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Había una vez un perrito de orejas suaves y cola inquieta llamado Duby. Duby vivía en un pueblo donde las casas parecían caramelos de colores y las calles siempre olían a pan recién horneado. En su barrio, todos conocían a Duby por ser un perrito muy especial: ayudaba a los gatitos a bajar de los árboles, compartía sus huesos de juguete y siempre corría veloz cuando alguien lo llamaba. Todos decían que Duby era el perrito más valiente del mundo entero.
Cada mañana, Duby se ponía su mochila azul y caminaba hacia el Colegio de Patitas, un lugar lleno de risas, juegos y aprendizaje. Le encantaba pintar con sus patas, escuchar cuentos y jugar al escondite con sus amigos: Miau el gato, Brinco el conejo y Pía la pajarita. Sin embargo, Duby guardaba un pequeño secreto en su pecho de peluche: a veces, aunque intentara ser muy valiente, sentía un nudo extraño en la garganta y un frío que le recorría la espalda. Era el miedo.
Un martes por la mañana, mientras el sol brillaba con fuerza fuera de las ventanas, la clase estaba muy animada. La maestra, una gata elegante y paciente llamada la Señorita Bigotes, les dijo con voz suave:
—Niños, hoy vamos a ver algo mágico en la pizarra. Pero para que la magia funcione, necesitamos que el aula esté un poco más oscura.
Duby, que estaba sentado en su alfombra roja, sintió que sus orejas se ponían alerta. La Señorita Bigotes caminó hacia el interruptor y, con un suave clic, apagó la luz principal. El aula no se quedó totalmente oscura porque los rayos del sol intentaban entrar por las rendijas de las cortinas, pero para Duby, el cambio fue enorme. De repente, los rincones que antes eran familiares ahora parecían cuevas misteriosas. Los percheros con los abrigos colgados parecían gigantes quietos, y el silencio se sentía más pesado.
En ese instante, Duby sintió unas cosquillas extrañas en la barriga, como si tuviera un montón de saltamontes brincando dentro de él. Su corazón empezó a latir con fuerza, haciendo un sonido que él podía escuchar en sus oídos: ¡pum, pum, pum! Sus patitas empezaron a temblar un poquito y sus ojos se abrieron tanto que parecían dos lunas llenas.
—Tengo miedo —susurró Duby, tan bajito que pensó que nadie lo escucharía. Pero el miedo era como una nube gris que lo envolvía, haciéndolo sentir pequeño y frágil.
La Señorita Bigotes, que tenía ojos de gata que veían muy bien incluso con poca luz, se dio cuenta de que Duby estaba inquieto. Con mucha ternura, encendió una pequeña lamparita de noche que tenía forma de estrella sobre su escritorio. Una luz cálida y amarillenta bañó el centro del aula.
—No pasa nada, Duby —dijo la maestra acercándose a él y poniendo una pata suave sobre su hombro—. Estoy aquí. Todos estamos aquí contigo. El miedo es solo un visitante que a veces nos viene a ver, pero no tiene por qué quedarse a vivir.
Duby miró la lucecita de estrella y recordó lo que su mamá le decía siempre que se sentía asustado. Cerró los ojos con fuerza y decidió probar el truco de la respiración mágica.
—Uno... —inspiró profundamente, llenando sus pulmones de aire fresco.
—Dos... —mantuvo el aire por un segundo, sintiendo cómo su pecho se inflaba.
—Tres... —soltó el aire despacio, imaginando que el miedo salía de su cuerpo como si fuera humo.
Repitió el ejercicio una vez más. Con cada respiración, los saltamontes de su barriga se calmaban y su corazón empezaba a latir a un ritmo tranquilo, como una canción de cuna. Cuando Duby abrió los ojos, se dio cuenta de algo asombroso. Miró a su alrededor y vio a Miau, que estaba sentado a su lado; vio a Brinco, que movía su nariz rosa con curiosidad; y vio a Pía, que le guiñó un ojo.
El aula seguía siendo la misma. Los gigantes del perchero volvieron a ser simplemente abrigos. Los rincones oscuros eran solo espacios donde no llegaba la luz de la estrella. Duby se dio cuenta de que nada malo había cambiado solo porque la luz se hubiera apagado un momento.
Entonces, algo maravilloso sucedió en la imaginación de Duby. El miedo, que antes parecía un monstruo enorme que lo cubría todo, empezó a encogerse. Se hizo del tamaño de una pelota de tenis, luego del tamaño de un botón, y finalmente, se hizo pequeñito, pequeñito... ¡como una hormiga! Una hormiga minúscula que caminaba por el suelo y que él podía observar sin asustarse.
Duby soltó un suspiro de alivio. Una sonrisa grande y brillante apareció en su rostro, y su cola empezó a moverse de un lado a otro, golpeando rítmicamente la alfombra roja.
—Puedo con mi miedo —dijo con voz firme y clara—. El miedo es chiquitito y yo soy un perro grande y fuerte.
El resto de la clase fue increíble. Vieron sombras chinas en la pared y descubrieron que, con un poco de luz y mucha imaginación, podían crear dragones, pájaros y flores. Duby fue el que mejor hizo la sombra de un conejo saltarín, y todos sus amigos aplaudieron.
Cuando llegó el final del día y sonó el timbre de salida, Duby caminó hacia la puerta con la cabeza muy alta. Al encontrarse con su mamá en la puerta del colegio, ella notó algo diferente en él.
—¿Cómo ha ido el día, Duby? —preguntó ella mientras lo acariciaba.
—Hoy he conocido a un miedo pequeño, mamá —respondió Duby con orgullo—. Al principio era grande, pero luego aprendí a hacerlo chiquito como una hormiga.
Su mamá lo abrazó fuerte. Duby comprendió ese día una lección que guardaría para siempre en su corazón de perrito. Ser valiente no significa nunca tener miedo. Ser valiente no es ser una estatua de piedra que no siente nada. Ser valiente es sentir ese pum, pum en el corazón, sentir las cosquillas en la barriga, y aun así, respirar profundo, mirar alrededor y seguir adelante.
Duby volvió a casa trotando feliz. Sabía que el miedo podría volver a visitarlo algún día, quizás cuando lloviera fuerte o cuando escuchara un ruido extraño por la noche. Pero ya no le importaba, porque ahora tenía un secreto: sabía cómo convertir a los gigantes en hormigas con solo tres respiraciones y una sonrisa. Y así, el perrito más valiente del mundo se fue a dormir, soñando con estrellas brillantes y aventuras donde el miedo era siempre, siempre, muy pequeñito.
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