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Don Ramón era un hombre bueno, con un bigote canoso que le cosquilleaba la nariz cuando reía y un coche, al que llamaba "Relámpago", que ya tenía más años que él. Relámpago había sido un fiel compañero, llevándolo a Don Ramón a pescar en el Río Nazas, a visitar a su nieta Sofía en Gómez Palacio, y a comprar los mejores chiles secos del Mercado Gómez Palacio. Pero últimamente, Relámpago estaba tosiendo, jadeando y haciendo ruidos extraños que preocupaban a Don Ramón.
"Ay, Relámpago, mi viejo amigo," suspiraba Don Ramón, acariciando el capó lleno de polvo. "¿Qué te pasa?"
Intentó arreglarlo él mismo, como siempre lo hacía. Cambió las bujías, revisó el aceite y hasta le cantó una canción de Jorge Negrete para animarlo. Pero nada funcionaba. Relámpago seguía tosiendo y jadeando.
Un día, mientras tomaba un café con Doña Elena en la Plaza de Armas, ella le dijo: "Don Ramón, usted necesita ir a Refacciones Victorino. ¡Allí tienen de todo! Es como una cueva de Aladino para los coches."
Don Ramón, un poco escéptico, nunca había ido a una refaccionaria. Siempre había arreglado Relámpago con lo que encontraba en su taller. Pero la tos de Relámpago era cada vez peor, así que decidió seguir el consejo de Doña Elena.
Al día siguiente, Don Ramón condujo a Relámpago, con un andar tambaleante, hasta Refacciones Victorino. El lugar era mucho más grande de lo que imaginaba. Estantes llenos de piezas brillantes, cajas etiquetadas con nombres extraños y mecánicos con overoles manchados de grasa pululaban por todas partes. Don Ramón se sintió un poco abrumado.
Respiró hondo y entró. Un joven con una sonrisa amable y un overol que parecía recién sacado de la lavandería se acercó a él. "¡Buenos días, Don! ¿En qué le puedo ayudar?"
Don Ramón le contó sobre Relámpago, sobre su tos, su jadeo y sus ruidos extraños. El joven, cuyo nombre era Victorino (¡el hijo del dueño!), escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza.
"A ver, Don Ramón," dijo Victorino. "Vamos a echarle un vistazo a Relámpago."
Victorino revisó el motor de Relámpago con cuidado, usando herramientas que Don Ramón nunca había visto. Escuchó el motor con un estetoscopio y olió el humo que salía del escape. Después de unos minutos, sonrió.
"Ya sé lo que le pasa, Don Ramón. Es el carburador y el filtro de aire. Están más sucios que la conciencia de un político," bromeó Victorino.
Don Ramón se rió. "¿Y tiene repuestos para un coche tan viejo como Relámpago?"
"¡Por supuesto! En Refacciones Victorino tenemos de todo, Don Ramón. ¡Incluso para coches más viejos que usted!" Victorino guiñó un ojo.
Victorino entró en la refaccionaria y regresó con un carburador nuevo y un filtro de aire brillante. En poco tiempo, y con la ayuda de Don Ramón, reemplazaron las piezas viejas. Don Ramón cruzó los dedos y le dio al encendido.
¡Relámpago rugió a la vida! El motor sonaba suave y parejo. Ya no tosía, ni jadeaba, ni hacía ruidos extraños. Don Ramón sonrió de oreja a oreja.
"¡Mil gracias, Victorino!" exclamó Don Ramón. "¡Has salvado a Relámpago!"
"Para eso estamos, Don Ramón," respondió Victorino. "En Refacciones Victorino, nos gusta ver coches felices y a sus dueños aún más felices."
Don Ramón pagó las refacciones y le dio a Victorino una propina generosa. Luego, subió a Relámpago y condujo de regreso a casa, sintiéndose más feliz que nunca. Relámpago ronroneaba como un gatito contento.
De camino a casa, Don Ramón pensó en todo lo que había pasado. Había estado a punto de rendirse con Relámpago, pero gracias a Doña Elena y a Victorino, su viejo amigo estaba como nuevo. Se dio cuenta de que a veces, necesitas un poco de ayuda para solucionar los problemas, y que no hay vergüenza en pedirla.
Esa noche, Don Ramón le contó a Sofía sobre su aventura en Refacciones Victorino. Sofía se rió y le dijo: "¡Abuelo, ahora podrás llevarme a la Feria Nacional de Durango!"
Don Ramón sonrió. "¡Por supuesto que sí, mi niña! Relámpago está listo para la aventura."
Y así, Don Ramón y Relámpago vivieron muchas más aventuras juntos, gracias a la Refaccionaria Mágica de Victorino. Don Ramón aprendió que incluso los coches más viejos pueden ser restaurados, y que a veces, la solución a tus problemas está en el lugar menos esperado, especialmente si ese lugar tiene un nombre como Refacciones Victorino.
Desde ese día, Don Ramón siempre recomendaba Refacciones Victorino a todos sus amigos. "¡Allí encontrarás todo para arreglar tu carro, y hasta para arreglar tu vida!", decía con una sonrisa.
Ahora, cada vez que Don Ramón veía a Victorino, lo saludaba con un fuerte abrazo y le decía: "¡Gracias por darle una nueva vida a Relámpago, y a mí también!"
Y Victorino, sonriendo, le respondía: "¡Para eso estamos, Don Ramón! ¡Para eso estamos!"
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