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Gratis · elegí una vozA Lucía no le gustaban los bosques. Le parecían oscuros, llenos de bichos raros y, sobre todo, demasiado silenciosos. Silenciosos hasta que no lo eran, claro. Entonces, el bosque susurraba. Y esos susurros, decía su abuela, eran para tenerles miedo.
Una tarde de otoño, Lucía se perdió en el Bosque Susurrante. Intentaba seguir a su travieso gato, Michi, que había escapado de casa persiguiendo una mariposa naranja. "¡Michi! ¡Michi, vuelve!", gritaba Lucía, pero su voz se perdía entre los árboles altos y delgados.
El sol comenzaba a esconderse y las sombras se alargaban como dedos huesudos. El bosque, antes silencioso, empezó a susurrar. No eran susurros amables. Eran risitas bajas, como cosquillas en la nuca, y frases a medio terminar que hablaban de "ojos brillantes" y "dientes afilados".
Lucía sintió un escalofrío. Recordó las historias de su abuela sobre el Monstruo de las Sombras Sonrientes, una criatura que vivía en lo más profundo del bosque y se alimentaba del miedo de los niños perdidos. Decían que tenía una sonrisa tan grande que le ocupaba toda la cara, y que sus ojos brillaban en la oscuridad como brasas.
De repente, vio algo moverse entre los árboles. Una sombra alta y delgada, con una sonrisa que parecía extenderse hasta las orejas. Lucía gritó y corrió, tropezando con raíces y ramas caídas. El Monstruo de las Sombras Sonrientes la perseguía, su risa resonando entre los árboles.
"¡Déjame en paz!", gritó Lucía, con lágrimas en los ojos. Pero el monstruo no se detenía. Cada vez estaba más cerca. Podía sentir su aliento frío en su nuca.
Finalmente, Lucía cayó al suelo, rendida por el cansancio y el miedo. Cerró los ojos, esperando lo peor. Sintió que el monstruo se acercaba, que su sombra la envolvía por completo.
Pero entonces, algo inesperado sucedió. Lucía, en lugar de sentir pánico, sintió curiosidad. Abrió un ojo y miró al monstruo de frente. Su sonrisa era realmente enorme, y sus ojos brillaban con una luz extraña, pero... no parecían malvados. Parecían... tristes.
"¿Por qué estás tan triste?", preguntó Lucía, sorprendiéndose a sí misma por su valentía.
El Monstruo de las Sombras Sonrientes dejó de reír. Su sonrisa se hizo un poco más pequeña, y una lágrima negra rodó por su mejilla sombría.
"Porque todos me tienen miedo", dijo el monstruo con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas. "Nadie se acerca a mí. Nadie quiere jugar conmigo."
Lucía se levantó y se acercó al monstruo. "Yo no te tengo miedo", dijo. "Bueno, al principio sí, pero ahora veo que solo estás solo."
El monstruo la miró con incredulidad. "¿De verdad?"
Lucía asintió. "¿Quieres jugar conmigo?"
La sonrisa del monstruo volvió a crecer, pero esta vez era una sonrisa genuina, una sonrisa que no daba miedo. "¡Me encantaría!", dijo.
Y así, Lucía y el Monstruo de las Sombras Sonrientes pasaron el resto de la tarde jugando en el bosque. Corrieron entre los árboles, se escondieron detrás de los arbustos y se rieron a carcajadas. Lucía descubrió que el monstruo era en realidad muy divertido y que solo necesitaba un amigo.
Cuando el sol se puso por completo, Lucía se dio cuenta de que tenía que volver a casa. "Tengo que irme", dijo. "Pero volveré mañana."
El monstruo se puso triste de nuevo. "¿De verdad volverás?"
Lucía asintió. "Claro que sí. Eres mi amigo."
Lucía encontró el camino de vuelta a casa con la ayuda del monstruo, quien le indicó el sendero correcto. Al llegar, su abuela la abrazó con fuerza, aliviada de verla sana y salva. Lucía no le contó nada sobre el Monstruo de las Sombras Sonrientes, porque sabía que no le creería.
Al día siguiente, Lucía volvió al bosque. El monstruo la estaba esperando, con una sonrisa aún más grande que la del día anterior. Y así, todos los días, Lucía y el Monstruo de las Sombras Sonrientes se reunían en el bosque para jugar. Lucía aprendió a no tener miedo de lo diferente, y el monstruo aprendió que no estaba solo.
Un día, Michi volvió a escaparse al bosque. Esta vez, Lucía no sintió miedo. Sabía que, aunque el bosque susurrara, ahora tenía un amigo que la protegería. Y Michi, al ver al monstruo, en lugar de huir, se acercó y ronroneó, demostrando que incluso los gatos pueden cambiar de opinión sobre los monstruos, si estos tienen una sonrisa sincera.
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