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En un pequeño rincón de la Mancha, cuyo nombre no recuerdo pero que tenía una excelente conexión de fibra óptica, vivía un hidalgo llamado Alonso Quijano. Alonso no leía libros de caballería en papel; él era un fanático de los e-books y pasaba noches enteras deslizando su dedo por la pantalla de su tableta, devorando historias de ciber-caballeros, dragones mecánicos y héroes que salvaban galaxias con un solo clic. De tanto brillo de pantalla y tantas notificaciones, a nuestro amigo se le secó el cerebro y decidió que el mundo necesitaba un héroe de la era digital.
—¡Rocinante! —exclamó a su viejo caballo, que en realidad era una bicicleta eléctrica un poco oxidada pero con mucha personalidad—. ¡Prepara tus circuitos, pues hoy salimos a defender el honor de la red y a proteger a los usuarios de los trolls malvados!
Alonso se puso un chaleco reflectante, un casco de ciclista que parecía un yelmo y se colgó su smartphone al cuello como si fuera un amuleto sagrado. Pero un caballero no puede viajar solo. Fue a buscar a su vecino, Sancho Panza, un hombre práctico que prefería usar Google Maps antes que seguir las estrellas y que siempre llevaba una batería externa en el bolsillo por si las moscas.
—Sancho, amigo mío —dijo Don Quijote—, acompáñame en esta aventura. Te prometo que, si triunfamos, te haré administrador de la isla más grande de Instagram, con millones de seguidores y likes infinitos.
Sancho, aunque no entendía muy bien las locuras de su amigo, aceptó porque sabía que con Don Quijote las risas estaban aseguradas. Y así, el caballero en su bici eléctrica y el escudero en su patinete motorizado salieron a los campos manchegos.
De pronto, al llegar a una colina, Don Quijote frenó en seco. Sus ojos se abrieron como platos.

—¡Mira, Sancho! ¡Gigantes! —gritó señalando hacia el horizonte.
Sancho miró y solo vio tres enormes antenas de telefonía 5G que brillaban bajo el sol.
—Señor, no son gigantes. Son torres de comunicación para que la gente pueda enviar mensajes de WhatsApp y ver videos de gatitos.
—¡Calla, Sancho! —replicó el caballero—. Son gigantes de silicio que roban los pensamientos de la gente a través del aire. ¡Mira cómo mueven sus brazos invisibles! ¡Voy a enfrentarlos para devolverle la libertad a la señal de Wi-Fi!
Don Quijote pedaleó con todas sus fuerzas, activando el modo turbo de su bicicleta. —¡No huyáis, cobardes criaturas de metal! —gritaba mientras blandía un palo de selfie como si fuera una lanza. Pero justo antes de llegar, un dron de reparto que pasaba por allí lo distrajo, y Don Quijote, al intentar esquivarlo, terminó enredado en unos arbustos mientras su smartphone no paraba de decir: "Ha llegado a su destino".
Sancho corrió a ayudarlo. —Se lo dije, mi señor. Las antenas no son malas, solo nos ayudan a estar conectados.

Don Quijote, sacudiéndose el polvo, miró su pantalla agrietada. —Tienes razón, Sancho. Ha sido obra del malvado mago Virus, que ha transformado a los gigantes en antenas para que no pueda derrotarlos. Pero no importa, mi batería aún está al ochenta por ciento.
Continuaron su camino y llegaron a un pueblo donde todos estaban tristes. Resulta que el router principal de la escuela se había estropeado y los niños no podían terminar sus lecciones interactivas. Don Quijote, viendo una oportunidad de redención, entró en la sala de sistemas con gran solemnidad.
—¡No temáis! —anunció—. Yo, Don Quijote de la Red, expulsaré a los demonios del lag y restauraré la conexión.
Mientras Don Quijote hacía gestos heroicos y recitaba poemas a su amada Dulcinea del Toboso (una famosa influencer que él seguía), Sancho, con mucha calma, se agachó, vio que el cable estaba suelto, lo sopló un poco para quitarle el polvo y lo conectó de nuevo. Al instante, todas las luces del router se pusieron verdes y los niños vitorearon.
—¡Un milagro! —gritó Don Quijote—. ¡Mis palabras han ahuyentado al error 404!
Sancho sonrió y no dijo nada. Sabía que a veces, para ser un héroe, solo se necesita un poco de paciencia y saber dónde va cada cable. Aquella noche, celebraron con una gran merienda. Don Quijote subió una foto de la aventura a sus redes sociales, y aunque la imagen estaba un poco movida, recibió cientos de corazones.
—¿Ves, Sancho? —dijo el hidalgo mientras miraba las estrellas—. La tecnología es la nueva magia, pero el valor de un caballero sigue siendo el mismo en cualquier época.
Y así, entre cargadores y sueños, nuestros héroes descansaron, listos para la próxima actualización de su gran aventura.
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