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Gratis · elegí una vozLa ciudad brillaba con miles de luces como estrellas caídas a la tierra. Era de noche, una noche especial, porque la leyenda de la Llorona cobraba vida en cada esquina. Dylan, un niño de ocho años con un corazón lleno de valentía, amaba las historias de miedo, pero esta vez, el miedo era real. Su abuela siempre le contaba que la Llorona vagaba por las calles en busca de sus hijos perdidos, llorando con un lamento que helaba la sangre.
Pero Dylan no le tenía miedo a la Llorona, sino a la oscuridad que la acompañaba. Una oscuridad que parecía tragarse la alegría de la ciudad. Una noche, mientras jugaba a las escondidas con sus amigos en el parque central, Dylan se extravió. La oscuridad lo envolvió como una capa pesada, y el llanto fantasmal de la Llorona resonó a lo lejos.
"¡Mamá!" gritó Dylan, con la voz temblorosa.
De repente, una luz tenue apareció entre los árboles. No era la luz de la ciudad, sino una luz suave y cálida, como la de una luciérnaga gigante. Dylan, con curiosidad y un poco de temor, se acercó a la luz. A medida que se acercaba, la luz reveló una figura: una anciana con un sombrero puntiagudo y una sonrisa amable. Era una bruja, pero no una bruja malvada como las de los cuentos.
"¿Estás perdido, pequeño?" preguntó la bruja con una voz suave como el terciopelo.
Dylan asintió, con los ojos llenos de lágrimas. "Me perdí jugando y ahora tengo miedo de la Llorona."
La bruja sonrió. "Yo soy la Bruja Guardiana de la Noche Llorona," dijo. "No tienes nada que temer. La Llorona está triste, no es malvada. Solo busca a sus hijos."
Dylan la miró con incredulidad. "¿Eres una bruja buena?"
La bruja rió suavemente. "Todas las brujas no somos malas, Dylan. Algunas de nosotras protegemos la noche y a los niños que se pierden en ella." Le extendió una mano arrugada. "Mi nombre es Esmeralda. Sígueme, te llevaré a casa."
Dylan tomó la mano de Esmeralda, sintiendo una calidez reconfortante. Caminaron por las calles oscuras, iluminadas por la luz mágica de Esmeralda. En el camino, Esmeralda le contó historias sobre la Llorona, explicándole que su llanto era de dolor, no de maldad. Le contó que la Llorona había perdido a sus hijos hace mucho tiempo y que su alma estaba atrapada en la noche, buscándolos sin cesar.
"Pero, ¿por qué llora tan fuerte?" preguntó Dylan.
"Porque su dolor es inmenso," respondió Esmeralda. "Pero su llanto también es una advertencia. Nos recuerda que debemos cuidar a nuestros seres queridos y proteger a los que son vulnerables."
Mientras caminaban, escucharon el llanto de la Llorona acercándose. Dylan se asustó y se aferró a la mano de Esmeralda. La bruja lo tranquilizó con una sonrisa. "No temas, yo te protegeré."
De repente, la figura fantasmal de la Llorona apareció frente a ellos, flotando en el aire. Su rostro estaba cubierto por una cascada de cabello negro, y sus ojos brillaban con una tristeza profunda. Su llanto era aún más desgarrador de cerca.
Esmeralda dio un paso adelante. "Llorona," dijo con voz firme pero respetuosa. "Este niño está perdido, pero no es uno de tus hijos. Déjalo pasar."
La Llorona miró a Dylan con sus ojos tristes. Por un momento, pareció que iba a hacerle daño, pero luego, suspiró profundamente y se desvaneció en la oscuridad, llevándose consigo su llanto.
Dylan respiró aliviado. Esmeralda le sonrió. "Ves, Dylan, no hay nada que temer. Solo hay que entender el dolor de los demás."
Esmeralda continuó guiando a Dylan por las calles oscuras hasta que llegaron a su casa. Su madre estaba esperándolo en la puerta, con los ojos llenos de lágrimas de alivio. Al ver a Dylan sano y salvo, corrió a abrazarlo.
"¡Dylan! ¡Estaba tan preocupada! ¿Dónde estabas?" preguntó su madre, abrazándolo con fuerza.
"Me perdí en el parque," respondió Dylan. "Pero la Bruja Guardiana de la Noche Llorona me ayudó a volver a casa."
Su madre miró a su alrededor, pero Esmeralda ya no estaba. Había desaparecido como por arte de magia.
Desde esa noche, Dylan ya no le tuvo miedo a la Llorona ni a la oscuridad. Sabía que, incluso en la noche más oscura, siempre hay una luz de esperanza y que el dolor de los demás merece comprensión y compasión. Y cada vez que escuchaba el llanto de la Llorona, recordaba la lección de Esmeralda: que la verdadera valentía no está en no tener miedo, sino en enfrentar el miedo con amor y empatía. Además, ahora sabía que algunas brujas velaban por la ciudad en la noche, protegiendo a los niños perdidos y reconfortando a las almas tristes.
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