro pequeño, pero con un corazón enorme y una inteligencia aún mayor. Había visto la cara de preocupación de María y la cara de sueño de Dios, y supo que tenía que hacer algo. Primero, intentó ladrarle a Dios, pero este ni se inmutó. Luego, intentó lamerle la cara, pero Dios simplemente se dio la vuelta. Jeijei necesitaba un plan mejor.
Con una determinación que sorprendió incluso a sí mismo, Jeijei saltó sobre la cama y comenzó a tirar de la cobija con todas sus fuerzas. Dios, aún medio dormido, sintió un tirón y gruñó. "¡Jeijei, déjame dormir!", dijo, intentando agarrar la cobija. Pero Jeijei no se rendía. Tiraba y tiraba, hasta que finalmente, Dios se sentó en la cama, medio congelado. "¡Jeijei, qué haces!", exclamó Dios, frotándose los ojos.
Jeijei ladró alegremente y corrió hacia la puerta, mirando a Dios como diciendo: "¡Vamos, vamos! ¡Date prisa!". Dios, al ver la insistencia de Jeijei y la mirada furiosa de su mamá, finalmente se dio cuenta de la gravedad de la situación. Saltó de la cama, se vistió a toda prisa y corrió a la cocina, donde María le esperaba con un plato de cereal.
"¡Come rápido! ¡El autobús está a punto de llegar!", dijo María, entregándole el plato. Dios engulló el cereal en un santiamén y salió corriendo hacia la parada del autobús, con Jeijei pisándole los talones. Llegó justo a tiempo para ver al autobús alejarse. "¡No!", gritó Dios, sintiendo que las lágrimas le picaban en los ojos.
María salió de la casa, preocupada. "¿Lo perdiste, cariño?", preguntó, abrazándolo. Dios asintió, con la cabeza gacha. "Lo siento, mamá. Me quedé dormido", dijo, sintiéndose culpable. María le dio un beso en la frente. "No te preocupes, Dios. Llamaré a la escuela y les diré que llegarás tarde. Pero la próxima vez, tienes que poner la alarma y levantarte a tiempo", dijo, sonriendo.
De repente, Jeijei comenzó a ladrar y a correr en círculos alrededor de Dios. Al principio, nadie entendió por qué. Pero luego, Dios se dio cuenta de que Jeijei estaba ladrando hacia la calle. Miró en esa dirección y vio... ¡el autobús escolar! El conductor, al ver que Dios había perdido el autobús, había dado la vuelta para recogerlo. ¡Jeijei lo había salvado! ¡Era un héroe!
Dios subió al autobús, agradecido. Se despidió de su mamá y de Jeijei con la mano. Jeijei ladró alegremente mientras el autobús se alejaba. Dios sabía que tenía el mejor perro del mundo. Y también sabía que la próxima vez, se aseguraría de no quedarse dormido. O al menos, de poner a Jeijei a cargo de despertarlo.
Esa noche, Dios le dio a Jeijei un hueso extra grande y lo abrazó con fuerza. "Gracias, Jeijei. Me salvaste", le susurró. Jeijei movió la cola y lamió la cara de Dios. Sabía que había hecho un buen trabajo. Y Dios, aunque a veces se quedaba dormido, sabía que tenía la mejor mamá y el mejor perro del mundo.
Al día siguiente, Dios puso tres alarmas. Y por si acaso, durmió con Jeijei al lado de su cama. ¡Nunca más se quedaría dormido para ir a la escuela! Bueno, eso era lo que esperaba.
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