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Gratis · elegí una vozEdwin era un niño muy valiente... casi siempre. Había domado a su perro, Firulais, para que diera la pata (¡a veces!), había aprendido a andar en bicicleta sin rueditas (después de muchos rasguños), e incluso se atrevía a comer brócoli (con mucha salsa de queso). Pero había una cosa que a Edwin le aterraba: ¡la hora del baño!
No era el agua, ni el jabón, ni siquiera el champú que olía a fresa (aunque prefería uno con olor a pizza). Era... el monstruo de la bañera.
Claro, nadie más lo veía. Su mamá decía que era su imaginación. Su papá decía que era solo la sombra del patito de goma. Pero Edwin sabía que era real. Cada vez que el agua empezaba a subir y las burbujas se arremolinaban, Edwin sentía una presencia. Una presencia viscosa, verde y con muchísimos ojos.
Un día, la mamá de Edwin le dijo: "Edwin, cariño, ¡es hora del baño!" El pequeño Edwin sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Intentó protestar. "¡Pero mamá, tengo que terminar de construir mi nave espacial! ¡Y Firulais necesita un paseo urgente! ¡Y... y... tengo que organizar mi colección de piedras!"
Su mamá sonrió con dulzura. "Edwin, no puedes escapar del baño para siempre. Además, hueles un poquito a... aventura. Y la aventura a veces huele un poco a barro."
Edwin suspiró y caminó lentamente hacia el baño, arrastrando los pies como si fuera a la horca. Al entrar, el baño parecía más oscuro de lo normal. La cortina de la ducha se balanceaba suavemente, y el patito de goma lo miraba con una expresión que Edwin juraría que era burlona.
Abrió el grifo. El agua empezó a correr, y las burbujas a formarse. Edwin tragó saliva. Ahí estaba. La presencia. Podía sentirla revoloteando en el aire, esperando el momento de atacar. Cerró los ojos con fuerza, preparándose para lo peor. Imaginó al monstruo, grande y verde, con tentáculos pegajosos y una risa malvada.
De repente, escuchó un ruido. Un chapoteo suave. Abrió un ojo. Nada. Miró a su alrededor. Solo las burbujas y el patito de goma. ¿Había sido su imaginación?
Otro chapoteo. Esta vez, Edwin lo vio. Algo se movía debajo de las burbujas. ¡Era el monstruo! Pero... no era grande y verde. Era pequeño y... ¿triste?
Edwin se acercó con cautela. Apartó las burbujas con la mano. Y allí estaba. Un pequeño monstruo de gelatina, del tamaño de su puño, con dos grandes ojos llorosos. Estaba atrapado en una burbuja gigante.
"¿Eres... el monstruo de la bañera?" preguntó Edwin, sorprendido.
El monstruo asintió tímidamente. "Me llamo Bubbles," dijo con una vocecita suave. "Y no soy un monstruo malo. Solo... me asusto mucho cuando el agua sube. Y me escondo debajo de las burbujas."
Edwin se sintió aliviado. ¡El monstruo de la bañera no era un monstruo! Era solo un pequeño ser asustadizo que se escondía en las burbujas. "¿Por qué te asustas?" preguntó Edwin.
"Porque... tengo miedo de que me aspires por el desagüe," respondió Bubbles, con un temblor en su voz.
Edwin sintió lástima por Bubbles. Él también tenía miedo de muchas cosas. "No te preocupes, Bubbles," dijo Edwin. "Yo te protegeré. No dejaré que te aspires por el desagüe."
Edwin ayudó a Bubbles a salir de la burbuja gigante. Bubbles era suave y pegajoso al tacto. Edwin lo colocó en la repisa del baño, lejos del agua. Luego, se metió en la bañera y empezó a jugar con las burbujas, sin miedo. Sabía que Bubbles estaba allí, observándolo, y que no estaba solo.
Desde ese día, la hora del baño dejó de ser un terror para Edwin. Ahora era una aventura. Jugaba con Bubbles, le contaba historias y lo protegía del desagüe. Descubrió que el monstruo de la bañera no era un monstruo, sino un amigo. Y que a veces, las cosas que más miedo nos dan, son las que más necesitamos.
Un día, la mamá de Edwin entró al baño y lo vio jugando con una figura de gelatina verde. "¿Qué es eso, Edwin?" preguntó.
Edwin sonrió. "Es Bubbles, mamá. Es mi amigo." Su mamá lo miró con una sonrisa comprensiva. Quizás, pensó, la imaginación de Edwin no era tan mala después de todo.
Y así, Edwin y Bubbles vivieron muchas aventuras en la bañera, demostrando que incluso los monstruos más aterradores pueden convertirse en los mejores amigos. Y que el miedo, a veces, solo necesita un poco de valentía y mucha imaginación.
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