Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Eddie a quien nada en el mundo le gustaba más que correr. Eddie era rápido como el viento y siempre llevaba puesta su camiseta favorita de color amarillo brillante, porque el amarillo era el color que le daba energía y alegría. Eddie no solo era un gran corredor, también era un niño con un corazón enorme que admiraba la valentía de su superhéroe favorito, Spidey, y disfrutaba de las tardes tranquilas viendo los dibujos de Peppa Pig mientras merendaba.
Un día soleado, se anunció la gran carrera del Bosque Mágico. Eddie estaba muy emocionado. Antes de salir de casa, se despidió con un fuerte abrazo de su Mamá y su Papá, a quienes quería más que a nada. También saludó a su primo Voro y a sus abuelos, quienes estaban en la primera fila para animarlo.
—¡Recuerda divertirte, Eddie! —le gritó su papá mientras Eddie se dirigía a la línea de salida.
Al llegar al Bosque Mágico, Eddie se encontró con sus mejores amigos: Axeli, Tomas, Julio y Valentino. El bosque era un lugar asombroso. Los árboles tenían hojas que brillaban como diamantes, y las flores cantaban suaves melodías cuando soplaba la brisa. Había mariposas de colores que nunca antes habían visto y pequeños gnomos que se asomaban curiosos tras los arbustos.
¡PUM! Sonó la salida.
Eddie comenzó a correr con todas sus fuerzas. Al principio de la carrera, las posiciones estaban muy claras: Axeli iba en primer lugar, liderando con mucha agilidad. Justo detrás de él corría Tomas, seguido muy de cerca por Julio en tercera posición. Valentino ocupaba el cuarto lugar, y Eddie iba en el quinto puesto, pero tan cerca de ellos que casi podía tocar sus sombras.
Mientras corrían, el Bosque Mágico les mostraba maravillas. Pasaron junto a un río cuyas aguas eran de color turquesa y donde los peces saltaban haciendo piruetas. Eddie, aunque quería ganar, no podía evitar maravillarse con la naturaleza. Se sentía como Spidey en una misión importante, saltando raíces y esquivando ramas encantadas que parecían saludarlo al pasar.
—¡Mira eso, Julio! —gritó Eddie señalando un árbol que daba caramelos de miel en lugar de frutos.
—¡Es increíble! —respondió Julio sin dejar de correr.
La competencia era reñida pero respetuosa. Nadie empujaba, nadie gritaba cosas feas. Entre ellos se daban ánimos. Eddie empezó a acelerar. El color amarillo de su camiseta parecía un rayo de sol moviéndose entre los árboles. Superó a Valentino, luego a Julio, y ya estaba casi al lado de Tomas y Axeli. El corazón le latía con fuerza, la meta estaba a solo unos metros, pasando un arco de flores gigantes.
Eddie vio la línea de meta. Estaba a punto de dar el último impulso para alcanzar el primer lugar cuando, de repente, una raíz traicionera se interpuso en su camino. Eddie tropezó y cayó al suelo, raspándose las rodillas. El dolor no era tan grande como la decepción: ¡iba a perder la carrera justo al final!
Pero entonces, ocurrió algo asombroso. Axeli, que estaba a punto de cruzar, se detuvo en seco. Tomas, Julio y Valentino también frenaron. Ninguno cruzó la meta. Todos regresaron corriendo hacia donde estaba Eddie.
—¿Estás bien, Eddie? —preguntó Axeli extendiéndole la mano.
—Me he caído... —dijo Eddie con los ojos un poco llorosos—, seguid vosotros, ganad la carrera.
—Ni hablar —dijo Tomas con una sonrisa—. Somos amigos antes que corredores.
Entre los cuatro ayudaron a Eddie a levantarse. Valentino le sacudió el polvo de su camiseta amarilla y Julio le dio una palmadita en la espalda. Juntos, entrelazaron sus brazos y caminaron lentamente hacia la meta. Al llegar al final, todos dieron un paso atrás y empujaron suavemente a Eddie para que él fuera el primero en cruzar la línea, seguido inmediatamente por los demás.
Eddie no lo podía creer. Había ganado, pero se sentía distinto a lo que imaginaba. Sus amigos lo rodearon y lo abrazaron.
—Eddie —le dijo Axeli con calma—, hoy has aprendido que ganar no es lo más importante. Lo más valioso de esta carrera no es el trofeo, sino haberla disfrutado juntos y saber que siempre nos tendremos los unos a los otros para levantarnos.
Eddie reflexionó sobre aquellas palabras. A veces, en la vida, uno quiere ser siempre el primero, como en los juegos o en las carreras, pero ese día entendió que saber perder o aceptar ayuda es lo que te hace un verdadero héroe, incluso más que Spidey. Entendió que el respeto por los demás y el compañerismo valen más que cualquier medalla de oro.
Para celebrar la gran lección y el esfuerzo de todos, las familias organizaron una gran comida en el claro del bosque. Eddie se sentó entre su Mamá y su Papá, con Voro y sus abuelos contándoles cada detalle de la carrera. Comieron platos gigantes de pasta con tomate, que era la comida favorita de los cinco amigos, y de postre disfrutaron de unas fresas dulces y jugosas que habían recogido los gnomos del bosque.
Mientras saboreaba una fresa, Eddie miró a sus amigos y sonrió. Ya no le importaba el trofeo que estaba sobre la mesa. Lo que realmente le hacía feliz era saber que tenía a los mejores amigos del mundo y que, juntos, siempre llegarían a la meta, sin importar quién cruzara primero.
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