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Dorian de Montrose no era un capitán común. A sus doce años, vestía una casaca de color azul real con botones dorados que le quedaba un poco grande, un recordatorio constante de que aún tenía mucho por crecer. Vivía en una mansión llena de ecos y armaduras relucientes, todas pertenecientes a su padre, el General Montrose, un hombre cuya sombra parecía cubrir todo el reino. Dorian pasaba las tardes en la gran biblioteca, mirando los mapas de las batallas que su padre había ganado. Aunque amaba a su progenitor, una pequeña duda siempre bailaba en su mente: ¿sería él capaz de ser tan valiente? ¿Podría algún día escribir su propia historia sin que la de su padre fuera el único prólogo?
Una noche, después de observar un retrato del General, Dorian se acostó con el corazón pesado. Mientras el viento soplaba suavemente contra su ventana, el sueño lo envolvió como una manta de seda. Pero este no era un sueño ordinario. Al abrir los ojos, Dorian no estaba en su cama. Se encontraba de pie sobre la cubierta de madera de un barco magnífico, pero no navegaba sobre el mar, sino sobre un océano de nubes algodonosas teñidas de violeta y naranja por un atardecer eterno. Las velas del barco eran de un tejido plateado que brillaba con luz propia, y el timón giraba solo, como si buscara algo perdido en el horizonte.
—¡Capitán a bordo! —chilló una voz metálica. Dorian se giró y vio a un pequeño búho mecánico, hecho de engranajes de cobre y ojos de zafiro, posado sobre un barril de manzanas brillantes. —Me llamo Tic-Tac, y el Reino de los Sueños necesita un líder de verdad.

Tic-Tac le explicó que el Gran Faro de la Esperanza, la fuente de toda la luz en ese mundo fantástico, se estaba apagando. Una niebla gris y pegajosa, nacida de las dudas y los miedos, estaba cubriendo las islas flotantes. Si el faro se extinguía, los niños del mundo real dejarían de soñar con aventuras y solo tendrían pesadillas. Dorian sintió un nudo en el estómago. —Pero yo solo soy un niño —protestó—. Mi padre sabría qué hacer, él es el héroe.
—Tu padre no está aquí, Dorian —respondió el búho con suavidad—. Este es tu sueño, y el barco solo responde a tu corazón.
Dorian tomó el timón. Al principio, intentó recordar las tácticas militares que había leído en los libros de su padre, pero la niebla de dudas se volvía más espesa cuanto más intentaba ser alguien que no era. El barco se tambaleaba y las velas perdían su brillo. Fue entonces cuando Dorian cerró los ojos y recordó lo que a él le gustaba de verdad: no las conquistas, sino la curiosidad, el deseo de ayudar y la música del viento. En lugar de dar órdenes de batalla, comenzó a tararear una melodía que su madre le cantaba de pequeño. Sorprendentemente, las nubes comenzaron a abrirse y el barco, impulsado por su autenticidad, aceleró hacia la torre de cristal que se alzaba en el centro del reino.

Al llegar al faro, Dorian se enfrentó a la Gran Sombra, un remolino de humo oscuro que susurraba palabras desalentadoras. 'Nunca serás suficiente', decía la sombra. Dorian desenvainó su espada de entrenamiento, pero al tocar el humo, esta se desvaneció. Comprendió entonces que la fuerza física no serviría de nada. Recordó las medallas de su padre y se dio cuenta de que su valor no residía en el metal, sino en el brillo que él mismo llevaba dentro. —Yo no soy el General Montrose —gritó Dorian con firmeza—, ¡soy Dorian, el protector de los sueños!
Con esas palabras, Dorian extendió sus manos hacia el faro apagado. Una luz cálida y dorada brotó de su pecho, una luz que no venía de la guerra, sino de la bondad y la esperanza. La luz golpeó el cristal del faro y este estalló en un resplandor tan potente que disipó la niebla en un instante. El Reino de los Sueños volvió a vibrar con colores imposibles y criaturas fantásticas que saltaban de nube en nube.
Tic-Tac voló hacia su hombro y rozó su mejilla con sus alas de metal. —Has encontrado tu propio camino, Capitán —dijo el búho. Dorian sintió una paz que nunca había experimentado en la mansión de su padre. Ya no necesitaba compararse con nadie; él era el dueño de su propio destino.
Cuando el sol de la mañana entró por su ventana, Dorian despertó en su habitación. El retrato de su padre seguía allí, pero ya no parecía una montaña inalcanzable, sino simplemente un recuerdo querido. Al levantarse, Dorian notó algo brillante sobre su mesa de noche: era un pequeño engranaje de cobre, igual a los que formaban a Tic-Tac. Con una sonrisa de confianza, el joven capitán se puso su casaca azul, sabiendo que ese día comenzaría a escribir la primera página de su propia y gran aventura.
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