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Gratis · elegí una vozEn un jardín soleado, donde las flores bailaban al son del viento y las mariposas jugaban al escondite entre los pétalos, vivía un árbol muy antiguo llamado Don Roble. Don Roble era un árbol grande y fuerte, con ramas gruesas que se extendían hacia el cielo como brazos protectores. Pero, a pesar de su majestuosidad, Don Roble era un poco gruñón. No le gustaba que lo molestaran, especialmente durante su siesta de la tarde.
Un día, una taza muy peculiar llegó al jardín. Se llamaba Tita y era una taza de porcelana con un diseño alegre de lunares de colores. Tita no era una taza cualquiera; ¡podía hablar! Había llegado al jardín por accidente, rodando desde la mesa de picnic de una familia que había estado allí el día anterior. Tita era muy charlatana y le encantaba contar historias y cantar canciones.
Apenas llegó al pie de Don Roble, Tita comenzó a cantar una canción alegre sobre el sol y las flores. Don Roble, que estaba justo comenzando su siesta, se despertó de golpe. "¡Silencio!" gruñó Don Roble. "¡Estoy tratando de dormir!".
Tita, sorprendida, dejó de cantar. "¡Oh! Lo siento mucho, Señor Árbol", dijo Tita. "No quería molestarlo".
"Pues lo has hecho", respondió Don Roble con un tono aún más gruñón. "Ahora, vete de aquí y déjame en paz".
Tita, con el corazón un poco triste, rodó un poco más lejos, pero no se fue del todo. Le gustaba estar cerca del árbol, a pesar de su mal humor. Intentó hablar con otros objetos del jardín, pero ninguno era tan interesante como Don Roble.
Al día siguiente, Tita intentó ser más cuidadosa. Esperó hasta que vio que Don Roble estaba despierto antes de acercarse. "Buenos días, Señor Árbol", dijo Tita con una voz suave. "¿Cómo ha dormido?".
Don Roble la miró con desaprobación. "¿Qué quieres, taza parlanchina?", preguntó.
"Solo quería ser amable", respondió Tita. "Y tal vez… contarle una historia".
Don Roble suspiró. "No tengo tiempo para historias", dijo. "Tengo que absorber la luz del sol y dar sombra a las flores".
A pesar de la respuesta poco amable, Tita no se rindió. Todos los días, Tita se acercaba a Don Roble y trataba de hablar con él. Le contaba historias divertidas, le cantaba canciones alegres y le preguntaba sobre su día. Al principio, Don Roble la ignoraba o le respondía con gruñidos. Pero poco a poco, algo comenzó a cambiar.
Un día, una tormenta muy fuerte azotó el jardín. El viento soplaba con fuerza, las ramas de Don Roble se balanceaban violentamente y la lluvia caía a cántaros. Tita, que era muy pequeña y ligera, fue arrastrada por el viento y golpeó contra una piedra. Se sintió muy asustada y sola.
Don Roble, a pesar de su gruñón corazón, se preocupó por Tita. Usó una de sus ramas más fuertes para protegerla del viento y la lluvia. La rama actuó como un escudo, evitando que Tita fuera arrastrada aún más lejos.
Cuando la tormenta finalmente pasó, Tita estaba empapada y temblorosa, pero a salvo. "Gracias, Señor Árbol", dijo Tita con gratitud. "Me ha salvado".
Don Roble no dijo nada, pero Tita pudo ver un brillo en sus hojas. A partir de ese día, la relación entre Don Roble y Tita cambió. Don Roble comenzó a escuchar las historias de Tita, e incluso, de vez en cuando, sonreía con sus hojas. Tita aprendió a ser más considerada con los momentos de silencio de Don Roble, y entendió que, a veces, incluso los árboles gruñones necesitan un amigo.
Un día, la familia que había perdido a Tita regresó al jardín. Estaban buscando su taza favorita. Cuando vieron a Tita al pie de Don Roble, se alegraron mucho. "¡Tita! ¡Te encontramos!", exclamó la niña de la familia.
La niña recogió a Tita y la abrazó con cariño. Tita se sintió feliz de volver a estar con su familia, pero también se sintió triste de dejar a Don Roble. "Adiós, Señor Árbol", dijo Tita. "Gracias por todo".
Don Roble movió sus ramas suavemente en señal de despedida. "Adiós, Tita", dijo con una voz suave. "Cuídate".
Aunque Tita ya no estaba en el jardín, Don Roble ya no era el mismo árbol gruñón. Había aprendido que la amistad puede venir de los lugares más inesperados, y que incluso una taza parlanchina puede ablandar el corazón más duro. Y así, Don Roble continuó viviendo en el jardín, recordando siempre a su amiga Tita y sonriendo con sus hojas cada vez que el sol brillaba. Los otros arboles del jardin notaron el cambio en Don Roble y se acercaban más a el. Don Roble ahora tenia muchos amigos. Incluso las ardillas y los pajaros se sentian comodos alrededor de Don Roble. El jardin era ahora un lugar mas feliz gracias a la amistad improbable entre un arbol y una taza.
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