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Gratis · elegí una vozÉrase una vez en un bosque verde y frondoso, vivía una hermosa granja con muchos animales felices. Había gallinas cacareando, cerdos gruñendo, vacas mugiendo y ovejas balando. Pero entre todos ellos, había un asno llamado Bernardo, al que muchos consideraban inútil.
Bernardo era un burrito pequeño y de pelaje gris. No era tan fuerte como los caballos, ni tan rápido como los conejos. Las gallinas se reían de su trote lento, los cerdos lo miraban con desprecio y las vacas murmuraban a sus espaldas. Incluso el perro pastor, Firulais, prefería corretear con los demás animales en lugar de hacerle compañía.
"¡Mira, ahí va el inútil!" decían las gallinas cuando Bernardo pasaba por el corral.
"¿Para qué sirve ese burro?" gruñían los cerdos, revolcándose en el barro.
Bernardo se sentía muy triste. Él quería ser útil, quería demostrarles a todos que podía hacer algo importante. Intentaba ayudar en las tareas de la granja, pero siempre terminaba estropeándolo todo. Una vez, intentó acarrear agua, pero tropezó y derramó todos los cubos. Otra vez, intentó ayudar a recoger manzanas, pero se comió la mitad antes de llegar al cesto.
El granjero, Don Pepe, aunque era un hombre amable, también pensaba que Bernardo no servía para mucho. "Bernardo, hijo, eres muy bueno, pero no tienes la fuerza ni la habilidad para las tareas de la granja," le decía con una sonrisa triste.
Un día, mientras Bernardo pastaba solo en una colina cercana al bosque, escuchó una conversación extraña. Dos hombres, vestidos con ropas oscuras y con caras sospechosas, estaban hablando en voz baja detrás de unos árboles.
"Aquí es donde lo enterraremos," dijo uno de los hombres con voz ronca.
"Sí, nadie sospechará que hay un tesoro escondido en esta colina," respondió el otro, con una risa malvada.
Bernardo, con sus grandes orejas, escuchó todo. Hablaban de un tesoro, ¡un tesoro escondido! Sintió que una chispa de esperanza se encendía en su interior. Tal vez, si encontraba el tesoro, podría demostrarle a todos su valía.
Cuando los hombres se fueron, Bernardo se acercó cautelosamente al lugar donde habían estado hablando. Buscó con la mirada alguna pista, alguna señal que indicara dónde estaba enterrado el tesoro. Después de un rato, vio un pequeño montículo de tierra fresca debajo de un viejo roble.
"¡Aquí debe ser!" pensó Bernardo emocionado. Pero, ¿cómo iba a desenterrar el tesoro él solo? No era lo suficientemente fuerte para cavar con sus patas.
Entonces, a Bernardo se le ocurrió una idea brillante. Corrió hacia la granja lo más rápido que pudo, ignorando las burlas de las gallinas y los gruñidos de los cerdos. Llegó jadeando al corral y comenzó a rebuznar con todas sus fuerzas.
"¡I-aah! ¡I-aah! ¡Tesoro! ¡Tesoro! ¡En la colina! ¡I-aah!"
Al principio, nadie le hizo caso. Pensaron que Bernardo estaba haciendo una de sus tonterías. Pero el granjero, Don Pepe, al ver la insistencia del burro, se acercó a él con curiosidad.
"¿Qué pasa, Bernardo? ¿Por qué rebuznas tanto?" preguntó Don Pepe.
Bernardo, sin dejar de rebuznar, comenzó a tirar de la manga de Don Pepe, intentando llevarlo hacia la colina. Don Pepe, intrigado, decidió seguir al burro.
Cuando llegaron al montículo de tierra debajo del roble, Bernardo comenzó a escarbar con sus patas delanteras, mostrando a Don Pepe el lugar exacto donde estaba enterrado el tesoro.
Don Pepe entendió entonces lo que Bernardo intentaba decirle. Con la ayuda de una pala, comenzó a cavar. Después de un rato, ¡encontró un cofre lleno de monedas de oro y joyas brillantes!
Todos en la granja se quedaron asombrados al ver el tesoro. Don Pepe abrazó a Bernardo con gratitud. "¡Bernardo, eres un héroe!" exclamó Don Pepe. "¡Nos has salvado a todos!"
A partir de ese día, Bernardo dejó de ser considerado inútil. Se convirtió en el héroe de la granja. Las gallinas lo saludaban con respeto, los cerdos lo miraban con admiración y las vacas le sonreían amablemente. Incluso Firulais, el perro pastor, se convirtió en su mejor amigo.
Bernardo aprendió que no importa lo pequeño o débil que uno sea, siempre se puede encontrar una manera de ser útil y de hacer algo importante. Y todos en la granja aprendieron a no juzgar a los demás por su apariencia, sino por su corazón y su valentía. Y vivieron felices para siempre, gracias al burrito Bernardo y el tesoro escondido.
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