Cuento corto para niños

El Arcoíris Escondido en el Hospital

Un niño narra su experiencia en el hospital, desde la nostalgia por su vida normal hasta el miedo a los pinchazos y la soledad. A pesar de los momentos difíciles, encuentra consuelo en sus padres, la sala de juegos y la maestra del hospital, aprendiendo a entender que está ahí para sanar y volver a su hogar.

A partir de: Mi Mundo en el Hospital 1. Cuando todo era normal Antes de venir aquí, mi cosa favorita era jugar. Me acuerdo del sol calentándome la cara en el parque, y de cómo corría tan rápido que parecía que mis pies no tocaban el suelo. En casa, construía castillos gigantes con mis hermanos, y nuestras risas eran la música más fuerte de todas. Pero un día, la música se fue apagando. Empecé a sentirme cansado, como si hubiera corrido una carrera larguísima sin moverme del sillón. La comida ya no me parecía rica y casi no tenía hambre. Mamá y papá me llevaron a ver a un doctor, y luego a otro, y a otro más. Eran visitas raras, llenas de preguntas que no entendía y con caras serias. Un día, después de una de esas visitas, me dijeron que tenía que ir a un lugar especial llamado "hospital". Sentí como si un bichito frío me corriera por la panza. Era una aventura, sí, pero de las que hacen que el mundo se sienta de repente chiquito y gris. 2. El edificio gigante y el olor a limpio El hospital era un edificio gigante, mucho más grande que mi escuela. Al entrar, sentí un olor fuerte, un "olor a limpio" que se te metía por la nariz y no se iba. Los pasillos eran largos y muy blancos, y todo brillaba tanto que parecía de otro planeta. Se escuchaban pitidos raros de máquinas que nunca había visto y pasaba mucha gente con uniformes blancos y azules. Me sentí muy pequeño, como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera hecho gigante. Era como entrar a un mundo nuevo, con gente que no conocía, máquinas raras y reglas que todavía no entendía. 3. Mi habitación con ventana Mi habitación en el hospital tenía una ventana grande, pero no se parecía en nada a mi cuarto. La cama era alta y tenía barandas, como las de los bebés, para que no me cayera. Las enfermeras siempre me decían con cariño: "no te muevas demasiado" o "no te bajes de la cama". Me sentía un poco atrapado. Lo más triste era estar lejos de mi casa. Extrañaba mis juguetes, mi cama con mi manta de superhéroes, a mis amigos del colegio y, sobre todo, extrañaba a mis hermanos. La habitación se sentía muy sola y silenciosa sin ellos. 4. Los pinchazos que duelen Lo que más miedo me daba eran los "pinchazos". Cada vez que veía a una enfermera con una aguja, mi corazón empezaba a latir muy, muy rápido, como un tambor en una carrera. Era algo de afuera que se metía en mi cuerpo sin permiso, y a veces, cuando me dolía, mi cabeza se inventaba que era un castigo. ¿Sería por esa vez que no quise prestarle mi coche a mi hermano? Como no entendía por qué pasaba, pensaba que era mi culpa. Y cuando me sujetaban para que no me moviera, sentía más ganas de escapar. Mi cuerpo quería hacerse chiquito y desaparecer, pero sus manos me decían que no podía ir a ningún lado. Cuando terminaba, sentía un alivio gigante, como cuando dejas de aguantar la respiración debajo del agua. Pero enseguida me entraba el miedo de cuándo sería el próximo pinchazo, y el bichito frío volvía a mi panza. 5. Un carrusel de sentimientos Cada día en el hospital era como subirse a una montaña rusa de sentimientos. Unas veces estaba arriba, y otras, muy, muy abajo. A veces estoy muy enojado: Sentía rabia por no poder salir a correr y jugar como los demás niños. Me enojaba estar encerrado y lejos de mi casa y de mi vida de antes. Otras veces, muy triste: Extrañaba tanto a mi familia y a mis amigos que a veces me sentía abandonado, como si se hubieran olvidado de mí. La tristeza era como una nube gris que no me dejaba ver el sol. Y mucho, mucho miedo: Por las noches, me daban miedo los ruidos raros del pasillo y la oscuridad. Tenía miedo de quedarme solo y de no saber qué me iban a hacer al día siguiente. A veces me daban ganas de que me trataran como a un bebé, de que me tuvieran en brazos todo el rato para sentirme seguro. Pero también me siento querido: Lo mejor de todo era cuando mamá o papá estaban conmigo. Su presencia era como un escudo mágico que hacía que todo lo demás diera menos miedo. Me sentía seguro y tranquilo. En medio de toda la tristeza y el enojo, encontré pequeños lugares donde podía volver a ser un niño normal. 6. La Sala de Juegos y la Seño del Hospital Dentro del hospital había dos lugares que eran mi escape. Uno era la Sala de Juegos. Era un lugar mágico. Apenas entraba, me olvidaba de que estaba enfermo. Había otros niños con los que podía jugar y compartir. Jugando al doctor con los muñecos, podía actuar mis miedos y hacerles a ellos los pinchazos que tanto me asustaban. Ahí me relajaba y podía sobrellevar mejor todo lo demás. El otro escape era cuando venía la "seño" del hospital a mi habitación. Me ayudaba con las tareas de la escuela, y hacer deberes me hacía sentir que no me estaba quedando atrás. Me daba la esperanza de que pronto iba a volver a mi vida de antes, a mi colegio, con mis compañeros. 7. Mamá y Papá son mi refugio seguro Mis papás eran mi refugio. Su presencia cambiaba todo en el hospital. Con Mamá y Papá Cuando se van Me siento seguro. El miedo vuelve. El dolor parece más pequeño. La habitación se siente más grande y vacía. Me leen cuentos y me siento como si estuviera en casa. Extraño todo lo de antes. A veces, cuando me duele mucho, solo necesito que mamá o papá me agarren la mano. Su mano es como una medicina mágica que calma todo. También pensaba mucho en mis hermanos. Los extrañaba un montón y quería jugar con ellos, pero a veces sentía un poquito de celos. Ellos podían ir a la escuela, jugar en el parque y dormir en sus camas todas las noches. Su vida seguía siendo normal, y la mía estaba en pausa. También me sentía un poco mal, porque sabía que ahora ellos tenían que ayudar más en casa, como si de repente fueran más grandes. 8. Entender un poquito más Ahora, aunque sigo sin entender muchas cosas, empiezo a pensar diferente. Creo que los doctores, las enfermeras y hasta los pinchazos que duelen, están aquí para ayudarme. Las medicinas, aunque a veces tienen un sabor feo, son para que mi cuerpo se ponga fuerte otra vez y pueda sanar. Ya no pienso que es un castigo. Ahora solo quiero una cosa: volver a casa. Volver a mi habitación, con todos mis juguetes esperándome en el suelo. Abrazar a mis hermanos y volver a construir castillos. Quiero que todo vuelva a ser como antes. Quiero volver a mi mundo normal.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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1. Cuando todo era normal

Antes de venir aquí, mi cosa favorita era jugar. Me acuerdo del sol calentándome la cara en el parque, y de cómo corría tan rápido que parecía que mis pies no tocaban el suelo. En casa, construía castillos gigantes con mis hermanos, y nuestras risas eran la música más fuerte de todas.

Pero un día, la música se fue apagando. Empecé a sentirme cansado, como si hubiera corrido una carrera larguísima sin moverme del sillón. La comida ya no me parecía rica y casi no tenía hambre. Mamá y papá me llevaron a ver a un doctor, y luego a otro, y a otro más. Eran visitas raras, llenas de preguntas que no entendía y con caras serias. Un día, después de una de esas visitas, me dijeron que tenía que ir a un lugar especial llamado "hospital". Sentí como si un bichito frío me corriera por la panza. Era una aventura, sí, pero de las que hacen que el mundo se sienta de repente chiquito y gris.

2. El edificio gigante y el olor a limpio

El hospital era un edificio gigante, mucho más grande que mi escuela. Al entrar, sentí un olor fuerte, un "olor a limpio" que se te metía por la nariz y no se iba. Los pasillos eran largos y muy blancos, y todo brillaba tanto que parecía de otro planeta. Se escuchaban pitidos raros de máquinas que nunca había visto y pasaba mucha gente con uniformes blancos y azules. Me sentí muy pequeño, como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera hecho gigante. Era como entrar a un mundo nuevo, con gente que no conocía, máquinas raras y reglas que todavía no entendía.

3. Mi habitación con ventana

Mi habitación en el hospital tenía una ventana grande, pero no se parecía en nada a mi cuarto. La cama era alta y tenía barandas, como las de los bebés, para que no me cayera. Las enfermeras siempre me decían con cariño: "no te muevas demasiado" o "no te bajes de la cama". Me sentía un poco atrapado.

Lo más triste era estar lejos de mi casa. Extrañaba mis juguetes, mi cama con mi manta de superhéroes, a mis amigos del colegio y, sobre todo, extrañaba a mis hermanos. La habitación se sentía muy sola y silenciosa sin ellos.

4. Los pinchazos que duelen

Lo que más miedo me daba eran los "pinchazos". Cada vez que veía a una enfermera con una aguja, mi corazón empezaba a latir muy, muy rápido, como un tambor en una carrera. Era algo de afuera que se metía en mi cuerpo sin permiso, y a veces, cuando me dolía, mi cabeza se inventaba que era un castigo. ¿Sería por esa vez que no quise prestarle mi coche a mi hermano? Como no entendía por qué pasaba, pensaba que era mi culpa. Y cuando me sujetaban para que no me moviera, sentía más ganas de escapar. Mi cuerpo quería hacerse chiquito y desaparecer, pero sus manos me decían que no podía ir a ningún lado. Cuando terminaba, sentía un alivio gigante, como cuando dejas de aguantar la respiración debajo del agua. Pero enseguida me entraba el miedo de cuándo sería el próximo pinchazo, y el bichito frío volvía a mi panza.

5. Un carrusel de sentimientos

Cada día en el hospital era como subirse a una montaña rusa de sentimientos. Unas veces estaba arriba, y otras, muy, muy abajo.

A veces estoy muy enojado: Sentía rabia por no poder salir a correr y jugar como los demás niños. Me enojaba estar encerrado y lejos de mi casa y de mi vida de antes.

Otras veces, muy triste: Extrañaba tanto a mi familia y a mis amigos que a veces me sentía abandonado, como si se hubieran olvidado de mí. La tristeza era como una nube gris que no me dejaba ver el sol.

Y mucho, mucho miedo: Por las noches, me daban miedo los ruidos raros del pasillo y la oscuridad. Tenía miedo de quedarme solo y de no saber qué me iban a hacer al día siguiente. A veces me daban ganas de que me trataran como a un bebé, de que me tuvieran en brazos todo el rato para sentirme seguro.

Pero también me siento querido: Lo mejor de todo era cuando mamá o papá estaban conmigo. Su presencia era como un escudo mágico que hacía que todo lo demás diera menos miedo. Me sentía seguro y tranquilo.

En medio de toda la tristeza y el enojo, encontré pequeños lugares donde podía volver a ser un niño normal.

6. La Sala de Juegos y la Seño del Hospital

Dentro del hospital había dos lugares que eran mi escape. Uno era la Sala de Juegos. Era un lugar mágico. Apenas entraba, me olvidaba de que estaba enfermo. Había otros niños con los que podía jugar y compartir. Jugando al doctor con los muñecos, podía actuar mis miedos y hacerles a ellos los pinchazos que tanto me asustaban. Ahí me relajaba y podía sobrellevar mejor todo lo demás.

El otro escape era cuando venía la "seño" del hospital a mi habitación. Me ayudaba con las tareas de la escuela, y hacer deberes me hacía sentir que no me estaba quedando atrás. Me daba la esperanza de que pronto iba a volver a mi vida de antes, a mi colegio, con mis compañeros.

7. Mamá y Papá son mi refugio seguro

Mis papás eran mi refugio. Su presencia cambiaba todo en el hospital.

Con Mamá y Papá

Cuando se van

Me siento seguro.

El miedo vuelve.

El dolor parece más pequeño.

La habitación se siente más grande y vacía.

Me leen cuentos y me siento como si estuviera en casa.

Extraño todo lo de antes.

A veces, cuando me duele mucho, solo necesito que mamá o papá me agarren la mano. Su mano es como una medicina mágica que calma todo.

También pensaba mucho en mis hermanos. Los extrañaba un montón y quería jugar con ellos, pero a veces sentía un poquito de celos. Ellos podían ir a la escuela, jugar en el parque y dormir en sus camas todas las noches. Su vida seguía siendo normal, y la mía estaba en pausa. También me sentía un poco mal, porque sabía que ahora ellos tenían que ayudar más en casa, como si de repente fueran más grandes.

8. Entender un poquito más

Ahora, aunque sigo sin entender muchas cosas, empiezo a pensar diferente. Creo que los doctores, las enfermeras y hasta los pinchazos que duelen, están aquí para ayudarme. Las medicinas, aunque a veces tienen un sabor feo, son para que mi cuerpo se ponga fuerte otra vez y pueda sanar.

Ya no pienso que es un castigo. Ahora solo quiero una cosa: volver a casa. Volver a mi habitación, con todos mis juguetes esperándome en el suelo. Abrazar a mis hermanos y volver a construir castillos. Quiero que todo vuelva a ser como antes. Quiero volver a mi mundo normal.

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Publicado el 14/04/2026

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