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Gratis · elegí una vozEmilia era una niña muy curiosa, con el pelo como el sol y ojos brillantes como estrellas. Le encantaba jugar en el jardín de su abuela, un lugar mágico lleno de flores de todos los colores y mariposas danzantes. Pero últimamente, Emilia se sentía un poco… rara. A veces, una nube oscura se posaba sobre su cabeza, y otras, sentía como si tuviera mil mariposas revoloteando en su estómago.
Un día, mientras jugaba en el jardín, vio algo extraordinario. Un pequeño arcoíris, no en el cielo, sino atrapado entre las hojas de una rosa roja. Se acercó con cuidado y, al tocarlo, sintió una pequeña descarga de energía. De repente, el arcoíris se deshizo en siete bolitas de luz, cada una de un color diferente.
"¡Hola!" dijo una vocecita. Emilia se asustó. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. "¡Aquí abajo!" La vocecita venía de la bolita roja.
Emilia se agachó y vio que cada bolita tenía una carita. La bolita roja parecía un poco enojada. "Soy la Ira," gruñó la bolita roja. "Y estoy aquí para… ¡GRITAR!"
La bolita naranja se rió. "Yo soy la Alegría," dijo con una sonrisa radiante. "Y me encanta hacer reír a la gente!"
La bolita amarilla suspiró. "Yo soy el Miedo," dijo temblorosa. "Y tengo mucho… ¡miedo!"
La bolita verde sonrió con calma. "Yo soy la Calma," dijo. "Y me gusta que todo esté en paz."
La bolita azul parecía muy triste. "Yo soy la Tristeza," sollozó. "Y me gusta… llorar."
La bolita añil frunció el ceño. "Yo soy el Asco," dijo con desprecio. "Y no me gusta nada sucio!"
Finalmente, la bolita violeta sonrió con dulzura. "Yo soy el Amor," dijo. "Y me encanta abrazar a todos!"
Emilia estaba asombrada. "¿Quiénes son ustedes?" preguntó.
"Somos tus emociones," explicó la Alegría. "Vivimos dentro de ti y te ayudamos a sentir diferentes cosas."
Emilia entendió. A veces se sentía enojada, como la bolita roja, cuando su hermano le quitaba sus juguetes. Otras veces, se sentía feliz, como la bolita naranja, cuando jugaba con sus amigos. Y a veces, se sentía triste, como la bolita azul, cuando se caía y se raspaba la rodilla.
"Pero… ¿por qué a veces me siento todas las emociones al mismo tiempo?" preguntó Emilia.
"Eso es porque las emociones trabajan juntas," explicó la Calma. "A veces, el Miedo te protege del peligro, pero la Alegría te ayuda a superarlo. La Tristeza te ayuda a sanar, pero el Amor te da consuelo."
La Ira interrumpió. "¡Pero a veces la Ira es buena! Te ayuda a defenderte."
El Asco asintió. "Y el Asco te ayuda a evitar cosas que te hacen daño."
Emilia pensó en ello. Era verdad. Todas las emociones tenían su razón de ser.
"¿Y cómo puedo aprender a controlar mis emociones?" preguntó Emilia.
"No se trata de controlarlas, sino de entenderlas," dijo el Amor. "Cuando sientes una emoción, intenta identificarla. Pregúntate por qué te sientes así. Y luego, busca una manera saludable de expresarla."
La Tristeza agregó: "Si te sientes triste, puedes hablar con alguien de confianza o escribir en un diario."
La Alegría saltó: "Si te sientes feliz, ¡baila y canta!"
La Calma sugirió: "Si te sientes ansioso, respira hondo y cuenta hasta diez."
La Ira, el Asco, y el Miedo, todos dieron sus consejos. Emilia escuchó atentamente.
Desde ese día, Emilia aprendió a escuchar sus emociones. Cuando se sentía enojada, respiraba hondo y trataba de entender por qué se sentía así. Cuando se sentía triste, se abrazaba a su abuela. Y cuando se sentía feliz, reía a carcajadas.
Un día, Emilia estaba jugando con su hermano y él le quitó su muñeca favorita. Sintió la Ira subir por su garganta, pero recordó lo que le había dicho la bolita roja. En lugar de gritar, respiró hondo y le dijo a su hermano: "Por favor, devuélveme mi muñeca. Me molesta que me la quites sin preguntar."
Su hermano, sorprendido por su calma, le devolvió la muñeca. Emilia sonrió. Había logrado controlar su Ira sin lastimar a nadie.
Emilia siguió aprendiendo sobre sus emociones y, con el tiempo, se convirtió en una niña muy feliz y equilibrada. Sabía que las emociones eran como un arcoíris, cada color diferente, pero todas importantes. Y entendió que, al igual que un arcoíris, las emociones hacían la vida más hermosa y completa.
Y así, Emilia, la niña con el pelo como el sol y los ojos brillantes como estrellas, siguió jugando en el jardín de su abuela, aprendiendo y creciendo con cada emoción que sentía. El arcoíris de Emilia brillaba más fuerte que nunca, iluminando su camino y el de todos los que la rodeaban.
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